Rebeca Khamlichi, “No me censuro ni yo misma. No tengo filtros”

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Rebeca Khamlichi madrileña, una explosión de simpatía y de color, mucho color. Es un dibujo animado muy loco en carne y hueso, ya quisiera Roger Rabbit parecerse a ella. Estuvimos en su estudio Majo Submarino en Madrid para charlar un buen rato. Tenemos que decir que esta entrevista ha sido posible gracias a la Virgen […]

Rebeca Khamlichi - Maasåi Magazine

Rebeca Khamlichi madrileña, una explosión de simpatía y de color, mucho color. Es un dibujo animado muy loco en carne y hueso, ya quisiera Roger Rabbit parecerse a ella. Estuvimos en su estudio Majo Submarino en Madrid para charlar un buen rato. Tenemos que decir que esta entrevista ha sido posible gracias a la Virgen de Fátima que, a día de hoy, aún no se le ha aparecido por la noche a Rebeca para contarle un secreto obligándola a trabajar para el Papa el resto de sus días. Esperemos que tarde mucho en llegar ese momento y podamos seguir disfrutando de su compañía, de su sentido del humor, de su pintura y de su amor por los perros. Pasen y lean.

Tu padre y tu madre son artistas. Desde pequeña has estado habituada a esta vida de lienzos, pinturas, caballetes…

Para mí ha sido todo súper natural, tan natural como las madres haciendo croquetas. Mi casa siempre ha olido a óleo, siempre ha olido a barniz, siempre ha habido cosas por el medio. De pequeña era una tortura, porque con esa edad lo que te mola es que tus padres sean normales y tengan un trabajo de verdad. Yo decía: “¿por qué no irán a una oficina como la gente normal?”. De hecho, dejé de celebrar mi cumpleaños porque vinieron una vez a mi casa los amigos y al día siguiente en el colegio solo se comentaba que mi casa estaba llena de señores desnudos (risas). Estaba desesperada, sentía una vergüenza atroz, no era algo de lo que me sintiera orgullosa. Pensaba: “¿por qué son tan hippies?”. Yo no consideraba que tuvieran un trabajo de verdad.

Pero inconscientemente sí que me empapaba de todo lo que hacían. En el colegio cuando la gente dibujaba me sorprendía mucho, no entendía por qué la gente empezaba los dibujos o las caras de la manera que lo hacía, por ejemplo. Yo tenía muy interiorizados esos procesos porque los veía y vivía a diario. Aunque de pequeña y adolescente, y casi mayor, no me gustaba nada esa vida. No lo entendía como algo tan guay. Ahora sí claro, pero creo que es un proceso natural.

Rebeca Khamlichi - Maasåi Magazine

Y después de tanto renegar de esta vida, acabas viviendo de la pintura.

Sí. Desde hace tres años vivo exclusivamente de esto. Antes me había dedicado a ser maquilladora. Trabajaba para la tele. Al final era lo mismo. Luego descubrí que no me gustaba que me hablara la gente, ni tener que relacionarme con ningún ser humano (risas). Así que descubrí que la felicidad absoluta era volver al camino inicial, que era pintar, porque los lienzos no hablan, ni te dan su opinión sobre nada de nada. Y los perros tampoco.

Rebeca es la “madre” de Antonio y Pena, dos galgos encantadores que estuvieron presentes en la entrevista controlando todo el asunto y acaparando todos los mimos.

Descubrí que soy bastante antisocial, supongo que esto tampoco es bueno, estar doce horas aquí encerrada pintando, pero me da la felicidad (risas). No tener que relacionarme por obligación quiero decir, que si no voy a parecer una loca absoluta.

Una vez que llevas la misma vida que tus padres, ¿cómo ha cambiado tu relación con ellos?

Al principio me daba mucha vergüenza enseñarles lo que hago. Pensaba que les iba a parecer un horror. No podría hacer cosas con ellos porque es muy diferente, pero sí me gustaría hacer alguna colaboración. Les pregunto dudas y aunque me ponen muy nerviosa porque son muy académicos y se obsesionan siempre con la perspectiva, me ayudan mucho.

