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Damián López es la persona que está detrás de LEBLUME. Es una de esas personas que da confianza desde el primer momento. LEBLUME es su estudio de diseño situado en un precioso espacio compartido en el centro de Málaga. Espero que las ganas y el buen rollo que desprende, os lleguen a través de su entrevista. Empecemos…

Comencemos por el principio, ¿eres de esas personas que tenías claro lo que querías ser desde pequeño?

Pues creo que sin saberlo sí. En casa, mi padres han hecho muchísimos experimentos porque ambos son físicos y mi hermano también lo ha sido, aunque ahora se dedica a la música. Además mi abuelo era carpintero y mi padre estuvo muchos años en la carpintería cuando era joven. Siempre andaban haciendo experimentos de física, cacharritos y movidas. A mí todo eso me fascinaba, siempre estaba en el taller de mi abuelo cortando madera y construyendo cosas.

Me metí en diseño industrial porque siempre he tenido esa necesidad de hacer algo más artístico, pero tenía la presión familiar de estudiar algo relacionado con ciencias por cojones. Encontré en el diseño un camino intermedio entre una cosa y otra. En ese momento, no tenía mucha idea de lo que era el diseño pero con el tiempo, empecé a entenderlo y me gustó. Mi segunda opción era arquitectura.

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Estudiaste la mayor parte de tu carrera en Málaga aunque el último año lo pasaste en Valencia, comparando ambas opciones, ¿fue un cambio positivo?

Me fui con prácticamente todo aprobado, así que iba un poco a disfrutar como aquel que dice. Me cogí un montón de asignaturas que en Málaga no había, allí tienen la carrera planteada de otra manera. Fue muy positivo, estábamos todo el día en el taller y la mayoría de los profesores tenían experiencia profesional en diseño. La verdad que eso fue como descubrir un mundo totalmente nuevo y desconocido para mí.

En una ocasión, a mi vuelta, tuve la oportunidad de reunirme con el director de la escuela y le pregunté por qué en Málaga la carrera no estaba enfocada a nada. Por qué no se había tomado un camino y así formar una industria en torno a eso. Su respuesta fue que, cuando la pusieron en Málaga no había industria y decidieron resolverla haciéndola un poco genérica. Para mi gusto, es tan genérica que al final no se trata nada, aunque no sé si en los últimos años habrá evolucionado algo en este sentido.

¿Cuándo decides montar algo por ti mismo?

Cuando acabé en Valencia, salí como todos un poco perdido. Yo sabía que quería trabajar, tenía esa necesidad. Estaba un poco harto de estudiar porque llegó un momento en el que no aprendía más. Incluso me metí en un máster y lo dejé. Sería el equivalente a un postgrado de diseño de producto allí en Valencia. Empezaron dando conceptos muy básicos y no podía empezar de cero de nuevo, tenía inquietud por empezar la acción.

Echando currículums entré en Lavernia y Cienfuegos y estuve de prácticas una temporadilla. La experiencia fue muy buena y aprendí muchísimo. Me cambió el concepto totalmente. Al acabar las prácticas me puse a buscar de nuevo pero me pilló la crisis por completo y no encontraba trabajo en ningún sitio. Entonces la actitud fue: “no tengo trabajo, pues ¡me lo voy a inventar!” Me voy a hacer auto-encargos fijando unos objetivos y el primero fue la Feria de Diseño de Valencia. La premisa fue diseñar una serie de objetos y presentarme, a ver si de esa forma podía llegar a las empresas.

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Y conseguiste tu objetivo, siendo uno de los seleccionados para el Salón Nude de la Feria del Hábitat de Valencia en 2011. ¿Fue un antes y un después en tu trayectoria?, ¿qué experiencia sacaste de todo aquello?

Es interesante. La verdad es que a mí me cambió mucho el punto de vista que tenía, sobre todo la experiencia a nivel empresarial. Saber cómo funcionan y se mueven las empresas. Yo iba con unas expectativas muy altas y luego no fue para tanto. Al ser la primera vez que iba a una feria, no sabía cómo iba aquello.

Ahora te puedo decir que lo importante no es ir a ferias. Hay que estar, pero es más importante el trabajo de post-feria. Tienes que contactar con todo el mundo con el que has hablado, moverte y activar un poco las relaciones. Si no, acabas conociendo a muchísima gente, te llevas un montón de tarjetas y no recuerdas quién es quién.

