Gabriel Moreno “Dibujar es el premio”

Entrevista: Félix Domínguez // Fotos: Marta Huguet

Es muy fácil enamorarse en el Metro, y eso que la luz no favorece a nadie… Pues a Gabriel Moreno (Baena, 1973) le pasa lo mismo con sus dibujos. Y los quiere tanto, que dedica horas a cada detalle. Su leitmotiv es la belleza femenina; imágenes sensuales, un poco psicodélicas y de trazo detallista y fluido que parecen espontáneas. Para entendernos: tienen rollito. Molan.

Las marcas lo saben, por eso Gabriel ha trabajado para una cartera de clientes que quitan el hipo: Coca-Cola, Nike, McDonald’s, Rolex, HP, Victoria’s Secret… Él dice que es cuestión de suerte. De llegar en el momento exacto al lugar adecuado. Debe ser algo más, porque ya van 10 años de buena suerte.

Es lunes y estamos en el centro de Madrid. ¿Hora? La de la siesta. Pero no lo parece.

Mientras el caos sigue ahí fuera, nosotros nos sentamos a hablar.

Con tu currículum, la primera pregunta es inevitable: ¿cuántos cafés tomas al día?

Pues… ninguno. Porque no bebo ni café, ni té. Si tomo cafeína, no duermo en dos días. Lo que sí he estado es muchas noches sin dormir, agobiado por los plazos de entrega. Eso ha sido suficiente para mantenerme despierto. Este es el típico trabajo del que no puedes esperar un horario de oficina.

¿Depende más de cada proyecto?

De los proyectos y de los problemas que te busques tú. Si solo esperas a que te lleguen encargos y te limitas a cumplir, puedes tener una buena calidad de vida. Si se te ocurren cosas nuevas y te metes en historias diferentes, nunca dejas de trabajar. Ahora que tengo por un lado la publicidad y por otro mi carrera artística, no me queda mucho tiempo de descanso, lo que resulta un poco agobiante.

A mí me interesa más esa parte artística que la publicitaria. Ya se te conoce dentro y fuera del mundillo. Se ha hablado mucho de tus ilustraciones. Pero ahora estás haciendo escultura…

Trabajo con bronce y porcelana, dibujando tatuajes encima. Me daba mucho apuro que me dijesen “artista” porque los ilustradores no lo somos. Lo que hago ahora es arte. De mejor o peor calidad, pero arte. Obras para exponer y hacer sentir algo a quien las ve.

Eso empezó hace dos años. Vengo de Bellas Artes y siempre había hecho cosas, como hobby: un cuadro, una exposición cada varios años… hasta que una galería de Madrid me propuso ir a una feria de arte. Fue muy bien, contactó conmigo otra galería australiana. Y ahora tengo dos: esa y otra en Nueva York.

Entonces estaba cansado, no de la publicidad, que me gusta mucho, sino de ciertos trabajos. Cuando empecé en ilustración, coincidió con un momento en que lo que yo hacía estaba muy poco visto. En pintura, ha pasado lo mismo.

Me ha ido bien muy pronto. Estuve en otra feria en  Miami hace poco; las grandes son el Basel, ArtCentral, ArtMiami… Y luego está Scope, que es el primer escalón, digamos, del resto de ferias internacionales. Todo esto va muy rápido, pero no puedes elegir que te vaya bien al ritmo que tú quieras.

Porque tus comienzos fueron así, meteóricos.

Cuando un estilo se pone de moda, si solo sois dos tíos en todo el mundo haciendo eso, claro, te surgen muchos proyectos. Ahora lucho para que mi obra pase de ser decoración a ser arte.

Entiendo que lo que hago es fácil de ver y vender, y me ha abierto muchas puertas. Pero en mis proyectos actuales quiero pensar cada vez más las obras, aportar un trasfondo más profundo sin perder la estética. Le doy mucha importancia, porque la belleza te atrae. Y luego, te atrapa.

Y a ti, ¿qué te cuesta más: un encargo publicitario o esta parte más personal?

Tengo la suerte de que desde el principio me han buscado por mi estilo, y por eso, me han respetado bastante; algunos compañeros no han tenido tan buenas experiencias.

Es más difícil el trabajo personal. Porque si quieres crecer, tienes que seguir experimentando. Mientras que en publicidad, debes hacer exactamente lo que te piden.

