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Algunos creen que la poesía es hija de lo que falta, y no de lo que sobra. El buen poeta necesitaría entonces: una niñez desgraciada, amores trágicos, amigos que lo abandonan en momentos importantes. Hace 15 años cuando llegué a la ciudad, algunos me dijeron que no fuese por la Alameda porque era peligroso. Decían que era un suburbio donde abundaban los camellos, los artistas arruinados, las prostitutas. Caminando por la Alameda reflexionamos que algunos no conocen la ciudad. Algunos no conocen de música. Algunos no conocen a Mansilla.

Estoy tan acostumbrado a verte por el barrio que a veces olvido que naciste en Barcelona. ¿Cómo fue tu niñez allí?

Sí, yo soy de Barcelona. Nací en el barrio de Gracia, que es un barrio muy castizo, muy típico. Era un barrio poco nombrado, ahora se habla de él como un sitio emblemático, pero entonces era un barrio de trabajadores, de clase media, yo he jugado mucho en esas calles. Mi padre era catalán y mi madre murciana, de manera que yo soy un charnego, que es la mezcla de catalán y de cualquier otra parte. (risas).

¿Un mestizo?

Sí, la mezcla con un vasco y una catalana por ejemplo, también. Charnego fue una palabra despectiva por un tiempo. Siempre hubo una identidad propia, mucha gente se sentía muy catalana. Era minoritario. También tenían un término propio, les decían gente de la ceba, “de la suya”. Ceba es cebolla en catalán y se pronuncia igual que “seva” que significa “suya”. Es un juego de palabras.

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¿Te gustaba ir a la escuela?

No, pero tenía muchos amigos, me gustaba jugar. Vivía cerca del Parque Güell y por ahí había parajes para correr y perdernos. He sido muy feliz, tuve una infancia genial. Mis padres eran dos personas estupendas. Tanto mi padre como mi madre, eran dos seres cariñosos. Dos grandes lectores, muchos libros en casa. Todos los meses me regalaban un libro. Todos los meses. Y todos los fines de semana, los viernes, mi padre llegaba a casa cargado de tebeos: Pulgarcito, Jaimito, Tío Vivo, todos los tebeos de la Editorial Bruguera, Capitán Trueno, Jabato. Y con la música igual. Mi padre era un gran melómano. Recuerdo que cerraba todas la persianas y ponía algún disco de música clásica, o jazz, aunque sobre todo le gustaba la música clásica, cerraba los ojos y se quedaba allí escuchando…

(Una pausa. Nos quedamos emocionados. Me parece muy bella esa imagen de aquel señor a oscuras, con los ojos cerrados y la música llenando el ambiente, y su hijo mirándolo disfrutar)

Sí. Esas imágenes cuando niño son fuertes.

Son las que quedan. Asociarías siempre la música a la felicidad.

Era fantástico. Ya de mayor entré en el conservatorio. A los 25 años. Pero también disfrutaba mucho de la música.

¿Qué querías ser de grande?

Siempre me ha gustado escribir. También me gustaban los animales, y en un momento había pensado en algo relacionado con ellos, o biología, veterinaria. Pero luego cuando llegó la hora de ir a la Universidad me pilló la marea hippie (risas). Y cogí una mochila y me fui a recorrer los caminos.

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¿Y hasta dónde llegaste?

Pues… hasta aquí mismo (risas).

Habría escalas.

Oh sí, en el medio pasé largas temporadas en Baleares. En Mallorca estuve cuatro años, por ejemplo. En Granada, en Alicante.

¿A qué te dedicabas? ¿Ya tocabas el clarinete?

Por aquel entonces no. Tocaba la flauta dulce. Pero en Mallorca daba clases de música. Aunque no sabía solfeo, tenía mi método y a los niños del pueblo les enseñaba. Eran otros tiempos. Salían cosas. Había más recursos para buscarse la vida. Se vivía con menos dinero. Nosotros nos fuimos a Mallorca sin un duro, pero sin un duro, y encontramos una casa preciosa, en un pueblito entre las montañas. Por tres mil pelas al mes y sin trabajo y nada, nos fiaban en las tiendas, viajábamos haciendo autostop a todos los sitios y así, con lo puesto, se salía adelante. Así estuve hasta hace muy poco, con lo puesto.

¿Por qué viniste a Sevilla?

