Mariví Blasco. Un superpoder llamado música

Entrevista: Joaquín DHoldan // Fotos: Sonia Fraga

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En la Odisea (XII, 39), Ulises preparó a su tripulación para evitar la música de las sirenas tapándoles los oídos; deseoso de escucharlas él mismo, se hizo atar a un mástil para no poder arrojarse a las aguas. Es famosa en Cantabria la historia de La Sirenuca, una sirena que alerta con su canto a los marineros que se acercan peligrosamente a los acantilados. Hay muchos ejemplos de mujeres con poderes similares. La más popular es Black Canary de DC cómics, capaz de lanzar gritos ultrasónicos que destruyen el mal. Atrapados por su canto, fuimos atraídos por la soprano Mariví Blasco, con sus poderes nos hizo viajar en el tiempo y ver lo invisible. Desatémonos y vayamos sin miedo a los más altos acantilados, a la cultura más profunda.

¿Hay que formarse mucho para disfrutar de la música clásica?

No podemos decir que disfruta más de la música alguien que sabe o alguien que no sabe. Es imposible saberlo. A veces incluso lo contrario, al entenderla no siempre la disfrutas porque estás tan pendiente de la parte técnica, en lugar de dejarte llevar, yo misma lucho contra eso. ¿Por qué tengo que estar evaluando si está afinado, si está en el sitio? Es mejor sentir. Gózalo, da igual. Esa es la magia de la música, que es humana. Antes que papel, lápiz, estudio, antes que técnica, es humana. Ahí reside el hecho de que cualquier persona, sólo por el hecho de ser persona, tiene toda la capacidad de gozar de ella. Las diferencias radican en que unos sean más sensibles y otros menos.

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En la sensibilidad y no en la formación.

Exactamente.

Entonces ¿Por qué no es más masiva? ¿Cómo lograron alejarla de la gente?

Creo que es una razón prosaica, y es que no genera tanto dinero como la música más comercial. Es como la tele o el cine. Triunfa más Misión imposible 5 que cualquier película europea sin publicidad pero mil veces con más calidad.

¿Y se te ocurre alguna estrategia para devolver la música a la gente?

Ese es mi sueño. Yo estoy aquí para eso. Y hago todo lo que puedo para eso, que es coger la música que a mí me apasiona y trasmitirla como a mí me apasiona. A mí no me interesa la música clásica como “ay qué cosa tan elevada, cómo la disfrutan mis neuronas”, no, no. Yo siento amor, desasosiego, cosas actuales, lo mismo que me hace sentir Extremoduro. Eso mismo lo siento con la música barroca y la polifonía del Renacimiento, más todavía. Puede parecer música religiosa estática, pero no es verdad, es apasionada, está llena de matices, llena de emociones, de mensajes, de pequeñas cosas. Quizás yo lo vea porque tengo una sensibilidad especial y he trabajado en eso.

Y el contacto.

Claro, estar en contacto, conozco el lenguaje y me trasmite todo eso. Pasa que una persona que está ocho horas de su vida trabajando en otra cosa, luego llega a casa, la comida, los chiquillos, la lavadora, lo cotidiano, la rutina. No tienen tiempo. Necesitan algo rápido, se ponen música que distraiga y no te haga sentir nada. A mí me gustaría que cualquier persona vea como yo veo en el Barroco, o en el Renacimiento o en la música clásica, ese fuego, esas emociones, esa vía de escape, me encantaría que la gente en el iPod llevara a Monteverdi. Sería genial.

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¿Qué tiene Monteverdi? ¿Qué nos estamos perdiendo?

Fue un revolucionario, un hombre muy especial, tuvo cincuenta mil hijos y para él, el amor era súper importante, y era un tío muy carnal, muy apasionado. Utilizaba acordes que no se usaban en la época, muy modernos.

Eso es algo que se repite con algunos grandes músicos, Beethoven por ejemplo, eran estrellas de rock.

Sí, eran anti sistema (risas).

¿Cómo está la situación económica para la música antigua? ¿Tienes referencia a cómo está con respecto hace unos años?

Sí que tengo, y es mi propia experiencia. Se trabaja mucho menos, hay mucho menos dinero, hay menos conciertos y, a veces, ganamos menos por cada uno. Quizás se arman espectáculos con ocho en lugar de doce músicos. Pero si hablamos de música, la música es más poderosa que el dinero, la música sigue estando ahí, la hacemos igual de bien, con la misma pasión, con las mismas ganas, con la misma necesidad de profundizar en ella, de trasmitirla. Es más bonito tener más medios, decir por ejemplo, en esta canción metemos unas castañuelas que le dan un toque hispano súper bonito. Ahora se prescinde de eso, se puede reducir, pero la música estaba allí antes de las posibles crisis y seguirá estando luego. Mientras hayamos enamorados de la música, yo voy a seguir haciéndola y luchando por su calidad. Hay crisis a nivel trabajo, no a nivel de la música.