No quieren sorpresas y los plazos son lo más importante. El nivel de exigencia es mucho más alto que el de un cliente cuando quien juzga es uno mismo. Los tiempos son peores en el mundo del arte…

¿Ah, sí? Pues yo hubiera dicho lo contrario.

En publi coges tu papel, tu tableta gráfica y punto. Para esto tienen que hacerte el bastidor, montar el dibujo, esperar a que se seque la cola, lijar, barnizar… y luego está la caja a medida para el transporte. Aparte de mi trabajo, hay un proceso de producción parecido al de una fábrica. Son plazos más amplios, pero dependen de mucha más gente.

Las protagonistas de casi toda tu obra son mujeres. ¿Por qué?

Siento que tengo una capacidad para ver matices en la figura femenina que no tengo para otras cosas. Por eso, me centro en ella. También es mi motivación. Me “pone” más dibujar a alguien, que verlo por la calle.

Muchas de ellas llevan tatuajes, ¿qué significado tienen?

El trazo de los tatuajes me sirve como recurso para potenciar una mirada, unos labios… Surgen en mi ilustración como algo decorativo, pero también me permiten transmitir otro tipo de cosas. Mezclo fragilidad en la mirada con un tipo de tatuajes muy duros, que no se supone que deberían estar en el cuerpo de una niña, o elementos que quiero comunicar, y uso la piel como lienzo. No tengo un interés especial hacia el tatuaje en sí, sino que es otra forma de contar cosas a través de un desnudo.

¿Has probado a hacer lo mismo con hombres?

Con los hombres también. Uno de los primeros cuadros que hice se llamaba El Guardián. Era una figura masculina y negra. El volumen que tiene la gente de color en los pómulos y la barbilla es muy escultórico, y me gustó mucho, pero de una forma fría. Puedo admirar su belleza como quien admira a un purasangre, pero no hay interés sexual, no me sale del estómago.

A veces también incluyes a tu chica, a tus amigos, a tu gato… ¿Quién sale más de los tres?

Depende del encargo. Si me piden algo muy concreto, tengo que tirar de imágenes de Google a las que hay que cambiar las extremidades, por el tema de los derechos. Otras veces he fotografiado a mis amigos. A quien más he usado es a mi mujer, porque la tengo más a mano. Pero en los últimos años, suelo contratar a modelos.

Entre tus referentes citas a Alberto Martínez, Alex Trochut, Eva Solano… ¿Y entre tus descendientes? ¿A quién citarías?

Me gusta decir en quién me inspiro, pero prefiero no hablar de lo otro… Las discusiones de este tipo me parecen de tener poca personalidad y poca seguridad en ti mismo. Porque todos copiamos. Y cuando digo todos, es todos.

Copiar es la base de lo que se llama Historia del Arte. Desde el principio, cada movimiento bebe del anterior. Fijarse en quién te copia es de mentes pequeñas. Cuando estaba empezando, yo también miraba a gente que lo hacía bien y quería parecerme a ellos. Pero al final, si tienes personalidad, tu estilo acaba imponiéndose.

Por ejemplo, a mí me encantaba lo que hacía Alberto Martínez. Imágenes muy frescas, artesanales, pero muy elegantes. Yo no tengo ningún dominio de la acuarela, entonces empecé a hacer algo parecido, pero si comparas nuestros trabajos son bastante diferentes. No sé si es la personalidad o es que tienes un trazo, una forma de dibujar, unos materiales… que acaban haciendo que tu obra sea única.

Gente que se haya inspirado en mí, tengo alguno en mente, pero lo veo como algo normal. Quizá es que soy ya mayor.

El cartel de “El Hombre de las Mil Caras” ha sido un éxito. Has recibido hasta un Premio Feroz. ¿Te han vuelto a llamar de la Warner? ¿Veremos más cartel de cine ilustrado, que era el que se hacía antes, y menos fotos?

Seguro. Míos, seguro. Porque probablemente haya sido el trabajo con el que más he disfrutado en toda mi carrera. Mi gran pasión por encima de dibujar es el cine, lo que pasa es que no sé hacer películas.

Para mí, no ha sido una cuestión profesional ni económica, sino puramente personal. Solo puedo hacer un proyecto así al año, aunque tenga un estudio y gente que me ayude, porque si hago algo de cine, es para hacerlo bien. No lo veo como un negocio. Todo ha sido maravilloso, la repercusión en los medios y todo, pero yo quiero disfrutarlo.

