Pedro Paiva, artista cuántico

Entrevista: Joaquín DHoldan // Fotos: Rafael Tovar

 

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Según el diccionario, un artista es una persona que hace arte. El arte (del latín ars) es el concepto que engloba todas las creaciones realizadas por el ser humano para expresar una visión sensible acerca del mundo. Mediante recursos plásticos, lingüísticos o sonoros, el arte permite expresar ideas, emociones, percepciones y sensaciones. A su vez, persona hace referencia a un ser con poder de raciocinio que posee conciencia sobre sí mismo y que cuenta con su propia identidad, término que viene de “personare”, sonar atrás de una máscara.

El escritor Alejandro Dolina dice que lo que importa de un ser humano no es la cara con la que nació, sino la máscara que con esfuerzo y dedicación se ha construido a lo largo de su vida.

A mí me gustaría hacer una pequeña aclaración, soy algo más que una cara bonita (risas). Es cierto que se plantea esa duplicidad entre cara y máscara, entre persona y personaje. Entre lo auténtico o no. Lo real, lo ficticio. Inevitablemente uno va construyendo una persona que tiene un proyecto y eso te moldea un rostro, una sonrisa o una seriedad. De algún modo va dando cierta serenidad si logra lo que sueña, o cierta inquietud si no lo hace. Es así, uno es la máscara que muestra.

Hablando de lo que uno es y fue, en el año 2006 estabas en Argentina actuando en el Teatro Maipo de Buenos Aires con Los Modernos y los nominan a los prestigiosos premios ACE como “Mejor espectáculo de humor” junto con Les Luthiers, y ganaron el premio ustedes. ¿Hasta qué punto un suceso así te marca?

La compañía Los Modernos, se había fundado en el 2002, en Córdoba, Argentina. Estuvimos un año en Córdoba y luego nos vinimos a Barcelona, hasta el 2005, con un reconocimiento importante.

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¿En Barcelona también ganaron premios?

Sí, varios del tipo: “Mejor espectáculo de humor”. Entonces vino a actuar Enrique Pinti y nosotros le pedimos a nuestro productor que nos presentara al suyo porque teníamos el proyecto de volver a Argentina, más concretamente a Buenos Aires. Mi compañero es de Córdoba y yo de Montevideo, era una forma de establecernos en un punto medio. Lino Patalano, ese productor, podía ser un buen vehículo. Quedamos en hacerle una presentación un 8 de enero y aceptó. Su frase fue, “me habían dicho que eran buenos, pero no sabía que eran tanto” (risas).

Estuvimos tres años en el Teatro Maipo que tiene dos salas, una para musicales y otra más pequeña para espectáculos más del tipo café concert. El primer año, la Asociación de Críticos de Espectáculos (ACE) nos nomina a sus premios, también a Lutherapia de Les Luthiers, a Capusotto, en fin, los grandes. Cuando en la entrega de premios leen nuestro nombre fue curioso, porque éramos desconocidos allí en Buenos Aires aunque sí mucho en Córdoba, mucho en Barcelona, pero para el medio éramos los nuevos. Un actor decía en broma “¡Que batacazo!” (una especie de Maracanazo en versión teatral) (risas). Salimos por la tele y en fin…

Nosotros estábamos en una sala con aforo para 150 personas, solíamos llenar. Les Luthiers estaban a cien metros en el Teatro Gran Rex de calle Corrientes, con una capacidad de 2300 espectadores, llenando todas las noches. Al otro día nosotros vendimos 150, o sea, como antes del premio. Y Les luthiers siguió llenando sus 2300. No tuvo repercusión directa. Era un reconocimiento pero nada más. Como agotábamos la sala pequeña el productor nos pasó a la sala grande, y allí, curiosamente seguimos metiendo 150 espectadores.

Es extraño, quizás lo que Borges apuntaba (y nadie le entendía), sobre la tiranía de las mayorías, los abusos de la estadística.