¿Qué fue lo más antiguo que cantaste y lo más moderno?

(Piensa) Lo más antiguo es Canto de la Sibila que viene del gregoriano y es un canto que se hacía en muchos pueblos, en muchas ciudades. Es religioso, se conservan partituras. La última que hice fue una Sibila en León. Sibila era un personaje, una especie de pitonisa, que predecía el futuro y advertía a los hombres que podía llegar el juicio final y que los que se hubieran portando bien iban al Cielo y mal al Infierno (risas). Entonces se cantaba de noche, en la iglesia, era para asustar (risas). Eso lo cantaba una mujer hasta que la Iglesia prohibió que cantaran las mujeres. A partir de entonces cogían a niños, que tenían la voz blanca, afeminada, los vestían de mujer… imagínalo, mucho más grotesco.

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Da cosita…

Imagínate, maquillados y todo, diciendo que te vas a ir al Infierno, dando el mensaje de la Sibila. El caso es que se encontró en un códice, un canto así y eso lo recuperó Samuel Rubio, un investigador de esta época.

¿Y logras el objetivo de asustar?

Yo lo intento, lo canto así, sabiendo que la gente lo creía. Me imagino que estoy ahí, con esa gente creyendo a pies juntillas lo que dice la Sibila.

Lo más nuevo que canté es un aria de John Cage. Este hombre coge la partitura y en vez de hacer un pentagrama hace unos “gusanitos”, unas formas de colores, cuando la línea sube tu cantas hacia arriba, tienes que seguir intuitivamente la línea o depende del color de la misma, porque la partitura es de colores, te lo haces tú, por ejemplo, para el rojo, cantar estridente, verde, suave, o incluso con ruidos o cantar hacia adentro. Es muy chulo.

Y explicado se disfruta más ¿No crees que a los chicos se les da poca música y mal? Es cómo una asignatura chiquita, accesoria.

Está como para rellenar horario. No sé lo que es, yo he tenido profesores de música horrorosos pero una vocación tan grande que podría haber tenido a Herodes que yo seguiría con la música.

Digamos entonces que no llegaste a la música por tu formación.

No, llegué por mi vocación. Por los profesores lo hubiera dejado. Pero la vocación era muy grande por eso sigo aquí, para todo lo que ha llovido y tiene que llover aún.

Háblame del tema ópera.

Hice varias pero lo que me apasiona es el Barroco. Ahí hay más conciertos que ópera. Hice algunas y me ha ido muy bien. Yo soy una persona tímida lo que pasa es que lo he trabajado, lo trabajo, utilizo mis recursos para que no se note. En ópera hice de muy mala, la mala peor (risas). La Reina de la Noche, en Flauta mágica de Mozart. La persona que me dirigió me dijo “aprovecha este papel para vengarte de todas las personas que te han hecho sentir mal, los que te trataron injustamente, o ninguneada”. Era catártico, me ayudó mucho.

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Igual en un concierto estás muy expuesta.

Mucho, imagino que cualquier artista delante de un público, expuesto y trasmitiendo emociones, con el corazón abierto. Yo me he acostumbrado, me gusta, me siento muy bien con el corazón abierto expresando. La timidez la he trabajado. El concierto me gusta porque además llevo más de diez años dando conciertos, haciendo mínimo 20 al año, máximo 40-50. Hago tantos que me siento cómoda.

Y los das en lugares mágicos. ¿No limita la música a lugares así, no ayudaría a difundirla cantarla aquí en una cafetería como esta?

Entiendo. Como una manera de captar público se debería hacer. Es cierto que suelo cantar en lugares muy bonitos, iglesias, palacetes, la música Barroca se hacía en salas de la corte, se considera música de cámara. Sería buena idea para atraer público, pero para que la música Barroca pueda crear la magia, entre el público que va con el corazón dispuesto a escuchar y tú, que también lo llevas dispuesto a dar, en ese intercambio hay una marco de magia que es favorecido por la acústica. En una iglesia hay una reverberación tal que la atmósfera te envuelve, el sonido no sabes de donde te llega, la voz rebota. La técnica se adquiere para no necesitar micrófono. Yo podría cantar “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, esto allí atrás no se oye y necesito micrófono. Pero si canto:

(Mariví canta, una letra, dice “A” y el tiempo se detiene, la gente que desayuna a nuestro lado en la Sra. Pop nos mira, acaba de suceder, un canto de sirena, un grito ultrasónico que te empuja a un lugar único, nadie se mueve, un segundo después Sonia Fraga- nuestra fotógrafa- vuelve a moverse y suelta un suspiro. La soprano sigue hablando como si nada).