Al final si tienes hijos les vas a dar una vida de “hippies”.

Voy a tener muchos perros (risas).

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Tu padre es musulmán y tu madre, católica.

Sí, mi padre es musulmán, mi madre es cristiana pero no católica y mis abuelos, con los que he vivido mucho tiempo porque mis padres son artistas y han vivido la vida bohemia, eran muy, muy católicos. De pequeña yo me volvía loca, cada uno me contaba la verdad absoluta y yo los miraba y pensaba “hostia, aquí hay algo que está mal”. De pequeño entiendes que tus padres te cuentan la verdad, pero es que a mí me contaban la verdad de cada uno, pero luego no coincidían unas con otras. Yo flipaba.

Mira si me influía todo esto que de pequeña estaba traumatizada porque me contaban todos los días los misterios de las vírgenes. Esto solo lo saben mis amigos íntimos. Mi abuela estaba obsesionada con el misterio de la Virgen de Fátima, la que se le aparece a los tres pastorcillos. Estos niños tenían que guardar el secreto que les había contado. Yo estaba convencida de que a mí me tocaba, se me iba a aparecer la Virgen y que iba a estar el resto de mis días al servicio del Papa guardando el secreto, rezaba todas las noches para que no se me apareciese la virgen (risas).

Entonces empecé a mirarlo de otro modo. Me empecé a quedar con las cosas que me hacían gracia o que me gustaban, que era la iconografía, que me parecía un flipe. Yo la miraba y me parecía una locura, esas caras súper afligidas, esos señores súper doloridos, además algunas me parecían las más bonitas del mundo y otras me causaban auténtico terror. Además en mi casa, con mis abuelos de Zamora, se rezaba el rosario todos los días, me sé los pasos del rosario, todos los misterios de las vírgenes aparecidas, a tope todo. Al final aprendí a mirarlo sin la parte casposa o chunga que le puede parecer a alguien una Macarena, no le veo ese lado católico rancio.

Fuí a Sevilla una Semana Santa y flipé, ahí la iconografía me terminó de alucinar, me pareció una cosa muy loca y muy bonita. Si sales de la religión y de todas esas trabas, y piensas la cantidad de gente que hay en la calle y que guardan silencio absoluto al paso de una imagen, que es una obra de arte, alucinas Para mí es una obra de arte, para ellos está más cargado de significado, obviamente. Después de eso estuve un tiempo diciendo que Sevilla era mi ciudad natal (risas). Mis amigos me decían “¿pero tú sabes lo que significa natal?” (risas). A veces cuando pinto, si no oigo flamenco, pongo marchas de Semana Santa, pensaréis que estoy muy loca.

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Tu familia y esa peculiaridad religiosa y cultural, no solo te habrán influido en tu obra sino en tu día a día.

Cuando yo iba al colegio no había niños extranjeros. Ahora es algo súper natural, pero cuando yo era pequeña, mi hermana y yo, éramos las únicas del colegio que teníamos un apellido extraño, Khamlichi. He tenido todos los motes del mundo. De hecho ese cuadro de ahí (un kalashnikov con dos rombos) es porque durante muchos años, en el instituto me llamaron Kalashnikov, Srta. Kalashnikov.

Era una cosa muy rara, no molaba nada de pequeña, pero de mayor te das cuenta que es muy guay. Tienes muchas referencias y ves el mundo de una manera más abierta. Mi visión en cuanto a la religión es “pero si en la mitad de cosas sois iguales”, sin llegar a los integrismos claro.

Son dos culturas enfrentadas y una de ellas en este país está muy mal vista. Cuando yo era pequeña, ser moro era como lo peor que te podía pasar. Ahora no sé si sigue pasando o no. A mí me parecía un flipe de ridículo, no entendía las diferencias. Ver el mundo así me ha hecho ser más abierta y no tener prejuicios.

