A veces los planes no salen como pensábamos y es la propia vida la que va cambiando el rumbo de nuestras decisiones. Anna Jonsson llegó a Sevilla en 1982 con la intención de pasar un año y volver a Suecia para convertirse en diseñadora industrial. La vida quiso otra cosa: treinta y cinco años después Anna sigue viviendo en Sevilla y expresa su universo a través de esculturas, pinturas, vídeos o cualquier medio que se ponga a su alcance, porque si a algo no le tiene miedo es a explorar nuevos lenguajes.

Poco antes de dejar su antiguo estudio en busca de un espacio más grande, pudimos visitarla y hablar con ella rodeados por su obra que nos miraba desde los estantes.

¿De dónde viene tu interés por el arte?

Yo siempre he dibujado, desde pequeñita. Mi padre era pintor, pero no era un trabajo para él. Supongo que era demasiado divertido para ser su trabajo. Él era profesor, que era una cosa más seria. Así que a mí me compraban mis colores y mis papeles, eso sí, pero nunca me fomentaron ir a una escuela de arte.

¿Cómo acabaste dedicándote al arte entonces?

Yo quería entrar en Kontsfack, la Universidad de Arte en Estocolmo, para estudiar diseño industrial. Para entrar tenía que haber hecho un año preparatorio de arte en algún otro lugar. Antes había estudiado filología española un año y no me gustó tanto. Quería aprovechar y hacer dos cosas a la vez: hablar español y estudiar este año en arte. Así llegué a Sevilla para un año, pero hice un año, hice dos, hice tres… y hasta que acabé la carrera.

Entonces, decidiste abandonar el diseño industrial.

La verdad es que no me lo planteé mucho. El diseño industrial era una cosa más seria y ser artista era más divertido, así que seguí.

Así que tu formación empezó en Sevilla.

Sí. Yo había ganado mi dinerito trabajando, no me tenían que pagar nada mis padres, así que pude hacer lo que me daba la gana. Tenía dos opciones: o iba a Australia a sacarme el carné de submarinista, porque lo habían hecho todas mis amigas, o me venía a España para entrar en la escuela de arte. Primero llamé a Madrid y ya había pasado el plazo de inscripción. Después llamé a Barcelona, pero no me enteré de nada de lo que me decían… Supongo que me hablaron en catalán, pero yo en ese momento ni me daba cuenta, tampoco sabía tanto español… Así que llamé a Sevilla y todavía tenía la matrícula abierta. Me vine sin saber siquiera si me iban a aceptar. A veces echo de menos mi vida posible como submarinista…

Menudo cambio, ¿no? Artista o submarinista…

Es que a esa edad no sabes nada. Bueno, ni a ninguna. ¿Vosotros sabéis ahora lo que queréis ser? Porque yo no…

¿Cómo era la Sevilla que te encontraste al llegar en 1982?

Para mí era súper exótico. El año 82 fue el del mundial de de fútbol en España y estaba todo lleno de banderas, pero al final la selección ni se clasificó. Aquello fue una tragedia nacional. Yo lo viví con algo tan exagerado… Yo pensaba, “¿pero a estos qué les pasa?”. En aquella época había muchos pobres y a mí eso me chocaba. Con la crisis se ha vuelto a ver un poco, pero no como en aquel momento, que había familias enteras pidiendo en la calle Sierpes. Era una época también de muchas manifestaciones y de amenazas de bomba en la Universidad. Cada vez que había un examen, había una amenaza de bomba. A mí me chocaba mucho. La gente se lo tomaba como una fiesta porque ya no había examen.

¿Y cómo era Sevilla a nivel cultural en aquel momento?

Para mí era todo muy exótico. Ahora hay menos diferencia con otros países, pero entonces la cultura en España era mucho más tradicional. Afortunadamente ha ido todo a mejor. Vamos, en aquel momento también había gente muy moderna, mucha performance. Yo la primera acción la vi en la Plaza de San Francisco. Recuerdo un chico que se crucificó en un tejado de esa plaza… Claro, todo parecía muy innovador para ese momento. En ese sentido yo creo que ahora la facultad es más aburrida. Los profesores de ahora me cuentan que los alumnos son muy aplicados, que están muy preocupados en estudiar, pero nosotros estábamos siempre fuera, viendo las galerías, viendo lo que había,  aunque no fuera tanto como ahora.

¿Ha afectado de alguna manera la ciudad a tu trabajo?