Esto es diafragma, columna de aire, resonadores. Pura técnica. Y utilizar los elementos de los que está hecho el entorno, la piedra que rebota, la madera. Los materiales nobles que hacen que la voz se multiplique. Uno tiene que tener la sensación que lo que escucha trasciende lo humano, que no es una persona dando voces, es algo mágico.

Claro, es la Sibila diciendo que vas a ir al Cielo o al Infierno.

Exacto. Es como en el teatro el juego de luces, es parte de la magia, del viaje, no se ven las personas, es algo más. O sea, aquí estaría muy bien para atraerlos y decir, vengan que allí hay algo especial.

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¿La diferencia entre clásica y antigua es temporal?

Sí, del XVII hacia atrás es antigua. Y del XVIII para arriba es clásica, cambian los instrumentos, la potencia, la acústica, la tecnología, ya no utilizan cuerdas de tripa, en los violines por ejemplo las cuerdas son de metal y logran más potencia, las orquestas se multiplican en número de músicos.

Pensar que en esa época la gente común casi no tenía contacto con la música.

Uno se podía morir sin haber oído una orquesta. Quizás sí, la música popular, esa estaría seguro. Mucha gente contemporánea de Mozart nunca escuchó una de sus obras.

¿En tus orígenes, de niña, cuál fue tu contacto con la música?

Mi padre. Mi padre es músico, autodidacta. Canta, toca el piano y la guitarra. Cuando era pequeño escuchó una guitarra y quedó fascinado. Cogió un trozo de madera le puso una cuerda con unos clavos y de oído, con los deditos, sacaba las canciones y se las tocaba a mi abuela y ella las reconocía (risas). Incluso pedía temas: -“Paquito, toca ahora “La cumparsita”. Y él le daba. Empezó así y luego con unos ahorritos se compró una guitarra de segunda mano y comenzó a sacar acordes y armonías él sólo. Un talentazo, innato. Vivió una época muy dura, en la que tuvo que ayudar a sus padres a trabajar cuando tenía siete años.

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Ahora vives en Sevilla pero todo esto fue en Valencia.

En Valencia durante la post guerra. Muy castigado. Mi padre fue sastre y hacía música como hobby. Los fines de semana, se metió en una orquestita y ahora ya jubilado con 71 años sigue tocando y cantando. Hace bailes para la tercera edad. Es un showman. Te encantaría verlo, empieza a dedicar canciones, como sabe vida y gustos de todos, los tiene fascinados. Es increíble. Acabo de grabar tres canciones con él. Porque el caso es que de niña él me enseñaba canciones, canción protesta de la época, Quilapayún, Atahualpa Yupanqui, todos estos, y yo de pequeña, estaba esperando que llegara de trabajar, oía la puerta y salía corriendo con la guitarra “vamos a cantar”, le decía, y así todos los días. A los siete años me matriculó en el conservatorio y me encantó desde el principio.

¿Y en el conservatorio que estudiabas?

Empecé con la banda, luego me metí con el piano. Luego en la banda tocando el oboe. Estuve diez años tocando el oboe, me sé todos los pasodobles, absolutamente todos, y me encantan. Luego ya hice canto, tres años.

¿Al salir del conservatorio que escenario te planteas?

Lo que pasa es que a los 18 años tuve nódulos y estuve un año callada. Sin decir ni “mu”. Me lo dijo la médica, “hay dos opciones: te opero y eres muy joven o te callas absolutamente por lo menos un año”, y eso hice. Luego de los anteriores tres años cantando sin quedarme afónica jamás, de repente, muda.

¿Qué síntomas tuviste?

Yo empecé… me dolía. Me rascaba, iba a hablar y era como un arañazo en la garganta.

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Claro porque tu instrumento es parte tuya.

Lo llevo pegado. Tú sabes lo que daría yo por poder desenroscármelo y guardarlo en la nevera en un tarro, tipo mermelada. Me lo pondría un rato para hablar y luego enrollarlo en una bufanda.

¿Y qué hiciste con el silencio de ese año?

Me metí en psicología, y ya puestos la terminé, tengo esa licenciatura.

