De la Semana Santa también se sale

Texto: Rosa Ponce // Fotos: Alfonso Barragán

Cuando yo tenía 7 años se me antojó salir de nazareno como al que se le antoja apuntarse al karate, así que mis padres dijeron que por qué no. No creo que fuera casualidad, después de que mi padre me hubiera dormido durante años con el cuento de “El padre y el hijo nazarenos” inventado por él. Pero a pesar del cuento recurrente y del trivial especial Semana Santa que regaló el Correo de Andalucía en su día y del cual yo me aprendí todas las respuestas de memoria, mis padres no contaron con que yo, cuando tuviera edad de pedir, pidiera colocarme un capirote y andar un montón de rato. Tampoco yo contaba con que, después de esta infancia, mis padres fueran ateos.

Era 1992 y, aprovechando el tirón de Curro, aquella Semana Santa se habían triplicado los puestos de bocadillos y Fantas y cuadriplicado las personas. Un sold out que prometía estampidas y apuntaba a desgracias gordas que sorprendentemente nunca ocurrieron. Pagamos la papeleta de sitio, pagamos la túnica, pagamos el capirote de cartón y me dijeron en La Hermandad que me darían una “velita niño”, que es como un cirio infantil. A mi madre le pareció que yo no tenía edad para jugar con fuego pero yo sí tenía edad para saber que ir de nazareno sin llevar cirio era como jugar a los nazarenos siendo cascarón de huevo. Aceptamos la vela.

El Domingo de Ramos del año de la Expo, a ningún capillita se le saltaron las lágrimas cuando salió el tema del tiempo en el ascensor de su bloque. Hacía sol de verano. Yo me levanté muy temprano por los nervios y, en cuanto pusimos un pie en la calle, me bajé el antifaz bajo el sol potente del medio día porque las diez horas de procesión que me esperaban me parecían pocas para el único día del año en el que iba a llevar capa, antifaz y fuego. Si no estáis familiarizados con el protocolo nazareno, os cuento que a la cita con La Cofradía hay que llegar unas horas antes para que el nazareno diputado master y commander organice las filas y coloque a cada uno en su sitio. Mi madre podía ser atea pero seguía siendo madre y mi estreno en la Semana Santa se lo tomó con la misma seriedad que una función de fin de curso. Llegamos de los primeros.

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La tarde avanzaba y cada vez hacía más calor. Mi madre me metió en el “Patio para Nazarenos” donde ya no podían entrar “personas” y donde yo, con siete años, pasé unas cuantas horas con la cara tapada parada al sol esperando a que me asignaran mi sitio. No me quejaba de nada, hasta que me empecé a marear. El sudor me caía por debajo de los shorts de licra que mi madre me había puesto debajo de la túnica para que mis muslos no se rozaran porque tampoco tenía edad para tal penitencia. Una mujer me dio agua y me dijo que “las madres podían entrar” y que “no hacía falta ponerse tan pronto el antifaz” pero ya era tarde.

Mientras yo estaba dentro sufriendo una insolación pero respondiendo con orgullo a Los Deberes del Nazareno, mis padres estaban organizando un plan perfecto para encontrarse conmigo en los puntos donde más gente habría y sacarme de la cofradía durante esos tramos, porque mi madre decía que un nazareno tan chico, aunque fuera acompañado de unos dos mil nazarenos más, se perdía seguro. Y porque algún montadito de lomo me tendría que comer. Cada uno se situó en un punto estratégico del recorrido y, citando a cualquier persona mayor contando cualquier anécdota del pasado, diré que “entonces no existían los móviles”, así que, en el momento en que mi padre y mi madre se separaron entre la bulla, ya no se volvieron a ver nunca más.

Mi madre debió montarse un drama de acción en su cabeza en el que intervenían las miles de personas, mi “velita niño”, una estampida y dos incendios y olvidó a mi padre y a la gincana programada para correr a la puerta de la iglesia en cuanto salió La Procesión. Esperó para reconocerme bajo el antifaz como solo una madre te reconoce, me agarró del brazo y me sacó de la Semana Santa de un tirón. Me montó en un taxi y nos fuimos a la casa de mi tía a la que mi madre pidió dinero para pagar el taxi hasta nuestra casa mientras yo iba al cuarto de mis primos a presumir de MI CIRIO.

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