Raquel Eidem

Raquel Eidem

Raquel Eidem parece de esas personas que no se definen por lo que son, sino por lo que hacen. Desde el principio nos deja muy claro lo que no es. Insiste en que no es artista. Dice que tampoco es sociable. Se resiste a hablar de si misma, y es palpable la incomodidad con la que se enfrenta a la “tortura” de esta entrevista. Pero sin duda, es muy fácil entender quién es Raquel a través de lo que hace. Y eso es intervenir espacios. Así que cuando nos sentamos en la sala diáfana del Teatro Mínimo, en la planta alta de la librería Un Gato en Bicicleta, para charlar con ella sobre su trabajo, Raquel teje un diálogo pausado e interviene el espacio de manera serena y peculiar. Habla de si misma sin ego, con el matiz docente de quien ha dado clase durante un tiempo, y resulta difícil concentrarse cuando habla de lo que le apasiona, que en esta ocasión es todo. Así que simplemente preguntamos, y nos convertimos en objetos espectadores a su alrededor.

 Has estudiado Bellas Artes ¿Siempre tuviste claro que querías dedicarte al arte?

No. De pequeña quise ser veterinaria, astronauta, esas cosas que pasan por la cabeza siempre. Pero la verdad es que después llegó la época típica del bachillerato, de adolescente rebelde que hacía que mis padres se tiraran de los pelos, y ahí encontré un profesor que me dijo “Igual si dibujas, si te dedicas a esto, te enderezas un poquito”. Y no mucho, pero un poquito.

Eso sí, mi madre se llevó un disgusto… Yo le dije a mi profesor, Enrique Tejero, que no iba a decirle a mi madre que iba a estudiar Bellas Artes, porque me había pasado cuatro años saltándome la valla del instituto y haciendo el cafre. Vamos, que siendo mi padre americano, yo suspendía inglés. Hablándolo. Así que imagínate. Cuando mi profesor se lo dijo, se echó las manos a la cabeza. Pero mi padre no, mi padre dijo que si se me daba bien, “palante”.

Y te especializaste en escultórico. ¿Cómo fue ese proceso?

Partimos de una base, y es que todos somos creativos. La creatividad es un concepto que está muy mal utilizado. La creatividad es la capacidad de crear una solución a un problema. Yo siempre he visto más fáciles las soluciones de forma tridimensional. Por ejemplo, yo no he dibujado lo que estoy montando ahora en el escaparate. Y habitualmente no lo dibujo, porque tengo una buena concepción del espacio. Tardo mucho más en concebir que en hacer. En decir, si necesito madera, de dónde la saco, etc. Pues así era desde siempre. Mi madre decía que tramaba, y es que siempre estaba buscando soluciones a algo. También soy maniática, y no se si eso afecta.

Raquel Eidem

Taller de Alfarería, en la segunda planta de la librería, donde Raquel imparte clases.

Y al salir de la facultad, ¿que camino tomaste?

He dado clase de secundaria durante nueve años, pero lo dejé, tuve que elegir porque esto (la librería) absorbe mucho. El resto del tiempo trabajo como diseñadora gráfica, para pagar las facturas.

En que momento se planteó abrir este espacio, esta librería?

Uf, si te digo que fue sin querer… esto se nos fue de las manos. Es cierto que Jesús estaba con trabajo sí, trabajo no, había una cierta carencia en ese aspecto, y yo estaba loca por hacer algo, pero eso era todo fantasía. No existía. Un día nos dio por llamar a un teléfono de un local, y se armó una…

Y todavía andáis ahí metidos, empantanados.

Hasta las cejas.

A partir de ahí, ¿empezar a utilizar el escaparate para montar tus instalaciones es algo que se te ocurre inmediatamente?

Yo no me considero artista. Puedo ser creativa, pero no soy artista, y de hecho yo ni siquiera firmo mi obra, no me preocupa mucho. Lo disfruto, dejo que lo disfruten, y ya está. Cuando me licencié en escultórico todo el mundo hacía pintura o restauración, porque pensaban que con eso iban a comer más. Yo elegí escultórico porque lo que más me gustaba era intervenir en los espacios, tanto naturales, interiores, como fuera. Y el escaparate para mi fue eso, una oportunidad para poder intervenir.

Siendo una librería, es muy sorprendente que los libros no son los protagonistas del escaparate.