Igual tienes ese perfil ¿no? Como dice un amigo: Por no bajarse del caballo conquista Asia.

Sí, no está en mi naturaleza dejar algo a medias. Ya que estaba lo sacaba. Pero no dejé nunca la música. Cuando me recuperé cambié de profesor y seguí estudiando canto. Luego ya fue una búsqueda del profesor perfecto que ha sido muy difícil, muy ardua, que me ha llevado a Madrid, luego a Milán, a Valencia por supuesto.

¿Qué buscabas?

Quería técnica. Se supone que la técnica lírica como la conocemos ahora nace en el XIX, es bel canto, diafragma, aire, columna de aire que hace la voz más potente, ir a los resonadores que hacen que la voz se amplifique y tenga más armónicos, eso es bel canto. La música que yo hago es anterior. No existía toda esa técnica, suponemos que se cantaba de manera más natural, más sin la proyección. Yo quería aprender esta técnica pero no para hacer bel canto sino para aplicarla al Barroco. Persiguiendo esto he estado mucho tiempo.

¿En ese punto crees que innovaste algo?

Ahora mismo que estoy empezando a dar clases, me doy cuenta que hay muy pocos especialistas en música Barroca que dominen la técnica y que la sepan aplicar sin parecer belcantistas, sin parecer algo posterior. Aplicarla al Barroco, cuando no había vibrato, las voces eran más planas, más naturales, sin tanto hueco en el paladar, esas son cosas técnicas, pero el caso es que hoy estoy dando clases sobre ello, y estoy aplicando la técnica del canto en esa dirección, y me doy cuenta que no hay gente que haga eso, que se cantaba el Barroco con poca técnica, sin usar lo bueno del bel canto, que hace que con esa columna de aire te canses menos, puedas afinar mejor, que la voz está redonda, más bella, con más armónicos.

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¿Grabaste mucho?

Sí, mucho. Pero yo sola tengo dos. A che belleza que es música del S. XVII italiano, el primer Barroco, que lo voy a cantar en Sevilla el 18 de marzo en el Espacio Santa Clara, es muy bella porque saca más pasión que en el Renacimiento, los autores querían que el texto se entendiera por encima de todas las cosas. Se compone la música en función del texto, si se dice “lágrimas”, la música cae. También grabé Geistliche Lieder, canciones espirituales de Carl Phillip Emanuel Bach, el segundo hijo de Bach. Vivió en la época de Mozart, fue un poco eclipsado por este y por su padre, no lo conoce nadie. Estas canciones, la mayoría no se habían grabado, las he grabado yo, una española, en un alemán horroroso, que es el mío (risas), pero ahí están. Son de una calidad tremenda. Escúchalo en Spotify, dentro de ser música religiosa, verás qué hondura, qué apasionado, no es una religión como ahora, no es castradora, es más espiritual, un Dios amoroso.

Alberto Rodríguez, el director de La isla mínima va a dirigir una serie llamada La peste, sobre la Sevilla del Siglo XVI. Imagínate que esta gente está muy expuesta frente al mundo, sería casi imprescindible creer en una protección superior.

En esa época Sevilla era la capital del mundo. Había unos músicos increíbles y los más ricos, y la mayor pobreza. Se murió un tercio de la población por la peste. La religión era una necesidad, una explicación quizás.

Quizás por eso ahora nos resulte tan exigente.

A che belleza por ejemplo, quizás a la primera no te atrapa, pero eso pasa con muchas personas, que hay que prestarles atención para descubrirlas. A primera vista intuyes algo pero no le sacas el jugo, y si alguien te cuenta que la música ilustra palabras y sentimientos, ya le prestas más atención y le vas sacando más brillo, más contenido. Te ayuda a ver lo invisible.

¿Quién organiza los conciertos?

Hay diferentes grupos, especializados. Luego a nivel estatal existen los festivales que se subvencionan con dinero público en general.

A nivel europeo ¿qué país está en la vanguardia en este tema?

Bélgica está muy bien. Alemania, pero es difícil entrar si no eres alemán y no hablas alemán perfectamente.

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¿Dónde cantas más?

En España. En Sevilla hay mucho, en Madrid también, en todos lados. Los festivales han logrado hacer un público fiel a esta música, los conciertos se llenan de público que sabe a lo que va y de un margen de edades muy amplio. Mucha gente joven. Eso está muy bien. Muchos seguidores en redes sociales, me doy cuenta que es una música que gusta, que tiene proyección, lo que pasa es que hay que darle esa oportunidad. Creo que es una cuestión económica, que no mueve tanto dinero, creo que es eso, no está en la radio a todas horas. Tengo grabado un disco con un grupo de aquí que se llama Artefactum que se llama En el scriptorium que son Cántigas de Santa María de Alfonso X “El Sabio” para loar a Santa María. Era música que se generaba en la corte pero la traspasaba, se hacía popular, conectaba con la gente. Es súper bonita, muy interesante. Habla de un hombre que tiene una piedra en el riñón y sucedió un milagro (risas).