También te digo que yo no tengo unos rasgos muy árabes con lo cual no he sentido mucho rechazo racista porque, al final, pasaba desapercibida. El racismo es más de clase, tiene mucho más que ver con el dinero y la posición social que tengas. Al jeque no le llaman moro. Una vez, me pasó que sacándome sangre me preguntaron de dónde era mi apellido, contesté que árabe y me dijeron “-¿Árabe, árabe? –Sí. –Pues qué guapa has salido” (risas). Ese es el nivel. La señora estaría aterrada porque pensaría que nos hemos mezclado tanto que ya no nos podía distinguir.

Viendo tu obra se ve que tus referentes, además de la iconografía religiosa, son los dibujos animados.

Todo el rato. Me gusta pintar las cosas que me gustan y los dibujos animados ocupan un 30% de las cosas que hago al día. Pinto pop y el pop, al final, son influencias de las cosas habituales de consumo. Para mí, los dibujos animados me parecen súper artísticos, casi todos. Me encanta mezclarlo todo, somos una generación que hemos visto procesiones de Semana Santa y capítulos de Pokemon, de Bola de Dragón o de Sailor Moon a partes iguales. La imagen está en nuestra cabeza igual que el resto de iconos, para mí están al mismo nivel.

Antes tenías encima de tu cama un crucifijo y ahora tienes la espada de Finn. Los tiempos han cambiado, los personajes de dibujos animados son los nuevos héroes. Antes los principios morales estaban en Jesucristo y ahora los aprendes en Hora de Aventuras donde son colegas a muerte, y lo importante es pasarlo bien y ser leal.

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Ya que estamos, ¿cuál es tu personaje de Hora de Aventuras favorito?

Hostia qué difícil. A mí me hace mucha gracia el mayordomo mentita, Don Mentón, un mayordomo de la Princesa Chicle que tiene una vida secreta y es súper colega del que manda en el Infierno. También podría ser el Rey Hielo, me flipa.

Dicen de ti que tienes referencias cercanas al manga.

Cuando dicen eso no saben que no he visto un capítulo de manga entero en mi vida. Yo pienso que la generación anterior creció con Disney y eso se nota en la manera de dibujar, caras bonitas, pelazos… y nuestra generación hace ojos desorbitados, de súper alucinados, porque hemos visto mogollón de dibujos animados hechos por creadores japoneses, lo que no quiere decir que seamos una generación manga. No tengo ni un solo libro de manga en casa.

Lo único que hay manga es mi manera de pintar son los ojos. Mi obra sí que se podría decir que es Superflat porque es pop, sin ningún tipo de mensaje, ni contendido social profundo y las texturas son muy planas y limpias. Ausencia de volumen, casi nunca pinto con sombras, lo único que quiero es conseguir un trazo perfecto para que parezca digital. Esa es toda mi aspiración.

Rebeca Khamlichi es sinónimo de color.

En mi caso es lo más importante. Mi obra no tendría sentido si fuera en blanco y negro o en grises. Me hace mucha gracia que los colores sean súper explosivos y muy locos. Son parte de mi personalidad, no soy colorida en mi forma de vestir pero mi cerebro, que funciona como el de un adulto de 6 años, busca esto (risas). Si no tiene millones de colores no me dice nada. Me refiero a mis obras claro, luego hay muchos trabajos de otros autores, en blanco y negro, que me encantan.

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¿Y tu color favorito es?

Hostia. Esa también es difícil. Creo que depende del cuadro en cuestión, tengo un favorito pero… yo creo que el que me encanta es el salmón flúor.

¿Qué materiales usas?

Acrílico, tinta china, millones de rotuladores. No me entiendo con el pastel y al óleo le tengo mucho respeto. Mi padre pinta la óleo, realismo que te cagas y me da impresión pintar al óleo porque voy a estar comparándome con mi padre cada diez minutos. El acabado del acrílico es mi favorito porque le da ese efecto súper plano, donde no se nota casi la pincelada, que es lo más importante para mí. Puedo estar dos horas haciendo una línea para que quede perfecta.

Últimamente estas haciendo murales, ¿cómo es saltar al gran formato?