Vuelves a Málaga y montas el estudio. ¿Tenías algo? ¿Localización, financiación, trabajo?

¡Qué va! ¡Tenía a Alfonso! (risas).

Alfonso Fiz está en la mesa de enfrente durante toda la entrevista, con cascos y trabajando.

Me vine a Málaga precisamente porque pasaron un par de años sin trabajo allí. Las empresas se interesaban por los productos pero, o no podían invertir o me decían que sí y entraban en concurso de acreedores, era una situación complicada.

Estando allí casi sin sentido, me surgió la oportunidad de trabajar con Alfonso haciendo infoarquitectura, y volví a Málaga. Empezamos no sólo a trabajar juntos sino también a organizar Pechakucha Málaga. La cosa empezó a crecer poco a poco, comenzaron a surgirme encargos por mi cuenta y di el salto definitivo.

¿Se diseña mejor con pescaito? (Esta pregunta te la manda la diseñadora Granda Barrero, gran defensora de la gamba de Huelva).

Yo creo que sí, es un poco como el carácter de la gente. En general en Andalucía hay una actitud muy abierta. Al ser de aquí, es a lo que estás acostumbrado. Diseñar con pescaito consiste básicamente en irnos a comer unos espetos, ponernos finos y que acaben saliendo ideas. No es como sentarse en la sala de reuniones a proyectar, es otro rollo (risas).

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¿Tú relación con Mateo Garcia (Narita Estudio) empezó con pescaito de por medio?

Pues eso fue curioso, porque cuando llegué a Málaga estaba completamente desentendido de lo que pasaba aquí. Fui a un evento de la Escuela de San Telmo, que se llamaba Telmo Dice donde venían un montón de diseñadores bastante potentes. Allí estaba Mateo que daba una pequeña charla y vi un par de proyectos loquísimos que puso. Inmediatamente dije: “¡este tío está colgado perdido!¡Lo tengo que conocer como sea!” (risas). Cuando se bajó del escenario lo abordé y acabamos toda la mañana bebiendo cervezas y comiendo pescaito. Lo fichamos para el Pechakucha y a partir de ahí hubo bastante flow y aquí estamos a día de hoy.

LEBLUME comparte espacio con Narita Estudio, Alfonso Fiz y Humad, ¿cómo es la convivencia? ¿Compartís también proyectos?

La convivencia, pues genial. Antes de mudarnos aquí ya compartimos espacio. Era un sitio un poco provisional al que llamábamos El boquete (risas). Y ahora el cambio aquí, pues mucho mejor.

Nos viene muy bien compartir espacio porque nos complementamos a nivel de proyectos. Humad está más enfocado en estrategia y branding, Narita más a diseño gráfico, Alfonso Fiz a 3D e infoarquitectura y LEBLUME a producto e interiorismo. Es guay porque estamos haciendo sinergia, son disciplinas que están totalmente relacionadas y hay un montón de proyectos en los que estamos trabajando juntos.

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¿Por qué LEBLUME?

Oficialmente LEBLUME surge porque necesitaba presentarme de alguna forma, creo que fue para el Salón Nude de Valencia. Y como tenía la intención de que el estudio creciera, no quería que fuera una marca personal.

Blume en alemán significa flor, y a mí la flor entendida como objeto me parece súper interesante. Es un producto de la naturaleza, es estéticamente muy potente y es funcional. Reúne todas las cualidades que un producto, desde mi punto de vista, debería tener. El problema es que Blume en Alemania es una cadena de floristerías por lo que cuando fui a registrarlo, estaba pillado por todos lados. Así que le añadí el Le, el artículo, que además me gustaba como sonaba. La versión extraoficial es que realmente yo usaba Blume desde hace más tiempo, pero pocos lo saben.

Además de tu faceta como diseñador, también participas en la organización de eventos relacionados con el mundo del diseño y la creatividad. Eres co-organizador del Pechakucha Night Málaga junto con Alfonso Fiz, ¿cómo surgió esta iniciativa?