La idea de la Warner era hacer una serie de carteles ilustrados. Luego tienen que encajarlos en cada proyecto. Las productoras no deciden en las grandes superproducciones, tipo “Batman vs. Superman”.

A ver si se atreven, ¿no?

Ya se han atrevido, con la película más importante que querían sacar en 2017. Que ya es atreverse…

En publicidad hay un enemigo acérrimo: los cambios de cliente. A veces están meditados, aportan un punto de vista valioso y hasta pueden mejorar la idea. Pero solo a veces. ¿Cuál es el peor cambio al que te has enfrentado?

Lo peor que me han pedido es que haga justo lo mismo que otro ilustrador. Al principio me pasaba, y siempre decía: pues llama a ese. Ya no. Y no es por soberbia, es que si me sacan de mi estilo, no sé hacerlo. No tengo la capacidad de ser bueno en más de una cosa. Si cobro por ello estaría engañando al cliente y a mí. Prefiero ser honesto y asegurar mi futuro, sacando cosas a la calle con un nivel mínimo de calidad.

Es mentira eso que dicen de “tienes libertad absoluta”.

Bueno, eso es lo peor que te pueden decir. Yo agradezco la confianza, pero cuando te dicen eso pueden ocurrir dos cosas: o de verdad confían y solo quieren que la ilustración juegue un papel decorativo, o quieren que lo hagas tú todo, incluido el briefing.

Mi trabajo es convertir un buen brief en imágenes. Eres libre cuando preparas una exposición, y ni aun así. En publicidad, la libertad se acaba cuando hay que vender un coche. Es obvio.

Claro, tu libertad se acaba donde empieza el briefing.

Solo recuerdo una vez que sí fue verdad: con Seat Ibiza. Querían una imagen chula para poner detrás del coche. Eso era todo. No buscaban en la ilustración una cierta actitud que ayudara a vender el coche, tenía que molar a la gente joven. Enviamos los bocetos y no hubo ni un solo cambio.

Este tipo de campañas busca el lado artístico de la publicidad, como cuando Nike llama a grafiteros para que pinten en sus eventos. Son proyectos más artísticos, que comerciales.

Muchas veces cuesta hacerse una idea del proceso que hay detrás de una ilustración. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo te lleva recortar las manchas de acuarela con la pluma del Photoshop?

Una ilustración de tipo publicitario puede tardar unos 8-9 días entre briefing, boceto y arte final. Un par de días para el primer boceto, 5 de arte final, dedicándole 10 o 12 horas diarias, y el resto, de cambios.

Las manchas de acuarela se escanean, y luego se recortan y se cambian por ordenador. Trabajo de esa forma porque es imposible no hacerlo en ilustración comercial, pero intento retocar los trabajos lo menos posible.

Es muy cómodo manejar las capas por ordenador, y tienes que cumplir con los cambios. Luego llega uno diciendo que “la chica tiene la mirada muy dura” y se pone a decirte cómo tienes que hacerlo para que quede menos agresiva… Ese sería un típico cambio de cliente de los que hablábamos antes. Yo tengo claro que en un encargo el que manda es él, pero con todos mis respetos, creo que tengo más capacidad para saber cómo hacerlo. Tú me dices si te convence el resultado.

Pero tú no dejas de innovar y has pintado hasta con jabón líquido. Cuéntanos, ¿con qué otros materiales estás investigando ahora mismo?

Eso no era muy real, porque pintar con jabón… como mucho, puedo adornar. Lo hice para Lux y fue un puntazo, porque me llevaron a Singapur. Y en el spot de TV salía Mia Maestro, la de “Crepúsculo”.

Usé los pigmentos morados que ves ahí delante (señala un montón de botes de apariencia alquímica). Preparé la base antes y terminé la ilustración delante de un montón de gente, en el Hotel Marina Bay. Con mi estilo, que es de línea, esto es lo más que podía hacer con el jabón. Y lo más raro que he hecho hasta ahora es mezclar resina con capas de acuarela, óleo, boli Bic…

¿También con boli Bic?

Sí, para los tatuajes. Sobre papel, queda muy realista.

¿Fino o normal? Es un dato importante.