Me encanta, me fascina. Al final es igual tener un folio, un A4, que tener una pared de 8 metros. Me entiendo muchísimo mejor con las proporciones en espacios gigantes. Y luego es muy divertido, es como guarrear las paredes de tu casa, es lo que siempre hemos soñado, pintar las paredes de casa sin que venga nadie a gritarte. Me encanta, si pudiera pintaría murales todos los días. También tiene el encanto de lo efímero, los cuadros me importan mientras los estoy pintando, sería una tragedia si mientras los estoy haciendo les cae algo encima. Una vez acabados, si le cae algo y se estropea ya no me importa, sería una lástima porque no lo podría vender pero ya está.

A mí lo que me gusta de pintar es el proceso, una vez acabados no tienen el mismo valor. Con el mural me pasa eso, nunca va a haber un resultado final, lo único que hay es la parte que me gusta a mí, que es el proceso. A veces pienso que por qué de adolescente no me dio por ser grafitera, porque ahora me da un poquito de vergüenza, que me pille la policía y decirle “no agente, es que estoy aprendiendo” (risas).

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Rebeca Khamlichi es sinónimo de color, como dijimos antes, pero también es sinónimo de sentido del humor.

Yo, lo que hago, no me lo puedo tomar en serio ni como algo híper profundo. Entiendo que hay artistas y hay obras que tienen una profundidad muy grande y una carga moral importante. Hay cosas que tienen ese punto de seriedad, lo mío no. La mitad son chistes, son conexiones mentales que terminan mal, que van por un camino y de repente se tuercen y acaban siendo un cuadro. Tienen que ser graciosas. Mucha gente no lo entiende y pienso “copón pero cómo lo van a entender”. Para mí es algo gracioso, con lo que me río cuando se me ocurre la idea, con lo que me río mientras la hago. Y si encima lo vendo me río muchísimo más (risas). Además no me da pena deshacerme de ellos, pienso que comienzan una nueva vida.

Vendes mucho fuera de España pero ¿has llegado a exponer?

No. Esto es una cosa muy curiosa, hace poco lo conté en una charla que di. Me preguntaron que cuando había sido la última vez que había hecho una gran exposición. Miré el móvil y dije “hace 15 minutos, cuando actualicé por última vez mi Instagram” . Internet es la galería más grande del mundo y además es la más eficaz. Cuando haces una inauguración, a veces vendes y otras veces es solo un momento en el que vienen tus amigos, te tomas unas copas y te ríes mucho, pero no vendes nada. Sin embargo, Internet es una pasada, gente que no te conoce de nada, le gusta lo que haces, lo quiere, se lo vendes y se lo mandas. Hay gente que no se había planteado comprar arte pero que de repente le gusta algo, te manda un privado y pregunta si se vende.

Otra cosa que me gusta es subir parte del proceso. Estoy trabajando y subo algún video de lo que voy haciendo y siento a la gente, sabes si está gustando o si nadie a entendido nada y dice “hola que mierda es esto”. También hay que tener el sentido crítico de saber que la opinión que importa es la tuya, si no te vuelves loco.

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El mundo del tatuaje también es una influencia en tu obra.

Me gustan mucho los tatuajes, además me gustan todos. A mi me encantan y, como casi todo lo demás, no me los tomo en serio. Me hago tatuajes porque me gustan estéticamente. Es como un cuadro, te lo compras y es para toda la vida, no piensas en que te vas a arrepentir luego.

Hice una serie que estaba muy influida en los tattoos. La serie es la de los “Por ti…” y está inspirada en los tatuajes de amor de toda la vida, son los típicos de Por ti cruzaría el mar, Por ti cruzaría montañas, Amor de madre, etc. pues yo hice una versión hipster-blandita y eran Por ti llevo pitillos, Por ti visto rarito y Por ti llevo barbaca. Es que hay que estar muy enamorado para llevar pitillos, son una mierda muy incómoda como para gustarle a alguien. Como veis, todo es muy profundo (risas).

Te levantas por la mañana y tienes una idea. ¿Cuál es el proceso?