Surgió con un bocadillo, subiendo una foto a Instagram (risas). Al poco de llegar a Málaga, estando en el estudio que tenía Alfonso en la Calle Granada, estaba en la ventana comiéndome un bocadillo, hice una foto y la subí a Instagram. Y me escribió inmediatamente un colega de aquí de Málaga, que llevaba tiempo sin ver: “¿Oye tío tú estás en la calle Granada?”. Él también estaba en la misma calle en el estudio Brida, al asomarnos a la ventana estábamos a un metro y ni lo sabíamos. Fue un poco decir, “¡hostias! es increible que haya tantísima gente buena en tu ciudad, haciendo cosas y no lo sepamos”.

Alfonso conocía Pechakucha Night por Lugadero, que son quienes lo organizaban en Sevilla. Yo lo conocí en Valencia gracias a La Mamba y me había presentado un par de veces. Y ambos estuvimos de acuerdo en organizarlo aquí en Málaga, pedimos la licencia y ya vamos por el volumen catorce.

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¿Por qué los carteles Pechakucha Night Málaga son personajes históricos?

Acabamos haciendo que Alfonso se quite los cascos y le robamos unos minutos de trabajo para que conteste a las preguntas relacionadas con Pechakucha Night.

Damián: El público de Pechakucha es muy variado, desde gente joven a jubilados, y queríamos buscar la forma de conectarlos. La idea es utilizar referentes culturales, artísticos e históricos y descontextualizarlos para darle ese toque desenfadado, más de andar por casa que, al final, es de lo que va un Pechakucha.

 Alfonso: Hacerlo más cotidiano.

Damián: Por ejemplo en el caso de Goya, te lo imaginas pintando sus cuadros muy místico todo. Nos hacía gracia imaginarlo en la playa, comiéndose una magdalena o sacando al perro, cosas cotidianas. Nos ha funcionado muy bien, es un discurso que se va repitiendo y la identidad es muy reconocible, de hecho nos han salido algunos imitadores.

¿Os ha ocurrido alguna anécdota que destacar en estos catorce volúmenes?

Damián: ¡Muchas! Hay una que solemos contar. Era un speaker que lo dejó todo, porque lo dejó la novia y perdió el trabajo, y dijo: “¡a tomar por culo!, mi sueño es dar la vuelta al mundo y me voy a ello”.

Alfonso: Hubo un cirujano. Era una persona bastante mayor, y aún así se atrevió a subirse al escenario, de los seis minutos habló dos y medio quizás. Este señor había inventado una válvula con veintitrés años que había salvado muchísimas vidas, una válvula para el corazón. Y cuando terminó su historia sentenció y dijo: “¡a tomar por culo!”, se bajó y ¡se fue! (risas). Claro nos quedamos todos en estado de shock, habló tan rápido que tuvimos que pasar las diapositivas que aún quedaban, faltaban unas quince. Normalmente lo habríamos dejado allí sufriendo hasta que los seis minutos hubieran terminado porque esas son las normas en Pechakucha, pero hicimos una excepción. Además, en ese Pechakucha en concreto, tuvimos un problema con el proyector porque es muy de andar por casa y se nos estaba cayendo. Pasamos las diapositivas rápido mientras nos temblaban las manos sosteniendo el proyector (risas). Cada día nos pasan más cosas, y lo bueno es que no tiene burocracia ni caspa ninguna, es muy natural.

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¿Cambiáis de ubicación en cada edición?

Damián: Sí, la idea era que fuera itinerando por la ciudad para ir descubriendo rinconcitos de Málaga. Hay rincones brutales y que no todo el mundo conoce. Después de catorce volúmenes, cada vez tenemos más dificultades para encontrar sitio porque los sitios públicos son un follón por normativa, permisos, etc. Por otra parte hay que tener en cuenta que deben ser sitios asequibles y céntricos para que sea fácil asistir.

Alfonso: Estamos aprendiendo mucho. Por ejemplo, al principio dábamos por hecho que la gente acudía al Pechakucha porque le interesaba. Pensábamos: “es normal que a la gente tomándose una cervecita le interese escuchar historias de puta madre ¿no?”. Como era un producto que funcionaba, no nos habíamos planteado que por estar en una ubicación u otra la gente iba a dejar de ir. O porque fuera noviembre y estuviera en exterior e hiciera un frío de puta madre, o que coincidiera con el alumbrado de la calle Larios, o con el Black Friday (risas).

Además también co-organizaste el Málaga Design Walk, junto con LAB. ¿Cómo os surgió esta oportunidad? ¿Hay iniciativas similares en Málaga? ¿Qué acogida tienen?