Normal; el otro es demasiado fino, se llena de pelusillas y se atasca.

¿Y el tamaño? ¿Cuál funciona mejor?

Esto es lo más pequeño que hago (señala una obra de 1,6×2,5 m si no me equivoco). Pero voy a empezar a hacer cosas pequeñitas. Vi la obra de un alemán que hace óleos con detalles de pelo, piel… Y luego tenía unos cuantos cuadros de la misma modelo al lado, más pequeños. He pensado que con mis formatos, quedaría muy bien poner pequeños detalles al lado de una obra como la que llevé a la última feria de Miami.

El formato con el que más disfruto es el gigante. Hace poco hice un retrato de 3×2 m y es una pasada… Si midiera menos, hubiese vendido cinco iguales. Pero tengo que hacerlo, funciona como el vestido de pasarela que abre un desfile y nadie se puede poner. Es una insignia. Lo que sale en los periódicos.

¿Te cuesta más pensar una pieza así o ejecutarla?

Me gustan ambas cosas, aunque no disfrutas lo mismo todo lo que haces. Una cosa es lo que tienes en la cabeza, y otra lo que sale de las manos. Y si mide tres metros, el martirio dura más.

Para mí ir a la feria de Miami era un test: ¿haces solo cosas bonitas o de verdad te pueden tomar en serio? Yo quería mantener la belleza del trazo, de la figura bien hecha, etc. Y también, hacer dibujos muy cuidados, con más volumen, atmósfera y fondo negro. Busqué que fuesen más tristes, oscuros y con algunos tatuajes muy salvajes. En vez de dedicarle 15 días, le dediqué un mes. Aunque le pongas el doble de tiempo puede que no seas capaz de hacerlo mejor, porque hasta ahí llegas. Pero funcionó.

¿Ha jugado a tu favor tener un nombre en la ilustración para dedicarte al arte?

Siempre pongo el mismo ejemplo: pasa lo mismo con una modelo que se mete a actriz. Es fácil que ocurra si tienes mucha popularidad, y accedes a las galerías porque creas la expectativa de que vas a vender mucho. Lo difícil es conseguir que tu trabajo se respete.

Estas obras grandes son para un tipo concreto de feria, requieren un trabajo diferente y más minucioso. Tengo que separar mi producto del trabajo más comercial; he empezado por cambiar mi nombre en todas las redes sociales.

Porque en publicidad, da igual quién seas. Si aceptas el encargo y puedes demostrar que vas a cumplir, lo haces. Eso, en arte, es imposible. Miran de dónde vienes, adónde vas, qué evolución sigue tu carrera… Es muy elitista. Antes de comprar un cuadro quieren asegurarse de que no vas a dejar de pintar mañana.

¿Y cuál es el siguiente proyecto que tienes a la vista?

Con la galería que he empezado en Nueva York, estamos hablando para hacer una exposición individual este verano, que no creo, o mandar algunas obras. Tengo otra a finales de septiembre en Valencia. La semana pasada estuve en Bruselas. Dentro de 15 días, Londres, después Hong Kong, Londres otra vez, luego la Art Basel en Basilea, y luego Saint-Tropez y Nueva York.

¡No paras!

Una vez entras en la rueda… Esta obra, en cuanto se seque, la meten en una caja y se va a Londres.

¿Siempre dibujas sobre papel?

Trabajo sobre papel. Luego lo montan en un bastidor, lijan los cantos y pintan de un tono parecido para igualarlo. Pero mi galerista de Nueva York me dijo que cuando una obra tiene calidad, cuanto menos la adornes, mejor se vende.

Yo tenía una máxima, que era dar importancia pictórica al trabajo sobre papel. Y venga capas, y venga detalles. Pero me han dicho que esto es como el buen whisky; no le vas a echar Coca-Cola. Cuanto más sencillo sea, mejor. Tiene sentido, pero nunca lo hubiera imaginado.

Si eres un poquito espabilado, en un par de años controlas el mundo de la publicidad. Pero el mundo del arte es otra cosa. Llevo dos años y no me entero de nada. De pronto ves a alguien en una galería cuyo trabajo es pura estética, sin nada detrás. Hay especulación, mentiras… El arte es como la vida, y en la vida hay mucho postureo.

¿Tú crees que mantener una pose debe formar parte de la estrategia comercial de un ilustrador?