Es un fenómeno que se da, por lo visto. No es medible, ni muy racional. Es algo de proporción supongo. Lo nuestro era algo nuevo, de códigos muy particulares. No llegamos a ser masivos, salvo en Córdoba. Dicen que para lograr masividad en Buenos Aires habría que estar algo más de cinco años.

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Una vez escuché que los presentaban como los nuevos Les Luthiers.

El término que usaban era un poco más halagüeño: éramos “la renovación del humor” (risas). Nosotros nos mirábamos y decíamos “Llegamos”. Les Luthiers ya están más que establecidos, 50 años de carrera, y explotó todas las posibilidades del humor o casi todas, como en otro orden Monty Python, gente que por capacidad y recorrido han logrado algo único. Cada uno de ellos en sí mismo es un acto creador. Salvo Marcos Mundstock, que es un gran locutor y actor, todos leen partituras, cantan, tocan y fabrican instrumentos… estaban muy preparados para hacer lo que han hecho. Se juntan, como John, Paul, George y Ringo, y se da. Es un espectáculo universal. Culto, inteligente, que fue novedoso y luego se instaló, y que funciona en todos lados.

Quizás por eso a ustedes los comparaban con ellos.

Inevitablemente. Ellos tomaron ideas, por ejemplo, el vestuario, un smoking o frac negro, elegante y sobrio, lo usaba una troupe de humor uruguaya Los Peloduros, Espalter, Almada, D´Angelo, que triunfaba en aquellos años y tomaron esa idea e incluso el tipo de humor, llamémosle culto, musical, y lo proyectaron. Ellos eran la referencia, pero es tan poderoso el producto final que marcó una época por sí mismo.

¿Estaría bien definirte como un artista de humor, incluso más que como actor?

Las comparaciones o las etiquetas surgen de una comodidad. Es una puesta teatral de humor. Hay quienes para lograr risa inmediata usan lo absurdo, el humor chabacano o de malas palabras.

Lo menos complejo, o mal llamado popular.

Un tipo de humor. Reírse de los demás. En los cuales no están ni Les Luthiers, ni Fontanarrosa, ni ninguno de los que nombramos. Ni, por supuesto, estoy yo.

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Hablemos de Quitapenas, la nueva versión de ese mismo espectáculo, el que estamos viendo cada cierto tiempo por Sevilla. ¿Cómo llegaste a esta versión de tu obra?

No llegué, siempre estuve. O sea: soy como escribo, escribo como hablo y pinto como escribo. Es como vivo, es como soy. No encuentro distancia, ni el paso del tiempo. Mira, cuando cumplí cuarenta años, estaba en Montevideo y me dije “no quiero estar así, no quiero estar mal”. Necesito generar un movimiento que me saque de este lugar en donde, si sigo, en diez años estaré igual de mal o diez años peor. Entonces inicié un viaje hacia el norte, el objetivo, podía ser otro, pero pensé en Machu Picchu. Quería llegar allí, en bicicleta.

El relato del viaje es mucho mejor que el viaje en sí, que fue anodino, no me pasó nada extraordinario, no vi un OVNI, ni conocí el amor, no sucedieron aventuras, ni siquiera pinché. Lo que sucedió fue que luego de Salto, crucé a Concordia y tiempo después, luego de muchísimos kilómetros llego a Córdoba. En dónde sentí que lo mío tenía un lugar. Si no llegaba no pasaba nada, pero llegué, un encuentro.