Pues Málaga Design Walk surgió de un Pechakucha precisamente. En esa edición Alejandro Rojas (LAB), venía como speaker. Lo propuso él, porque ya se hacía en Sevilla, y acepté del tirón. La acogida fue buena pero podía haber sido mejor, va poquito a poco. Influyeron muchos factores, como que era el primer evento de este tipo, las fechas, etc.

Nosotros estamos contentos porque tanto la asistencia como las conferencias fueron geniales. La asistencia ha sido pequeñita en comparación a las cifras que ya manejaba del Pechakucha pero al ser el evento más específico, el público también es más limitado y aún no hemos conseguido que los estudiantes de Málaga lo tengan como una fecha ineludible.

Por otra parte, también hemos tenido conflicto con algunos diseñadores industriales de aquí. Nos critican porque, según ellos, no hay actividades de diseño industrial en el programa cuando en el dossier dice ser un evento de diseño industrial, entre otras disciplinas. Sin embargo, estas mismas personas son las que luego no vienen a las actividades de diseño industrial que hemos organizado.

De hecho, en las dos ediciones pasadas, la mayoría de actividades han sido de diseño industrial.

Es algo que no termino de comprender, pero me da la sensación de que no quieren mezclar disciplinas, y en realidad una de las cosas que aprendí en Valencia fue justo lo contrario, que está todo conectado. Nuestro estudio es justo el ejemplo, trabajamos en un montón de proyectos donde se requieren varias disciplinas del diseño. Para mí, aunque sea diseñador industrial, es muy importante saber de tipografía, saber de diseño gráfico, de ilustración… porque al final acaban enriqueciendo los proyectos en los que trabajo. Me parece fundamental colaborar con diseñadores de otras ramas, considero que con este tipo de sinergias es como realmente se obtienen los mejores resultados.

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Está todo conectado…

Sí, de hecho una de las cosas que me ha venido genial aquí, donde realmente tengo poca competencia, es llamar a las puertas de estudios de diseño gráfico y decir: ”Hola soy Damián, soy diseñador industrial y hago estas cosas”. Casi todos están haciendo un stand, un módulo de un mueble que no saben cómo resolver o tienen un packaging que si tuvieran a un diseñador industrial lo harían de otra manera. Es bueno que esté todo conectado. Además nosotros como industriales tenemos mucho que aprender del diseño gráfico como disciplina. Al final, los proyectos de diseño industrial se enriquecen de una manera brutal.

Con la situación actual de este país, ¿crees que es difícil dedicarse a esta profesión?

No, de hecho llevo unos dos años diciendo que la crisis acabó en 2012 o 2013, y que la situación que tenemos ahora es la que nos toca vivir. Creo que la gente está un poco con la expectativa de que vuelva lo de antes, pero lo de antes no va a volver, lo de antes era insostenible. Yo creo que se puede vivir. No es que se viva de lujo, eso también te lo digo (risas).

También pienso que es un proceso de crecimiento. Vas creciendo y cuando te vas viendo seguro, creces un poquito más. Un concepto que he aprendido de Mateo (Narita Estudio) que sí es interesante, es que hay que tener la mochila pequeña. Hay que ser ágil, no puedes tener un montón de cosas encima, que en el momento en el que te viene una racha mala o un batacazo estés pillado. Yo intento en ese sentido no meterme en muchos follones de préstamos y esas cosillas.

¿Qué trabaja LEBLUME? ¿Y en qué medida?

Ahora mismo las tres áreas en las que nos estamos enfocando son: diseño de producto, diseño de interiores y diseño gráfico. Producto e interiorismo se lleva a partes iguales el volumen de trabajo porque el diseño de interiores te permite crear objetos a medida o introducirlos en un espacio. Al final tienes la oportunidad de trabajar diseño de producto dentro del diseño de interiores.

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LEBLUME formó equipo con Granada Barrero para la revisión de la silla andaluza de anea. La Fresca es un proyecto que ya conocemos a través de la entrevista que tuvimos con la diseñadora y ahora toca saber la otra versión del tándem, ¿cómo fue trabajar con Granada Barrero?