Curro González comisarió una exposición en Francia, Fin de fiesta à Seville, en torno al imaginario de la ciudad.  Llegó a mi estudio y se llevó dos esculturas, una de Santa Ágata, la de los pechos, y otra de Santa Lucía, de la los ojos. Yo creo que eso, por ejemplo, no lo habría hecho si no hubiera vivido aquí. Aquí descubrí unas pinturas muy dramáticas… Cuando entré por primera vez en la casa de Pilatos y vi la reproducción en azulejo de la mujer barbuda de José de Ribera, me quedé muy impactada. La gente lo veía y no le daba importancia, pero para mí era un impacto muy grande ver a esa mujer con barba dando el pecho. Un cuadro así, hecho a día de hoy, llamaría la atención.

En tu obra hay mucha escultura, pero también trabajas la pintura, el videoarte… ¿Cómo vas llegando a las distintas disciplinas?

Yo empecé a estudiar escultura porque había técnicas que no había practicado nunca y pensé que iba a aprender más que en pintura. Yo siempre había dibujado, pero me di cuenta de que soy pésima en hacer perspectivas, yo veo el objeto como un todo y lo veo alrededor. Cuando nacieron mis hijas, como el óleo es venenoso, empecé a trabajar con barro, para que ellas pudieran estar por ahí sin peligro.

Tu obra tiene un aire inocente de lejos, con colores amables, con una plástica más blanca… pero luego tiene algo oscuro e inquietante cuando te acercas. ¿De dónde viene esta confrontación?

Bueno, me parece más interesante. Me gusta usar colores bonitos, como esas flores de apariencia inocente, pero que cuando te acercas pueden ser carnívoras. Si una obra puede hacerte reír y llorar a la vez, eso es fantástico. Me encantaría que ocurriera eso con mi trabajo, pero no siempre se consigue.

Como la escultura que tienes de un bebé pisado… Al principio puede resultar cómica, pero al final es un bebé pisado y te produce mucha inquietud.

En ese caso hice primero el bebé y luego me puse un zapato de tacón y tenía que pisar fuerte para que se marcara… Fue súper angustioso. Pobrecito…

Además de la plástica, ¿hay algún tema que te haya acompañado a lo largo de tu obra?

No, un tema en concreto no. Trabajo con lo que yo siento, lo que veo, lo que está cerca, lo que me preocupa, lo que veo en la tele, las películas que veo… Todo influye. Sí me importa mi parte feminista, porque es un tema que me preocupa, pero luego me vienen ideas a la cabeza que no sé de donde salen. Es como si me viniera una visión extraña y hasta que no lo tengo hecho no puedo descansar. No sé cómo, ni por qué, pero estas visiones que me vienen las tengo que llevar a cabo porque si no, no me puedo concentrar en mi trabajo.

¿El enfoque feminista siempre ha estado presente en tu obra?

Yo creo que siempre. Es curioso que a mí, en otras entrevistas, casi siempre me preguntan que por qué trabajo siempre con la figura de la mujer, pero hay pintores que siempre pintan hombres y nadie se lo cuestiona. Vosotros no me lo habéis preguntado, pero creo que habéis sido los únicos. ¿Yo no puedo utilizar la mujer para representar a la humanidad? Porque es lo que se supone que hace el hombre cuando pinta figuras masculinas. Yo soy feminista, a mucha honra, pero cuando pinto mujeres yo también quiero poder representar a la humanidad. Pero parece que no se puede.

Nosotros vemos el feminismo en tu obra, más que en el uso de la mujer, en las mujeres que representas, muchas veces fuera del canon de la mujer en el arte.

Pues muchas gracias. Vosotros lo veis porque os paráis a mirar. Hay mucha gente que no se para, ve que son mujeres y ya está, sin tener en cuenta lo que están representando más allá del simple hecho de ser mujeres.

Tu hija Greta cuenta que a ella le pasó una cosa en el colegio que te hizo más feminista…

Bueno, yo he sido feminista desde pequeña. Nosotras en Suecia montamos un equipo de fútbol, no porque nos gustara, sino porque no había vestuario para las niñas y nos parecía injusto. Así que montamos el equipo para que nos hicieran el vestuario. ¿Por qué los niños podían hacer cosas más divertidas que yo? Ellos tenían una pista de hockey enorme y para las niñas había una muy pequeñita para hacer patinaje artístico. Yo con siete años no entendía eso. En los años setenta hubo un boom del feminismo y yo crecí con él, siempre luchando, pero es muy cansino porque cuesta mucho que llegue a alguna parte. Así que, al llegar aquí, yo me relajé. Era otra cultura, para mí todo era muy exótico y no sentía que fuera mi responsabilidad luchar. Pero cuando Greta cumplió seis años, en el colegio les dieron unos juguetes y ella llegó llorando a casa porque quería un camión y le habían dado una muñeca. Yo no me lo podía creer, la profesora era más joven que yo. Así que me dije: “bueno, pues ya ha llegado el momento de volver a decir lo que pienso”.