El escaparate tal y como yo lo monto me lo dejan un día, y ya al día siguiente se le ponen libros. Pero ten en cuenta que es una librería orientada al arte sobre todo. Arte y cultura escénica entre otras cosas, con lo que entonces ese escaparate no es sino un espacio más en la librería. Sí que es la fachada de lo que hay dentro, y sí, tenemos libros, porque es lo que hay dentro, pero no es lo único que hay. Así que enfocarlo como si fuéramos una librería al uso no, porque no somos una librería al uso. Y el día que lleguemos a serlo cerraremos. Porque es algo más. Es teatro, es todo.

Raquel Eidem

Sirve para transmitir hacia fuera el carácter de lo que hay dentro.

Exacto.

Jesús, tu socio, nos contaba el otro día que en el cartel de la puerta pone “librería especializada” pero no especifica en qué está especializada, lo que te obliga a entrar.

A entrar, a cotillear… Es que si pones “arte” van a entrar solo los interesados en arte, y es una tontería porque es una librería interesante para todo el mundo. Te guste el arte o no, tenemos unos espacios para disfrutarlos, para que digan o “Están locos” o “Qué maravilla”. Cualquier cosa. Intentamos sacar de todo rincón algo aprovechable.

Entonces, cuando te planteas crear o diseñar el escaparate ¿la intención es atraer a gente hacia dentro?

Más que atraer es mostrar lo que somos. El marketing es de Jesús, él estudió Periodismo y Publicidad. Yo solo intervengo el espacio, hago lo que me gusta, y espero que la gente tenga una reacción. Da igual que le guste, que no, que le parezca agresivo… Lo que sea.

¿Te han transmitido reacciones? Personas que pasan por la calle, personas que entran…

Sí, y es muy curioso. Jesús siempre dice que deberíamos poner una cámara mientras estamos montando el escaparate, porque hay algunos que son rápidos de hacer, pero otros requieren veinticuatro horas de montaje dentro del escaparate. Y es gracioso porque pasa la gente (haciendo gestos con los pulgares en alto), y preguntando a que hora terminamos para pasar a verlo, y eso la verdad es que te divierte.

Cada cuanto tiempo cambias la instalación?

Cada mes.

¿Y la inspiración depende de algo?

Tengo una tendencia muy crítica. Con todo. No se si eso es bueno o malo, pero necesito mi forma de trabajar porque yo no soy muy sociable (risas). Mis amigos me quieren mucho, pero sí que soy… mi madre dice áspera. Y esta es mi forma de expresar mis historias. La cuestión es buscar una reacción. Lo importante es que alguien reaccione. Uno, dos, cien, todos… Me da igual. Pero que reaccionen, que no pase desapercibido.

¿Con qué materiales trabajas?

Con los que haya. Una cosa que tengo muy clara es que el escaparate más caro que hemos tenido costó treinta y ocho euros, y se debe a que eran tres mil ochocientos post-it naranjas. Pegados por todo el espacio, paredes, un sillón, una lámpara. Todo totalmente cubierto.

¿Cuánto tardarse en colocarlos?

Veinticuatro horas. Desde las once de la mañana hasta las cuatro de la mañana del día siguiente trabajando, cuando tuve que parar. Y a la mañana siguiente continué hasta terminarlo.

¿Y había algo escrito en los post-it?

No, nada. Y es muy curioso, porque después de todo el trabajo es el escaparate que ha pasado más desapercibido. A la gente de paso sí le llamaba la atención, pero los que entraban me preguntaban “¿Y el escaparate?”  Y yo decía “No, es imposible. Es naranja fluorescente, todo naranja. Muebles, lámpara, un sillón… ¡Está todo lleno de post-it! Me he pegado todo el día entero metida dentro del escaparate pegando post-it para que me digas ahora que no lo has visto”. No me lo podía creer.

¿Ese es el que recuerdas quizás como más especial?

Quizás si tengo que recordar uno es más el de las navidades pasadas. No es el que más llamó la atención de la gente, pero a mi me gustó mucho porque me inspiré en un artista argentino llamado Tomas Saraceno, espectacular. Ese hombre es arquitecto, e interviene los espacios de una forma brutal, los inunda. Y el escaparate del que hablo, el de las navidades pasadas, eran 250 metros de elástico rojo creando como un gran nódulo que flotaba en el aire. Fue muy bonito, porque además montarlo fue muy minucioso, todo el día allí dentro con alfileres, y todo tenía que ir equilibrado. Muy bonito.

Orgullosa.

Sí, mucho. De ese sí. Me jode que me inspiré en ese hombre, porque hubiera sido genial que la idea hubiera sido mía, pero no. Somos influenciables, cien por cien influenciables. Somos esponjas y tenemos tendencia a absorber todo lo que vemos.