No me censuro ni yo misma. Pienso, “hostia qué gracioso sería un ratón rezándole a un queso rodeado de platillos volantes”, y a por él. No tengo filtros. Son conexiones mentales extrañas.

Ahora que hablas de platillos volantes, es un tema que aparece bastante, ¿a qué se debe esta “conexión mental extraña” digna de Iker Jiménez?

Pues esto se lo debo a Discovery Channel y a un programa que se llama Alienígenas Ancestrales. Al final me pasa con los OVNIS como con las religiones, me flipa todo lo que no tiene sentido (risas).

¿Cuantos peces has llegado a dibujar en un día?

Rebeca ha ilustrado un cuento escrito por Nico Abad que se publicará recientemente.

Muchos, muchos, no lo sé. Me he vuelto loca. El cuento es muy curioso y es mi primer trabajo en el que no pinto lo que yo quiero, es un encargo. Esto fue un ejercicio de empatía increíble. Tienes que plasmar algo que alguien ya ha imaginado de una manera y tú tienes que entender de qué manera lo ha imaginado y crear un universo. Había que crear un universo submarino y los peces hacían mogollón de cosas, y animar a los peces ha sido muy difícil. Los peces se iban de escalada, figúrate (risas). Al final me ha sido fácil porque me he reído mucho pintándolo, si no, hubiese sido una pesadilla porque eran muchos, muchos peces. Un trabajo muy largo, de muchos días al que no estoy acostumbrada pero me he reído, tenía mucha libertad. Me dejaron ponerle brackets a las sardinas. Me ha encantado.

Rebeca Khamlichi - Maasåi Magazine

Además de con Nico Abad has colaborado con Zahara, ¿qué tal es trabajar de esta manera acostumbrada a estar sola con tus perros en tu estudio?

Perfecto. Cuando te dedicas a lo mismo es muy fácil entenderse con otra persona. Pero cuando la otra persona se dedica a algo diferente, para llegar a un punto en el que os entendáis, pasas por una serie de caminos que te hacen coger opciones que tú normalmente no usarías, y eso es la bomba porque es muy enriquecedor.

Con Zahara me pasa eso, ella se dedica a algo muy diferente y llegar a puntos comunes es muy divertido. Nos pasó cuando hicimos Semaforismos y garabatonías (Lapsus Calami, 2014). Un libro que nos costó sudores pero que una vez acabado está lleno de grandes anécdotas muy divertidas, como cuando casi nos estrellamos en un avión (risas). Este libro recopila Semaforismos que Zahara ha ido anotando en los últimos años. Cada libro va con una ilustración, una Garabatonía, única y diferente, realizada por mí. Un Semaforismo es una reflexión o una idea a la que se llega mientras se espera en un semáforo en rojo y una Garabatonía es un dibujo que se realiza mientras se espera al teléfono.

¿Es cierto que la música es un pilar fundamental para ti a la hora de trabajar?         

Es súper importante. Cada cuadro tiene una banda sonora, casi todos tienen una banda sonora que suele ser de una sola canción, o como mucho un solo disco. No soy nada supersticiosa excepto para el trabajo, si cambio la música se me estropea el cuadro, se va a la mierda. Si un cuadro ha nacido con una canción, debe terminar con esa canción con lo cual, ha habido canciones en bucle. No sé, son manías. Ya en serio, creo que recibes muchas influencias mientras escuchas música.

Rebeca Khamlichi - Maasåi Magazine

¿Una ciudad?

¿Puede ser mi sitio favorito en el mundo? No es una ciudad, es un pueblo. Otero de Sanabria, en Zamora. Es el sitio más increíblemente mágico del mundo. Es una aldea de verdad, tiene seis habitantes. No hay nada, quedan los señores ancianos viviendo y ya está, no hay bar, no hay cajero automático y sí que hay no una, sino dos iglesias. Estoy rodeada como veis (risas).

Podéis encontrar su obra aquí:

www.rebecakhamlichi.com

Instagram

Por María Hesse y Alfonso Barragán // Fotos: Miguel Jiménez

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