Hay un libro de un maestro de escuela uruguayo, que recopilaba frases de sus alumnos, se llama Humor en la escuela, una de las frases que más me gustaba era “Maestro, yo soy necesario” (risas). Eso sentí en Córdoba, que mi propuesta era necesaria y de allí se disparó todo lo que vino después. Fíjate que cuando llego a Córdoba, de noche, en bicicleta, dormí en la calle. Una ciudad desconocida, no sabes dónde estás, con el dinero contado, y bueno, me acomodé en una plaza sin saber si vendría la policía, sin conocer el código del lugar. Además, me conocés, por más progresista que uno sea en las redes sociales, a la hora de la verdad yo no soy ni de turismo aventura, ni me gusta ir de campamento, soy un pequeño burgués de cama caliente, ducha, y tres comidas al día, calientes por supuesto (risas). Lo que digo es que no era un hábitat en el que me supiera desenvolver, tengo amigos a los que les va esa bohemia, pero ahí estaba. Imagínate la situación. ¿Qué es dormir en la calle? ¿Qué significa?

Diez años después, coincidiendo con el día que cumplí 50 años, la ciudad de Córdoba me nombró Ciudadano ilustre, nos contrataron para inaugurar un espacio abierto con capacidad para tres mil personas, un Teatro Griego. En la misma ciudad en donde había dormido abrazado a un árbol (risas) y el mismo día de mi cumpleaños. Y lo tenés que relativizar. Ni sos un ciudadano ilustre, ni uno que duerme en la calle. Eres el mismo tipo. Y con mi obra pasa lo mismo. Produzco textos de forma continua pero lo que escribo es lo mismo. En Quitapenas hago los mismos textos que hacía en Los Modernos, o en mi unipersonal en Montevideo antes de mi viaje, o en Barcelona o en la gira por Europa, el mismo, hago lo mismo, y si pasan cosas distintas las tengo que relativizar, porque creo en lo que hago y hago lo que sé hacer.

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Pero ¿no hay también en esa visión, la capacidad del artista para ver la historia con cierta distancia o perspectiva para luego narrarla?

Yo soy un artista cuántico. Me cuesta recrear ese momento emocional y darle magia o sorpresa más allá de mi propia vivencia. Eso si iba a suceder, sucedía mientras salía en bicicleta, y mientras te dan un premio estás en tu casa escribiendo el texto, y te estás duchando con agua caliente, y actuando, haciendo una exposición de pintura y durmiendo en la calle, todo sucede. No hay distancia, ni tiempo luego de que pasa. Yo no iba a Córdoba yo llegué a Córdoba. Yo no voy a mi unipersonal, llegué a él, lo mismo con mi pintura. Todo sucede a la vez. Dicen que cuando sueltan la bomba atómica el piloto dijo: “Ya han muerto doscientos mil japoneses”. No era cierto en términos reales y fue cierto un instante después y para siempre. Lo que sucederá, ya sucedió.

¿No te fuiste con tristeza de Uruguay?

No, yo soy optimista y si bien no me iba exitoso y como te dije, estaba mal, el mecanismo era provocar que pasaran las cosas, por eso hice lo del viaje, no por otra cosa.

Fue casi un hecho artístico.

Y sin casi. Un impulso interior que quería crear una situación nueva. Lo viví como inevitable.

Hay un hecho curioso en ese concepto cuántico, porque tus textos parecen escritos para ser oídos.

Lo complejo de cualquier texto, te pasará a vos en los libros, es la idea. Luego viene el desarrollo, pero en mi caso hay otros pasos. Por ejemplo, primero tengo la idea: “Cuando Graham Bell inventa el teléfono frente a su invento se interroga, ¿a quién llamo ahora?” Ahí se me plantea un texto a desarrollar, luego viene la felicidad, o no, del desarrollo. Pero luego caminando o en bicicleta voy diciendo ese texto que escribí y luego copio el texto que me aprendo, el que repito, la última versión podríamos llamarlo de literatura oral. Yo escribo para ser dicho. Si te vendo un texto mío, si me viste, me vas a escuchar, si no, no funciona igual. Yo escribo mis propios textos desde hace 20 años.

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¿Y cómo te planteaste escribir tu unipersonal, o sea que fue primero el huevo o la gallina?

El concepto cuántico: al mismo tiempo. Yo empecé a escribir porque me costaba mucho aprenderme los textos de otros. Cuando la actuación llegó a mi vida porque era extrovertido y tenía cierta gracia, se dio la posibilidad de hacer algo así, pero no tuve más remedio que escribirme.