Era un tiempo donde se necesitaba una religión más auténtica.

Más práctica. Tiene que ver con la fe. La gente tenía otra expectativa de vida.

A los 40 eras de la tercera edad.

Te daba tiempo a trabajar para sobrevivir y no podías plantearte nada existencial. Ahora tenemos acceso a un montón de cosas trascendentales como la filosofía, la meditación, las religiones orientales… entonces sólo estaba esa imagen en un cuadro, o esa virgen tallada en la madera con el manto dorado, esa luz en las tallas, que aún podemos ver, pero quizás perdimos la perspectiva que tendrían en aquellos tiempos. Aquí en Sevilla vemos tallas del S. XVII, imagínate esas personas viendo tanta miseria, tanta suciedad y ver esa virgen con esas manos así, tan barrocas, tan expresivas.

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Hoy hablamos de La peste, por lo que decías recordé que Pedro Álvarez, el documentalista de la serie, me contaba que la gente tenía una imagen muy ruda, fea.

Claro, los dientes, las uñas, el pelo. Y luego esa imagen de la virgen blanca, impoluta. La gente fliparía. Si tu entras a una iglesia y flipas, imagínate entonces, sería lo más cercano a ver a Dios. La música te daba en el pecho, te afectaba a los sentidos y te llevaba a un lugar que en las calles de las ciudades de aquellos tiempos no existía.

¿Eres consciente de lo que generas al cantar? Hace un rato paralizaste la cafetería.

(Risas) Me doy cuenta cuando estamos, por ejemplo, con amigos bebiendo cerveza y sale el tema y me piden que cante algo. Yo siempre canto, no me gusta hacerme rogar (risas) y por otro lado disfruto del efecto y tener la oportunidad para decir “veréis que chulo”. Suelo cantar Lakmé, la introducción del aria de las campanitas, está inspirada en la India, es como una ópera exótica, está en el imaginario de muchos autores, España, Bagdad, la India, es con una A.

(Canta suavemente, aún así, por unos segundos los cristales vibran, todo se detiene, otra vez)

Ese sonido no parece humano.

Es estratosférico, tanto, que es humano.

¿Hasta qué punto se puede entrenar o es necesario un don natural? Parece evidente la herencia del oído de tu padre.

Mi padre nos componía canciones, o nos íbamos a dormir con su música. A veces usaba canciones de dibujos animados. Una vez estaba tocando un tema de Heidi que te sonará y era bastante complicada, con un tono complejo de coger, y yo desde otra habitación la cantaba, y él variaba el tono y yo lo podía seguir, entonces dijo “a solfeo”. Pero con un poco de oído y la sensibilidad adecuada, cualquiera puede cantar, a utilizar mejor la voz, a usar los recursos que tenemos naturales, potenciarlos y lograr la calidad de la voz. Ahora, la pasión por la música, la tienes o no la tienes, y para seguir, con esta búsqueda interminable y luchar en esto hay que amar la música, esa es la verdadera herencia genética de mi padre, su pasión por la música.

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Con esa música cargada de pasado ¿cómo te planteas el futuro?

Quiero que me sorprenda, estoy abierta al Heavy Metal o a meditar en una montaña (risas). Lo que desde niña soñé fue trasmitir con música. Lograr que llegue a quien no ha tenido acceso a ella, gente de la tercera edad, sin estudios, por ejemplo. Es muy difícil. El capitalismo salvaje no piensa en el individuo, en su goce, en su energía, sino en convertir todo eso en pasta, no importa la persona sino el dinero que genera. La música sirve para trascender, para intuirse algo más que una máquina de trabajo. Logra ampliar los sentidos y eso el sistema no lo permite.

Alessandro Baricco en su ensayo “El alma de Hegel y las vacas de Winsconsin”, hace una reflexión sobre la música culta y la modernidad, dice “Vivir la modernidad es resistirla” y en “Instrumental”  James Rhodes grita “Toca lo que quieras, como quieras y para quien quieras”.

Necesitamos una “Liga de la Justicia”, superheroínas y superhéroes que nos salven, combatan el mal y nos devuelvan el alma, que está hecha de música.

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