Colón: el fin como comienzo.

Texto: Laura Redondo //

Cristóbal Colón. Cartas renovadas. Edición a cargo del colectivo Fut i Makak. West Indies Publishing Company. 130pp.

Han pasado más de quinientos años desde que Cristóbal Colón escuchó gritar al vigía del navío en el que viajaba: “¡Tierra!”. Era el viernes 12 de octubre de 1492. El viaje había comenzado el 3 de agosto de aquel mismo año en Palos de la Frontera, Huelva, cuando Colón partió con unos noventa hombres en busca de las Indias.

Aunque es más justo decir que el viaje había comenzado mucho antes. Colón, como otros navegantes del s. XV, estaba convencido de la existencia de una ruta alternativa que conectaba el oeste de Europa con la India. Basándose en los amplios conocimientos en geografía de los que disponía, en 1483 ofreció por primera vez su proyecto al rey Juan II de Portugal, que lo rechazó. Tuvieron que pasar varios años hasta que por fin vio hacerse realidad su gran plan. No fue fácil: en la primera reunión con los Reyes Isabel y Fernando volvió a recibir un no por respuesta. Fue gracias a la intervención decisiva del fraile franciscano Juan Pérez y a la financiación de Luis de Santángel que en la primavera de 1492 los reyes de Castilla aprobaron el proyecto y así comenzaron los preparativos de su primer viaje en busca de las Indias.

El anhelo de Cristóbal Colón se vio satisfecho aquel 12 de octubre tras el grito del vigía, a pesar de que Colón había desembarcado en Guanahaní, en el archipiélago de Las Bahamas, y no en las Indias. El final de aquel trayecto era, sin embargo, un principio. A aquel viaje le sucedieron otros tantos y aquel periplo asentó las bases de la colonización de la colonización del continente americano y fue el origen de un imperio que se extendería en el tiempo y el espacio durante tres siglos.

De todo lo que ocurrió en estos viajes da cuenta Colón en las cartas que dirigió a sus benefactores (Luis de Santángel entre ellos), a sus familiares, a los reyes, al papa Alejandro VI… De estas cartas solo permanecen hoy en día copias transcritas a posteriori. El colectivo Fut i Makak selecciona y edita algunos de estos textos en Cartas renovadas, publicado por West Indies. Estas versiones adaptan el contenido al presente, utilizando un lenguaje actual y comprensible pero que no rechaza su esencia original.

En estas cartas Colón nos acerca su visión de los lugares y las gentes que iban formando parte de su experiencia como explorador fiel a su misión con la Corona, con el compromiso de acrecentar su economía y expandir su religión. A través de ellas nos hacemos una idea de lo que significaron aquel momento decisivo y aquellas experiencias para alguien como Cristóbal Colón.

Abundan las descripciones llenas de asombro y orgullo y podemos compartir parte del asombro de los habitantes peninsulares de la época. Algunas parecen reflejar con pretensiones claramente fundadas en la fidelidad paisajes: «Durante el recorrido encontré muchos puertos en la costa, sin comparación con otros de tierras cristianas, y muchos ríos, grandes y navegables, que son una maravilla. En toda esta comarca hay montañas altísimas que parecen llegar al cielo […]. Son todas hermosísimas, de mil hechuras, y todas transitables y llenas de árboles de mil maneras y altos: aparentan llegar al cielo. Parece ser que jamás pierden la hoja según lo que puedo comprender» y también costumbres: «La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y de las que he tenido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren».

En algunos casos estas descripciones pueden resultarnos sorprendentes, como cuando dice que «las mujeres me parece que trabajan más que los hombres», o cuando describe un  «Animales menudos y grandes hay muchos y muy distintos de los nuestros […]. Un ballestero había herido un animal que se parece a gato paúl [aclaran los editores que era el nombre con el que Marco Polo bautizó a los macacos], salvo que es mucho más grande, y con el rostro de hombre.»

La perspectiva del navegante se dibuja a través de sus palabras: «Cuando están seguros y pierden el miedo, son tan generosos con todo lo que tienen, sin engaños, que solo lo creerá quien lo vea». «Y les daba yo mil cosas buenas que yo llevaba para que tomen amor, se hagan cristianos y así se inclinen al amor y servicio de sus altezas y de toda la nación castellana, y procuren ayudarnos y darnos parte de las cosas que tienen en abundancia y que nos son necesarias».

En las cartas encontramos también otros pasajes más amargos, como la narración de un encallamiento, o de otros peligros, asumidos con resignación: «¿Quién nació, sin quitar a Job, que no muriera desesperado?». Los problemas a los que tenía que hacer frente Colón quedan también patentes en algunas quejas y reclamos, como su preocupación por la relajación de costumbres de los colonos, su rivalidad con el que había sido uno de sus hombres de confianza, Francisco Roldán, que se sublevó y encabezó una rebelión que finalmente terminó en pacto.

Leer las cartas escritas por Cristóbal Colón durante sus viajes es leer el principio de tantas cosas. Conviene, por tanto, leer estas Cartas renovadas como quien lee un libro de viajes históricos, lleno de periplos y aventuras que tienen en común el compromiso del aventurero con su meta y sus ideales propios.

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