Tenía una novia, en Mallorca, con la que vivía, le gustaba mucho bailar, el flamenco, y me propuso venir. A mí me gustaba también la llamada del Sur. También sentía que estábamos un poco anquilosados en Mallorca porque yo quería hacer teatro y no había forma, un pueblito muy pequeño, las islas eran más provincianas en aquel entonces. Sevilla por lo contrario despuntaba.

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La época del rock.

Triana, Smash, toda esta gente. Kiko Veneno.

Silvio, un poco después…

Yo caí aquí en el 81, Triana y todos esos también habían pasado, pero estaba el reflejo. Estaba Pata negra… en Barcelona siempre se hablaba de Sevilla como una tierra de provisión, dónde el hachís era muy accesible.

Era el underground de España.

Claro. Estaba al lado de Marruecos. Era el sur y escapaba de toda la parte europea, de la que se denigraba mucho en aquel momento. El modelo europeo no gustaba. Mirábamos al sur, a África. Era -es- un lugar mítico, justo en medio, como una leyenda.

Tu novela Canijo cuenta ese momento.

Sí. Mi primer piso, lo de entrar en La Pupa, lo del teatro, eso es verdad. Fíjate que nada más llegar, conseguí trabajo en un grupo de teatro. Entré como músico, como clarinetista. También escribía. Yo siempre he querido escribir, luego hicieron un espectáculo mío, pero bueno, me contrataron como músico.

¿Qué escribías en ese entonces?

Poesía sobre todo. Siempre, he escrito poesía. Y teatro, pero este que yo hago, que no tiene una estructura narrativa, sino basado en la poesía. Algunos quizás sí, pero bueno… Por ese entonces escribí Nos, los inquisidores.

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En el corto documental Mansilla hay una performance. ¿Es de esa época?

El hijo de perra, es del 89 creo. Una década después. Primero estuve en La Pupa y luego hice mi propio grupo de teatro que se llamaba Los Mongolos de la Muerte, que fue con quien hice El hijo de perra. Me separé de La Pupa porque tenía otras inquietudes. Ellos hacían sobre todo teatro de calle. Teatro Callejero La Pupa se llamaba, yo no tenía ganas de hacer eso. Quería hacer algo más cercano a la performance, algo en salas, tenía otras inquietudes. Con Los Mongolos de la Muerte estuve una temporada larga, ganamos el premio Hermanos Machado, que convoca el Ayuntamiento, con una obra que se llamaba Literanautas, que era un musical.

¿Cuánta gente eran?

En Literanautas éramos dos. Pero el grupo en sí era yo, con diversas colaboraciones.

¿De qué iba Literanautas?

Era de ciencia ficción, un viaje espacial por la literatura.

¿No te has planteado reciclar alguna de esas obras?

Literanautas sí, sí que lo pensé. He sido un poco reticente a hacer cosas antiguas. Prefiero hacer cosas nuevas. Mi mujer me insiste con esa obra porque a ella le gustaba mucho.

Es interesante que siga siendo llamativa 20 años después. ¿Y luego?

Tuve una época en la que me contrataron para trabajar de camarero, de friega platos. Y cuando acabé juré que nunca más iba a trabajar en algo que no me gustara, así con un jefe y con un rollo de horarios. Me torturó. Lo tuve clarísimo. Tuve una larga temporada que me iba a tocar al barrio de Santa Cruz. Estuve de músico callejero, me iba muy bien. Seguía escribiendo. Estuve desconectado del ambiente teatral.

¿Qué edad tenías?

Fue antes de la Expo´92, tendría 30 y algo. Pero ya sabía que aunque fuese tocando en una esquina, se estaba mejor que con un jefe. Además me fue muy bien, ganaba pasta. Me apalanqué un poco en eso porque hacía lo que me daba la gana, tocaba un par de horas y sacaba dinero… estuve así hasta que empecé a tener mucha competencia. Vinieron rumanos, gente de Perú, de Ecuador, se me ponían al lado… una orquesta de rusos también. O sea, de estar solo, a estar rodeado, los ingresos menguaron, y vino la Expo y me fui para allí.

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¿Qué hacías en la Expo´92?

Tocaba el clarinete en un grupo, Los New Tandem Quartet. Íbamos en un tándem arrastrando un carrito con instrumentos y nos plantábamos aquí o allá y hacíamos la orquestina, jazz, boleros, versiones, pop. Ahí en la Expo trabajaba con Luis Navarro y entramos en Atalaya, el grupo de teatro que se escindió por aquella época. Una de las partes escindidas la llevaba Javier Centeno y con él hicimos un espectáculo llamado Página uno y otro No somos ni Romeo ni Julieta. Me encargaba de escribir los textos.