Otra faceta del arte que aparece es la música, es un espectáculo muy musical. Recuerdo una versión de estos mismos textos realizados con músicos: Los Drypenes y Musicomios.

Cuando se queda gente luego de cualquier presentación señalan eso, lo musical. Hay canciones o algo así, pero además tiene una cadencia. El suceder de los textos tiene un ritmo. Para ayudarme en la memoria, como nemotecnia, uso las rimas. Esa rima particular le da, además de cierta gracia, una sucesión que te permite ir de un tema a otro, de un texto a otro con fluidez. En Quitapenas yo estoy solo, de pie, sin mucho movimiento, sosteniendo el interés, o intentando pedir el interés del público, sin apenas silencios, sin pausas y sin que se haga pesado, buscando el ritmo para que la gente me siga, se concentre y a la vez lo disfrute, participe en el juego, que es nuevo y tiene un código distinto, y luego te puede gustar o no, te puede dar gracia o no, pero no puedo dejar que aburra. La gracia, o el buen gusto del espectáculo es el texto. Tiene que servir para apoyarme, tengo que estar seguro, tiene que tener ritmo porque tenemos el concepto del zapping muy metido.

Un poco va de eso, se salta de un canal a otro pero en temas históricos o filosóficos.

Algunos textos se hacen largos porque son intensos pero no duran más de dos minutos. Sostengo una hora de humor con esos parámetros. El espectador agradece cambiar de temas en un espectáculo que es para pensar.

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Vamos a la puesta en escena. Has actuado en teatros gigantes y ahora en “Teatrerías: teatro en librerías” el ciclo de La extravagante y Casala Teatro para treinta personas en el Mercado de Triana.

La puesta en escena es la misma. Cambiando la luz. El teatro es luz. El clima es fundamental. En una ciudad el paisaje urbano es la arquitectura, vos no prestas atención pero en una ciudad bonita como Sevilla paseás cómodo, en una llena de edificios y avenidas no se puede fluir. Aquí cada rincón es disfrutable, y Sevilla es luz. Lo mío se adapta a cualquier luz. La escenografía es la luz.

Hay otro concepto que completa, te completa, para entender tu propuesta como artista que es tu pintura. ¿En Uruguay también pintabas, entra en lo cuántico?

Vendía mis ilustraciones y también hacía artesanía en cerámica. Artesanía que se le llama al arte comercial, aunque el fin es comercial en el sentido que uno vende su obra para conseguir vivir de ella, casi siempre. Volviendo a que todo sucede, yo tenía la facilidad de actuar y actúo, de escribir y escribo, de pintar y pinto, y trato de trabajar con eso, soy muy autocrítico, me impongo no saltar etapas, esa exigencia es un camino que debe marcarte.

Tiene que ver con la humildad también.

Yo necesito estar seguro y orgulloso de mi obra. Hoy lo estoy de algunos textos y de alguna obra pintada, no de toda, porque es el camino. Así como escribo me define como individuo, como pinto, igual.

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A mucha gente le he dicho eso, que para descubrirte como artista el secreto es ver toda tu obra, desde tus cuadros a la interpretación de tus textos. ¿Estás de acuerdo?

Soy escritor cuando escribo, no voy de escritor por la vida, y cuando pinto soy pintor. Cada uno podría pintar algo. El médico chino estaba obligado por formación a conocer todas las artes, además de saber sobre medicina china que era su materia, tenía que saber de pintura o música porque estaba tratando a seres holísticos, a seres integrales. Era imposible que no supiera, ¿cómo te va a sanar? ¿cómo te va a entender si no sabe de pintura o de música? Habla de otro mundo, de un concepto más natural. Era una medicina preventiva, iba al origen, si ibas con un dolor de cabeza su función era que no volviera. El origen primario estaba entroncado con que hay un segmento de tu vida que podría tener que ver con lo musical, aunque no sepas música, vos disfrutas de la música, ¿de dónde viene eso? De que quizás seas un ser musical. Lo mismo la pintura, no tenés por qué saber la diferencia entre un Picasso y un Torres García, más allá de lo visual o técnico, al final es simple, te gusta o no, te llega o no, porque vos sos un ser integral.