En el mundo del arte tienes que pensar mucho cómo venderte, porque el producto eres tú. Ahora, ir de artista loco… Hay que ser muy bueno para mantener una pose en todas las fiestas. Yo tengo la “pose” de artista normal: un padre de familia con 4 niños y acento andaluz, al que le gustan Sabina y el fútbol.

Objetivamente, da igual una obra seriada que original. Ambas son bonitas. Pero el original es el tótem, el objeto mágico que tiene la fuerza. Y no es ninguna tontería, es antropología. El arte tiene esa parte de magia, que crea especulación y precios absurdos. Mezcla religión y estética. No compran tu cuadro, quieren un trocito de ti.

Entonces, ¿para ti dibujar también tiene algo que ver con querer poseer?

Ese es el motivo por el que dibujo. Yo me enamoro tres o cuatro veces al día cuando voy en Metro. No hay nada que haya hecho más en mi vida, que mirar mujeres.

Veo a una mujer de espaldas y me fijo en sus orejas, con sus pelitos por detrás. No sé ni cómo habla, no voy a conocerla en mi vida ni sabré cómo duerme, pero puedo tirarme tres días sintiéndome mal por esa persona. A veces me enamoro en sueños. Cuando era pequeño me pasaba más, porque distingues menos la realidad. Me creía las historias que existían en los cómics y sentía pena cuando los terminaba. Si dibujaba, era capaz de crear gente real, con sentimientos.

Ya tengo mujer y nos va bien. Pero mi forma de llenar ese vacío es poner a esas mujeres en mis obras. Es parecido a lo de El Perfume… Bueno, sin matar a nadie. Aunque mi trabajo esté muy medido, tiene ese punto de doctor Frankenstein.

A mí no me “pone” cuando estoy haciendo la fotografía a una modelo desnuda, sino cuando estoy dibujándola. Porque se convierte en otra persona diferente. No soy su dueño, pero sí lo soy de mi dibujo. Por eso, no dibujo otras cosas salvo cuando me lo piden, en publicidad.

Algunos la usan como medio de financiación para hacer otras cosas; a mí me gusta. Es increíble ver tu trabajo cubriendo la lona de un edificio en Gran Vía. Aunque en este punto, me iría mejor si solo hiciese arte.

Qué raro que nunca te hayan propuesto un libro ilustrado.

Tengo pendiente un libro con (la editorial) Lunwerg. Me propusieron el proyecto hace 3 ó 4 años. Hablamos de vez en cuando para sacarlo, y tenemos hasta nombre: “Todas las mujeres”. Y el primer capítulo, escrito e ilustrado.

Llega un punto en que es un poco frustrante, porque no tienes capacidad para abarcarlo todo, y aunque tu trabajo sea tu sueño, eso te angustia.

Me da pena porque me apetecería mucho hacerlo, pero bien hecho. La calidad de mis trabajos está en el detalle; no puedo hacerlo más rápido sin bajarla. Es una cuestión de supervivencia. Quiero dedicarme a esto hasta que tenga 90 años.

Y ahora que tienes mayor libertad, ¿te has lanzado a experimentar, a hacer algo totalmente nuevo?

Totalmente nuevo, no. Solo conozco a una persona que era muy buena en lo que hacía, cambió por completo y siguió siendo igual de buena, y es Carmen García Huerta. Tenía un estilo vectorial, muy Jordi Labanda. Ahora hace un dibujo arriesgado, con volúmenes, y se ha reinventado completamente. Los demás mortales no tenemos esa capacidad. Podemos evolucionar.

Estoy buscando modelos para dejar de fijarme en las poses y trabajar la composición. Quiero volver a hacerlo todo igual, pero mucho más realista. Si en un dibujo la chica lleva una máscara de liebre, la idea es que la haga alguien del cine que sepa de efectos especiales, y ella la lleve puesta de verdad.

Imagínate a mis modelos con sus tatuajes y una iluminación de claroscuro tipo Caravaggio. Esa mezcla de moderno y antiguo, si veo que funciona, es un subidón y la disfruto mucho.

No siempre sale bien. Al menos un par de veces al mes, te vas a casa diciendo: esto no, esto no vale.

¿Se lleva bien toda esa carga de trabajo con una familia?