Cuando desmontas un escaparate para montar otro, ¿hay alguna pieza que conserves?

Intento conservarlas siempre. La cuestión es que hago cosas siempre tan mogollónicas que después tengo un problema de espacio. Aunque esto (la librería) sea tan grande, incluso así tengo un problema enorme de espacio. Por ejemplo, la bicicleta del escaparate que montamos por navidad hace dos años, una gran bicicleta roja de peluche con su relleno y todo, estuvo dando vueltas por aquí sin parar, y al final terminó destrozada. Ahora vamos a intentar mover las piezas por centros educativos, y ya que van a terminar destrozadas, al menos en el proceso intentamos darles otro uso.

¿Y alguna vez se ha convertido en una obligación? ¿Has pensado uf, se va acercando el momento, tengo que cambiar el escaparate otra vez?

No, me parece cansino una vez me he metido en la idea. Me pregunto por qué estoy haciendo eso, y no lo entiendo. Porque esto es una enfermedad, yo lo sigo pensando. Y lo peor es que el concepto lo piensas en 5 minutos, y te crees que si lo has pensado en cinco minutos lo terminas en una hora. No, es mentira. Es una eternidad. Este escaparate (el actual) se me ocurrió una de estas veces que te quedas en babia, mientras Jesús leía en el sofá. Y me dijo “¿Qué estas haciendo?” (casi con miedo), y le dije “Ya se cómo va el siguiente escaparate” y aún no sabía de dónde iba a sacar la madera ni nada… Pero oye, mi furgoneta huele genial ahora.

Te hemos interrumpido a medio montar el nuevo escaparate… ¿Puedes contarnos qué representa?

En realidad se creó como unos tótems, y me basé en la incomunicación. Cada tótem es un espacio, y dentro de ese micro espacio se creará un elemento, aún no se si humano o no, ya veremos. Pero la cuestión es que cada micro espacio, cada tótem, es único, y no hay unión entre ellos, están incomunicados. Es un reflejo de esa ansiedad, ese deseo, ese querer llegar a algo que casi puedes tocar, porque está a tu lado, pero no puedes. No hay modo. No hay medios.

Son islas.

Sí. Este mes (pasado Enero) en Teatro Mínimo el tema es la incomunicación. Intento siempre tener algún elemento común aglutinador. También porque estoy metida en muchas cosas, y el ritmo que llevo no me permite divagar mucho, así que voy buscando cosas que me gustan. En navidad por ejemplo, tampoco usamos temas navideños, pero sí algún elemento como es el color rojo, algo simbólico. Y con el escaparate de hoy pasa igual, hoy está sólo, mañana se le meterán libros, pero serán libros relacionados con el tema, con la idea que lo identifica.

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Volviendo a las reacciones, ¿alguna vez te ha llegado alguna reacción negativa?

Yo creo que no. A mí no me ha llegado nada. Y fíjate que en Semana Santa tuvimos un escaparate que era una lluvia de hostias. Y algo más ofensivo que eso… Un cura colgando de un gran paraguas y dos mil hostias lloviendo a su alrededor.

¿Hostias reales?

Si. El único problema que tuve con ese escaparate fue conseguir las hostias. Las monjas no me las daban. Y luego resulta que las podías comprar en una tienda pero claro, eso yo no lo sabía porque no estoy muy puesta en esos temas. Y es que además era por una miseria. Yo pensaba joder, ¿no me vais a dar las hostias, que os voy a montar un escaparate?

De esto podemos deducir que no te condiciona, no te da miedo tocar algo que creas que puede ofender, viviendo como vivimos en una ciudad con una visión un poco más tradicional del arte.

No, nadie me condiciona para nada. Nunca voy a llegar a una ofensa, ni voy a insultar a nadie. En ese escaparate solo llovían hostias. La cuestión es que no haga daño.

¿Siempre has trabajado aquí en Sevilla, o has intervenido en otras ciudades?

Hice algo en Sargadelos, (al norte de la provincia de Lugo), cuando estuve en la Escuela de Investigación Cerámica, y poco más. No tengo una gran trayectoria.

¿Y piensas que habría alguna diferencia si hicieras esto mismo que estás haciendo aquí en otras ciudades? Sitios como Madrid o Barcelona…

Allí pasaría inadvertido, soy poquita cosa. Y es distinto.