¿Trabajar con Granada? Pues muy bien, con Granada genial (risas). El proyecto de La Fresca empezó un poco con una conversación un día tomando un café.Yo ya llevaba tiempo dándole vueltas a que me gustaría hacer una revisión a la silla andaluza de anea, ella por su cuenta también había estado dándole vueltas al mismo tema y dijimos: “¡pues vamos a hacer algo juntos!”

Empezamos poco a poco y el proyecto tuvo muchos altibajos. Hemos tenido momentos que lo hemos flipado y, de repente, nos veníamos abajo y lo dejábamos aparcado. Cuando estaba totalmente metido en un cajón, salió la convocatoria de becas Injuve y dijimos: “¡pues vamos a presentarlo porque si suena la flauta pues eso que nos llevamos!”. Lo mandamos y sonó la flauta (risas).

Empezamos a trabajar para resolverlo, y la verdad que fue súper intenso, porque teníamos como fecha de entrega la exposición La hora del diseño en Madrid. Además cuando te dan la subvención, te marcas unos plazos de entrega del material, de la exposición, etc. Te ves sobradísimo, y que va, llegó el día de la exposición y dos semanas antes no teníamos la silla. Fue acabarla e irnos a Madrid, al límite.

¿Tuvisteis problemas para desarrollar La Fresca?

Tuvimos muchos problemas para encontrar artesanos y tuve que recorrer un montón de talleres con anécdotas increíbles. Por ejemplo, un abuelillo al que fui a preguntar si nos podía fabricar la silla y me tuvo toda la mañana liado. Era un hombre jubilado que vivía en el campo y le encantaban las plantas así que estuvo cuatro horas enseñándome plantas y especies raras. Yo sin haber desayunado, sin beber agua ni nada, en Mayo que aquí pega el sol, casi deshidratado. Cuando terminó de contarme todo lo quiso me dijo: “bueno ¿y tú para que habías venido aquí?” (risas).

Y buscando, buscando, encontramos alguien un poco más joven. Lo encontró mi padre, fuimos a verlo y fue genial. El hombre se implicó desde el primer momento, aunque aún así, hubo muchísimos problemas durante el proceso de elaboración y hubo momentos muy críticos. El resultado no está todo lo bien que nos gustaría pero es un prototipo, y nos alegramos muchísimo que haya tenido tanta repercusión.

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¿Y ahora en qué punto se encuentra La Fresca?

Hemos recibido montones de emails y llamadas de gente encargándonos sillas. ¡Sillas a cascoporro!, ¡no te lo puedes ni imaginar! Cada llamada pide setenta o cien sillas y ahora mismo les tenemos que decir que no porque era una revisión, un prototipo. Ahora que ya tenemos el escenario, sabiendo que es un producto que funciona y que tiene un público, entendemos que es mucho más fácil buscar una empresa que se interese en este producto.

LEBLUME es el responsable del mobiliario e interiorismo del espacio de coworking de La Térmica en Málaga, un proyecto precioso en el que utilizó materiales en desuso de la Diputación. ¿Cómo surgió esta oportunidad?

Surgió a través de una edición de Pechakucha Night Málaga. Para alumbrar en el escenario a los speakers, cosa que la fotógrafa nos agradece siempre, empecé a llevarme una de las lámparas ICON 3 al escenario. Al cuarto volumen, que se celebró en La Térmica, me llevé la lámpara, la vio el coordinador de allí y le gustó. Justamente en ese momento estaban buscando alguien para diseñar el espacio de coworking y me propusieron el proyecto. El proyecto fue increíble y todo con materiales reciclados.

Tuve la oportunidad en un viaje a Córdoba de comer en Regadera, el último trabajo de LEBLUME junto con la agencia Sopa. Cuéntame.

Ha sido una pasada trabajar con Sopa por: la metodología de trabajo que tienen, el concepto, cómo trabajan con el cliente y cómo lo involucran en el proceso creativo. He aprendido muchísimo con ellos, crean un súper equipo.

Regadera existía desde hacía unos cuatro años en otra localización, y para el sitio nuevo, hicieron un análisis de la situación en la que estaban, a dónde querían ir, lo que habían sido, etc. Al final sacamos un mapa conceptual en el que yo también estuve aportando, y empezamos a decidir: el número de espacios para crear las experiencias distintas, etc.

Es genial cómo transmiten y cómo también te dejan hacer, que es súper importante. Para mí ha sido una experiencia brutal.