Pero ¿Actuabas también?

Sí también. Luego Luis Navarro y yo hicimos muchas cosas.

¿Ese puede ser el preludio de Mansilla y los Espías?

El preludio fue Página uno con Teatro Crónico, era un espectáculo donde se jugaba ya con eso, poemas, música. Luis era el músico, yo el poeta y Javier Centeno el actor. Era un encuentro. Luis tocaba el saxo, yo el clarinete y Javier la trompeta.

¿Hay registro de eso?

Sí lo hay. En el Centro de Documentación de Artes Escénicas está el video del estreno, se puede ver entero. Está conservado. Y a partir de allí con Luis Navarro hicimos muchas cosas. Con la Banda de la María dirigiendo un espectáculo, escribiéndolo. Gramática parda con Entrecuerdas un cuarteto de cuerdas, ese espectáculo estaba muy bien.

¿Ya estamos por el año…?

Era el año 2000. También hice cosas con el CAT. Los borrachos y El príncipe tirano de Antonio Álamo.

¿Actuando?

Sí, como actor. Tres veces con esas dos y Viento contra viento de Alberti que dirigía Ramón Pareja, muy sonado porque hubo una pelea por ahí, en fin.

¿Cuándo estás en escena con Mansilla y los Espías no te dan ganas de volver a actuar?

No me gusta. Hay una cosa que ya no soporto mucho que es tener un director que me diga lo que hacer, dónde pararme y todo eso. No sé si es por la edad o qué. Yo ya me he hecho mi personaje y lo tengo clarísimo en escena y siempre que quieren que lo haga mejor, la cago y lo hago peor (risas).

¿Entre el personaje y la persona hay mucha distancia?

No hay mucha diferencia realmente. Siento que he encontrado mi sitio en escena ya, y lo que hago soy yo mismo. Yo nunca he sido un gran actor, realmente no es mi disciplina favorita. Me interpreto bien a mí mismo pero luego, si los directores quieren sacar registros de mí, no los tengo. Soy mal bailarín, no se moverme, no tengo ese control físico. Si se empeñan en que me mueva, se estropea todo. Actuar es muy difícil, parece que no, pero cuando estas ahí solo en escena, simplemente darte un paseo o decir algo, te sientes tan artificioso, tan desprotegido…

Hay una etapa en que no eras editado y aparece el primer libro: Poemas para la no posteridad con El cangrejo pistolero. ¿Por qué antes no habías editado?

Por falta de contactos sobre todo. Nunca he cultivado esa disciplina (risas). Pero es verdad, soy muy malo para eso, no lo sé hacer. Llevar mi obra y ofrecerla. No se me da bien, ni he tenido los contactos adecuados, supongo.

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¿Llegaste a llevar textos a una editorial?

Sí porque Antonio Álamo, es amigo mío, y me presenté con su padrinazgo a alguna editorial grande, tipo Alfaguara y alguna otra, pero nos echaron para atrás siempre. Me decían que eran temas que no interesaban.

¿Qué te decían, que era demasiado bueno?

Que no estaban de actualidad o que no encajaba en su estilo. Lo que fuera. Pero bueno, luego la gente de El Rancho Editorial lo leyeron, les gustó mucho y decidieron editar Canijo.

Coincidimos con Gervasio Iglesias en que sería fantástica la película de tu novela.

Sería la contracara de Grupo 7 (risas). Ya ves, yo encantado. Podría estar bien. Y me gusta. Me caen muy bien Gervasio y Alberto Rodríguez.

Aprovechemos para contarle a las editoriales que tu novela se ha vendido muy bien.

Estupendamente. Hace dos navidades fue de lo más vendido. Se agotó la primera edición. Supongo habrá una segunda pronto.

¿Te cambió algo ver tu libro de poemas editado?

Sí, me hizo mucha ilusión. Pero al contrario de Canijo, no se vendió nada de nada.

La gente no consume poesía.

No sé. Otros libros de esa editorial sí, pero el mío no.

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En ese libro de poemas hay muchos textos que están en Literatura de baile el primer trabajo discográfico de Mansilla y los Espías, pero ¿cuándo empieza ese proyecto?