Más bien simplemente porque allí son más comunes este tipo de iniciativas, aunque en esta calle (Regina) se está empezando a despegar, a innovar.

A mover. Es normal. Esto ha cambiado mucho en tres años.

Además de instalaciones, en algunas ocasiones habéis hecho performances en el escaparate.

Sí, hemos hecho un par de ellas. Una con un grupo de danza, de un taller que hicimos aquí con Antonio Quiles, y después siempre hemos tenido gente que ha intervenido, gente como Javi Vergel. En realidad se ofrece a todo. Yo suelo intervenir el escaparate tres meses, y al siguiente cedemos el espacio.

Porque al final no es sino una puerta, una transición hacia otra cosa con un carácter definido.

Sí, y al final sí que crea un problema montar escaparates todos los meses, que nosotros los llamamos escaparates porque así lo percibe la gente, pero para mi son instalaciones. Crea un problema porque la gente empieza a esperar algo. Terminas este y están preguntando ya por el siguiente, se genera una expectativa y eso sí que estresa un poquito. Quieras o no, quieres dar la talla.

Quizás pierdes frescura, o libertad, dado que esperan algo.

Claro, por ejemplo el escaparate de navidad de este año a mi me gustó, pero sé que no fue tan bueno como el del año pasado. Ya te intentas poner metas, piensas que no has dado la talla y te queda una espinita… vaya navidades malas que he pasado (se ríe).

Y con el de ahora ¿estás contenta?

El de ahora me gusta mucho. Lo he disfrutado, lo estoy disfrutando. Más que nada porque es muy escultórico.

Además de este escaparate, ¿has hecho otras intervenciones?

Me han ofrecido cosas, pero no he podido coger mucho. He hecho algo en Menorca, creé un bosque de cartón para un amigo que tiene una tienda, y he hecho algún video, intervenciones al aire libre… Pero sin una trayectoria amplia. Yo hago mis cosas. Y ahora las hago, porque cuando me licencié en Bellas Artes, hubo un gran sector de aquel año que salió de la facultad diciendo “Yo no quiero tocar un lápiz”.

Y es que en aquella época estaba muy potente el ámbito de las galerías. Donde se cogían personajes… gente no magnífica. Había verdaderos genios que luego no llegaron a ser artistas, y otros que sí lo consiguieron, con los que te dabas cuenta de que todo era comercio. En vez de trata de blancas era trata de artistas. Y muchos nos dimos de lado. Ya, después de años, algunos hemos decidido volver a trabajar. Tranquilos.

Digerido todo ya.

Sí, y es lo que te comentaba, he sido siempre un poco crítica con todo. Y a día de hoy, aún odio las galerías a muerte.

¿Y cómo ves el panorama en Sevilla?

Creo que Sevilla tiene un potencial de artistas enorme. Hay una cantidad de creativos en el ámbito de la danza, escénica, plástica, audiovisual… todo. Es brutal. Pero sí que es verdad que somos un poco catetos aún, y un poco gallinas también. Porque en realidad, cuando te lanzas a intentar algo, que funcione o no da igual.

Lo normal es fracasar varias veces. Quizás aún pecamos de cobardes.

Tanto en gran formato como en pequeño sí, hay que arriesgarse. Esto se montó con dos duros. Con mucho esfuerzo, pero dos duros. Lo montas mal, cierras. Es así de básico. Y a por el siguiente.

Al terminar la entrevista y deshacer el camino entre los recovecos de la librería, nos damos cuenta de la importancia de la intención que tiene cada rincón. La escalera serpentea salpicada por dibujos y grabados, y la librería está llena hasta los topes de gente que parece conocerse. Mires donde mires algo te llama, despierta tu curiosidad. Pequeños jarrones con ojos de cerraduras que invitan a mirar, ruedas de bicicleta pendiendo del techo, libros, arte, botellas de vino… Arte.

Mientras nos despedimos junto a la puerta un chico se asoma y busca a Raquel con la mirada. “Oye, ¡Me encanta!” dice levantando los dos pulgares. Raquel le contesta que aún no está terminado, pero el entusiasmo se mantiene. Volverá. Cada rincón tiene su función en este espacio, y el escaparate no es sino la cara que refleja el alma de la librería. Cambiante, a veces áspera, pero siempre intrigante. Interpelándote. Despertando tu curiosidad o planteándote viejas preguntas que habías olvidado que tenías. Y como con todo, las respuestas se hayan en el interior. Lo que ves es sólo el comienzo.

Por Gloria Guerra // Fotos: Miguel Jimenez

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