Se lleva mal. Tengo la suerte de que mi mujer es profesora, así que en julio nos vamos a la playa dos meses y me llevo los bártulos para trabajar en la terraza.

Ahora es diferente, porque estos cuadros y esculturas no te los puedes llevar a casa. Lo estoy notando para mal, porque hay días que llego y solo está despierto mi hijo mayor.

Necesito ser feliz para pintar. Estoy en un buen momento, noto que la gente espera que haga cosas nuevas y está pasando el tren. Así que busco algo grande, para tener estudio y vivienda juntos. Pero un sitio así en el centro de Madrid es muy caro, y si lo alquilas, es difícil que te dejen reformarlo a tu gusto.

Algunos prefieren lo contrario, separar estudio y casa y desconectar por el camino…

Sí, pero si tienes un oficio de este tipo y quieres ver crecer a tus hijos, en vez de ser un señor que aparece por allí de vez en cuando, lo de desconectar, como que no. No se puede tener todo, y prefiero tener a mis hijos muy cerca.

Empecé en un coworking cuando todavía no tenían ni nombre. Me fijé en lo que hacían los arquitectos y aparejadores, pagar un estudio entre varios para ahorrar en gastos, y busqué a gente del mundo del diseño gráfico o la publicidad. Porque no iba a compartir oficina con un abogado…

Ahora hay muchos sitios, han salido como champiñones. Pero la mayoría son muy pequeñitos. Y cuando organizan eventos, quitan las mesas.

Yo no puedo trabajar así, si tengo un encargo esa misma noche, necesito el espacio. De momento, sigo compartiendo estudio con varios ilustradores.

En alguna entrevista has dicho que ibas a ser profesor. ¿Te lo has vuelto a plantear?

Ya lo he descartado. Si me pongo a dar clases, tendría que quitarme de dormir. Me encanta Nueva York, y me gustaría dar un trimestre en alguna universidad, vivir entre aquí y allí. Sería con gente muy concreta porque tengo muy poca paciencia, sobre todo, con la falta de interés.

Estoy encantado de que me llamen para dar charlas, pero tendría que prepararme mucho para no hablar solo de mí, mi proceso, mi experiencia, mis trabajos. Dar un curso teórico, con sus bloques de asignaturas… Son cosas que vas aparcando.

¿Nunca has dejado de dibujar?

Yo creo que todos los niños dibujan, la cuestión es quién sigue. Nunca lo dejé. Los otros se fueron aburriendo.

¿Y tus hijos, sienten el mismo interés por el dibujo?

Tienen más interés que los hijos de mis amigos, porque en casa hay lápices por todos sitios y esas cosas. Por ejemplo, Carmela, en vez de dibujos, solo quiere ver manualidades en su portátil. El mayor tiene 10 años y ya empieza a sacar ratos para dibujar por su cuenta. Cuando tienes hijos, pasan estas cosas…

Mis amigos me piden consejo y yo les digo que si a sus hijos se les da bien dibujar, se dediquen a esto. Porque es el mejor oficio del mundo. En Bellas Artes, me ponían nota por lo mismo que me echaban del instituto: pintarrajear las mesas. Si se te da bien, son unas vacaciones de cinco años.

Las marías son Historia del Arte y cosas así. Haces soldadura, escultura, mural, dibujo al natural. No existe la presión que hay en Arquitectura o Derecho. Después, se pone un poco difícil cuando estás empezando. En España todo está muy mal, pero hay que tener la fortaleza para ser capaz de trabajar en lo que te gusta.

Nunca tuve capacidad para estudiar, pero sí puedo pasar toda la noche dibujando. Eso para mí no es un sacrificio. Dibujar es el premio. No todos tienen esa disciplina, ni esa suerte. Porque siempre me ha ido bien desde el principio.

Tampoco he tenido que ir a contracorriente y lo que hacía, gustaba. No recuerdo una época mala, de no llegar a fin de mes. Y eso que empecé muy mayor, con 34 años, y pasé de hacer logotipos en mi pueblo a una campaña nacional con un mes de diferencia.

Para acabar, a mí me gusta romper la cuarta pared en las entrevistas. ¿Quieres saludar a alguien?

(Risas). Sí, a mi madre. Yo otra cosa no, pero hablar…

 

Portfolio de ilustración: www.gabrielmoreno.com

Portfolio artístico: www.gabrielmorenogallery.com

 

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