Mi discurso pictórico y literario es igual, yo desarrollo ideas que me dan placer, estoy intentando vivir con ello con dignidad y no es más complejo. No me interesa almacenar, estamos en tránsito. La pintura también sucede a la vez. Si bien yo la pinto, a veces yo mismo me sorprendo con un resultado. Es curioso. La pintura adopta un carácter.

Tiene vida propia, como los personajes de una novela cuando funciona la historia.

Exacto.

Y una vez encontrada esa voz, ¿no te planteas buscar otra?

Tengo que ser, además de coherente, humilde. No sabría.

Cuando uno hace algo muy bien, uno piensa, “podría hacer lo que quiera”, es un dudoso elogio ¿no?

Hoy visitamos a Pablo del Barco, un poeta y pintor de Sevilla, más de 30 años haciendo cosas por aquí, proponiendo diferentes obras, el artista siempre está en la búsqueda, el resultado llega o no. Pero cuando se encuentra, uno se sorprende, no sabes lo que estás buscando. Si quieres ir a Barcelona llegas, pero a estos sitios no se llega, uno los encuentra o no, si llegas a una ciudad a la que no ibas podrás decir que la has descubierto.

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Lo que te pasó en Córdoba, en definitiva.

Claro, yo no iba a Córdoba, la encontré y ella me encontró a mí, por darle un poco de poesía (risas).

Y Barcelona.

Lo mismo, estuvimos años en un teatro en el comienzo de la rambla, el Club Capitol. En una sala al lado de Pepe Rubianes. Como hacíamos temporadas de seis meses, el personal le decía a nuestra sala la sala de “Los Modernos” y a la otra “la de Rubianes”. Estábamos instalados, como te dije, íbamos al programa de Andreu Buenafuente, actuamos con Serrat y El Tricicle. Luego en Madrid íbamos al Teatro Lara. Intercalando las giras. La última vez en Madrid fue al principio de este año, en la Sala pequeña del Teatro Alcalá, en la grande estaba Priscilla. Sucedió todo a la vez.

Esos encuentros con ciudades, esos reconocimientos que sucedieron, ¿cómo te lo planteas de cara al futuro? ¿Cómo se vive este nuevo tránsito luego de todo aquello?

Cada comienzo fue similar. Lo mío generó en su comienzo un interés. Era un espectáculo de código propio que requería verlo. Luego se desarrolló. Yo espero que siga pasando. No tengo otra que presentarlo a gente que no me conoce y con ese atractivo. En la pintura tampoco tengo un referente. Esa personalidad del trabajo me permite estar confiado y tranquilo. No me queda otra que plantear el mismo juego. Una productora de Pamplona me va a mover por todo Navarra. Tengo lo que tengo. Y las pautas diferenciadoras están en la cancha.

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¿Es posible que el paso siguiente sea la real integración de todo, o sea un espectáculo teatral que incluya la pintura?

De hecho cada cuadro tiene un pequeño texto. Cada obra tiene que valer por si misma pero yo le agrego mi situación emocional ante ese cuadro, es un rasgo mío y se complementan. No tienen porque ir separadas. Una emoción con color y luz, y un texto con sus palabras y su silencio que a su vez tiene luz y sombras. Es probable que lo combine y yo transite dentro de mi obra. Estaría cómodo caminando dentro de mis cuadros diciendo mis textos. Al fin y al cabo, yo soy eso.

Nota del autor: La Teoría Cuántica es una teoría netamente probabilista: describe la probabilidad de que un suceso dado acontezca en un momento determinado, sin especificar cuándo ocurrirá. Algo así.

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