Nace en un espectáculo que se llamaba El espía de los grillos, que fue un encargo de Antonio Álamo, que era director del Teatro Lope de Vega de Sevilla y organizaba un festival. Como le gustaba lo que hacía, nos propuso que armáramos algo. Entonces nos juntamos Javi Mora, Luis Navarro y yo. Por eso luego fuimos Mansilla, Navarro y Mora. Aquel espectáculo fue un éxito, fue muy bien. Hicimos una gira en Gijón, en Mallorca, gustó mucho. Tuvimos una crítica muy buena. De ahí vinieron Literatura de baile y Ultramarinos.

En tu obra hay mucha reivindicación de una Sevilla que se ha perdido, en Canijo aparece aquella de los ochenta, y en Ultramarinos la del barrio, cercano y humano.

Del barrio y de la época. Este año fuimos de gira por el País Vasco y hubo pueblos que no pudimos visitar porque no encontramos donde aparcar. Te tenías que ir. Nos pasó en varios, comienza a ser un problema. O el absurdo del culto al cuerpo. El ser humano es una criatura divertida. Nos ponemos ascensores para no subir escaleras y luego vamos al gimnasio ¡a subir escaleras! (risas). Vamos con el coche y luego corremos porque no caminamos. Somos una paradoja, un contrasentido. Somos así.

Creo que en un momento clave de tu vida tomaste un camino y allí te mantuviste.

Muy joven además. Cuando me fui de casa con mi mochila, tenía 18 años, me fui con lo puesto y así sigo. Vivo muy bien porque no tengo nada. No tengo coche, vivo de alquiler. Vivo genial.

Luego del éxito de Literatura de baile ¿qué nos traen los espías?

Tenemos otro formato. Otros integrantes y otro espectáculo que empezó llamándose Para no tener nada, es mejor no tener nada. La frase se la escuché a un gorrilla de la calle Santa Clara, se la dijo a una dama que bajó de su coche de alta gama y le dio veinte céntimos, y él miro la moneda y se la devolvió y le dijo eso, me pareció fascinante.

¿Cómo es el proceso creativo?

Yo les llevo poemas y entre los tres seleccionamos. En realidad quedan los poemas que a ellos más les gustan. Con ritmo interno, ritmo propio, una cierta musicalidad. Nos gustaría tenerlo listo para abril. Estos músicos son muy rápidos.

¿Cómo es la nueva formación?

Daniel Abad en el contrabajo, Jasio Velasco en la viola.

Hace poco te vimos en un espectáculo en el Teatro Central. ¿Cuándo llega el flamenco a tu vida artística?

Fueron ellos, Marco Vargas, Chloé Brûlé. Les gustaba nuestro trabajo y hace un par de años me pidieron un texto. Como a mí no me gustaba el flamenco, el poema se llamaba así No me gusta el flamenco. El espectáculo se llamó No me gusta. Por eso este segundo se llama Me va gustando, y finalmente derivó en Libertino, que es la versión más larga, para sala, con luces, sonido… la anterior era callejera. Explica la historia de un canario (Libertino) y luego tiene baile, canto y poesía.

Pero ves, con ese director sí la cosa fue bien, porque no me hizo hacer que no fuera yo, me respetó muchísimo. La historia es un poco mi biografía, cuando llegué con aquella muchacha que quería bailar flamenco y a mí no me gustaba nada, yo era más de rock. Y esa muchacha me lo hizo odiar, todo el día con lo mismo. Me ponía triste, todo el día con lo mismo, hablando de flamenco, con el profesor, una hartura. Me hizo abominar el flamenco. Pero luego, mejor. Aunque lo que más escucho ahora es blues, funky, los negros.

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En Mansilla y los Espías lo que suena es blues, tiene esa cadencia.

Exactamente. Funky, o el pop. Pero no tiene un estilo definido. Siempre le he agradecido muchísimo a los músicos que hayan cedido el protagonismo a los textos, a que todo estuviera al servicio de los poemas.

¿Dónde nacen tus poemas? Porque algunos son muy urbanos. Te imagino paseando por el barrio para inspirarte.

Pero sin embargo no. Escribir es lo que mejor se me da. Escribo de mañana temprano. A mí me inspira la música. Allí en mi casa, relajado, me pongo música y así escribo.

Entonces volvió esa imagen: El padre de Fernando Mansilla en su casa, con las persianas bajas, escuchando música, tumbado y feliz.

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