¿Cuáles son para ti las claves para un buen diseño?

Para mí el diseño es algo que tiene que ser totalmente funcional. Nosotros trabajamos por encargo y estamos también muy condicionados por la sociedad en la que vivimos, los valores culturales que tenemos, un montón de cosas…

Cuando un cliente te viene con unas necesidades, lo primero que tienes que hacer es analizarlo y tener claro lo que necesita. Tienes que hacer un cóctel con las cuatro o cinco cosas precisas y necesarias para que ese proyecto o ese producto cumpla la necesidad del cliente y tenga la percepción que tiene que tener por parte de los usuarios. Si cubre necesidades y funciona, es un buen diseño.

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¿Cuáles son tus referentes, dentro del mundo del diseño y fuera de él?

Pues en el mundo del diseño, me encanta lo que hacen Lavernia y Cienfuegos. También porque he tenido la oportunidad de trabajar con ellos y vivirlo desde dentro es una pasada.

Pati Núñez también es una diseñadora que me gusta muchísimo, su sensibilidad, cómo trata los proyectos, cómo conceptualiza, me parece increíble.

A nivel artístico me encanta Miguel Berrocal, que es un escultor malagueño que murió en 2006. Tenemos la suerte de conocer a su hijo, que es quién está ahora mismo a cargo de la Fundación Berrocal. Es súper interesante todo la historia de Berrocal, el proceso de trabajo que tenía y también el contexto histórico en el que vivió. Era amigo de Dalí, conoció a Picasso… Montó una fundición en Verona (Italia) y les hizo piezas a todos los artistas de la época. Ahora tiene un casoplón en Villanueva de Algaidas (Málaga), lleno de obras de arte de la época: Man Ray, láminas de Picasso, de todo lo que te puedas imaginar. El taller lo trasladaron desde Verona y se puede solicitar una visita a la Fundación. Se puede ver todas las máquinas e incluso te cuentan todo el proceso de trabajo que es espectacular.

Desde tus inicios como LEBLUME en 2011, ¿qué proyecto recuerdas con más cariño?

Pues, no sé, es que cada uno tiene su momento. Con los proyectos pasa mucho que tienes rachas de amor absoluto, tienes rachas que los odias y nos los quieres ver y luego pasa el tiempo y te reenganchas otra vez. Por ejemplo con La Fresca, fue súper bonito porque nos ha dado muchísimas alegrías, pero también nos ha dado unos bajones de decir, “¡tengo ganas de pegarle tres patadas!”

A la Papapelera le tengo mucho cariño porque ha sido el primer producto que he empezado a autoeditar y porque surgió con una anécdota familiar. Surgió porque mis padres son muy de reutilizarlo todo, por lo que el cubo de basura es un cubo de otra cosa que lo han reutilizado para esto. El problema que tenían era que las bolsas de basura que también eran las de supermercado reutilizadas, no se adaptan al cubo y acababa todo perdido. A mí me daba muchísima rabia, y empecé a darle vueltas hasta crear Papapelera. De ahí su nombre, por mis padres.

Una chica que te conoce muy bien, y responde al nombre de Marina, quiere saber si tuvieras que elegir un solo producto que diseñar a lo largo de toda tu vida, ¿qué sería y por qué?

Mmm… Pues sería la silla. Porque en el diseño industrial siempre se estudia la silla como objeto icónico pero yo no sabía por qué realmente, hasta el momento en que te metes a diseñar una. La experiencia me ha parecido brutal, porque tiene un montón de detalles: equilibrio, ergonomía, resistencia, estructura, etc. Es un producto que parece simple pero es súper complejo, hacer una buena silla es muy difícil. Creo que el producto para darle vueltas durante toda la vida es una silla, me parece un reto.

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En el futuro, como soñar es gratis, ¿qué proyecto te gustaría hacer?

La verdad es que el diseño de interiorismo me está conquistando, creo que hay un camino ahí muy interesante. Y además es un camino que te permite estar muy en contacto con las marcas a las que es complicado llegar como diseñador. Es una disciplina muy completa en la que tienes que ver: cómo se dividen los espacios, cómo el usuario los entiende, cómo interactúa además con ellos y los va modificando, etc. Ahora mismo mis proyectos irían en esa línea, aunque lo mismo acabo en política o vendiendo café, ¡a saber!

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