Tiene mucho sentido que seas tú la que terminó haciendo en Sevilla el monumento a Clara Campoamor.

Estoy súper orgullosa de eso. Fue a través de un concurso internacional que promovió Margarita Aizpuru involucrando al Instituto de la Mujer. Yo me presento a muy pocos concursos, porque mandar maquetas vale una pasta. Pero como este era aquí, me presenté con un prototipo de madera y barro. Había un jurado internacional y gané.

¿Y al vídeo cómo llegas?

Tenía un dibujo que es una mujer con el pelo pajizo, como yo, que lleva encima a dos mujeres. Lo titulé Mis dos niñas adultas. Mi hermana, que es bailarina, lo vio y se empezó a reír diciendo que era yo. Siempre habíamos querido hacer algo juntas, así que hizo una coreografía en torno al dibujo y lo estrenamos en un teatro pequeño en Suecia. La pieza se grabó, se hizo un resumen y pensé que eso lo podía hacer yo también.

Aquí empieza también tu relación con la danza.

Sí, primero fue con mi hermana y después con mi hija Greta, que también es bailarina. Creo que con el primer bailarín con el que trabajé que no era de mi familia fue Guillermo Weickert. Le dijo a mi hija que él quería trabajar conmigo y a mí me pareció una oportunidad, así que hice un vídeo con él y después seguí trabajando con otros artistas como María Cabeza de Vaca.

Incluso te has atrevido a ser coreógrafa.

Sí, con El cabrón más fuerte para Vertebración IV. Fue súper divertido. De vez en cuando me meto en algo “que no debo” para ver cómo sale y me lo paso muy bien. Al principio me daba un poco de vergüenza, porque pensaba que ningún bailarín iba a querer apuntarse. Bueno, al menos tendría a mi hija… Pero al final fueron once. Les hice el vestuario, que era un camisón rosa con unas manos gigantes, y creamos a partir de eso. Yo no soy coreógrafa, pero aportaba una componente plástica. Greta me ayudó mucho en la parte coreográfica.

Has hablado de Greta, pero tu marido es fotógrafo, tu hija Ingrid actriz, tu hermana bailarina… ¿Cómo se vive en una familia en la que todos sois artistas?

Muy bien. Sin un duro, pero bien [Risas]. Yo me lo paso muy bien. Ahora Ingrid me cuenta muchas cosas del mundo del cine, de cómo trabajan, los cotilleos, las galas y esas cosas de las que yo no sé nada. Greta me cuenta ahora cosas del mundo del circo… Estoy conociendo muchos mundos que no conocía y eso es muy interesante.

Para tu exposición El tigre en mí contaste con muchos colaboradores bordando tus dibujos. Algunos de ellos sabían bordar muy bien, otros más o menos y otros, como nosotros, aprendimos para ese momento. ¿Cómo viviste poner tu trabajo en manos de tanta gente?

Yo ahí me metí sin saber muy bien a dónde iba, pero me encantó. Ver a tanta gente con ganas, enseñando sus avances, fue muy bonito. Yo no sabía que la gente iba a estar por la labor de esa manera, haciéndolo lo mejor que podían. Al final nos encontramos con ciento cuarenta y siete bordados.

¿Sigues utilizando el bordado en tus obras?

Yo he usado bordados desde hace mucho tiempo. Ahora estoy con un proyecto relacionado con el punto. Empezó de una manera curiosa. Yo estaba googleando y encontré una página muy bonita. Como no veo sin las gafas, veía como dibujitos, los colores beige, marrón, rosa, rojo… Todo muy mono. Pero me puse las gafas y era la ropa que llevaban los presos en Auschwitz. Me planteé que cómo pueden tener una estética bonita en algo tan horrendo y de nuevo estamos otra vez en lo que a mí me gusta, las cosas que son bonitas y horrendas a la vez. Así que voy a trabajar en eso, con bebés y haciendo diseños de jerséis que los marcan desde pequeño, con palabras que los “describen” en torno a las diferencias raciales, sexuales… utilizadas como insultos, pero dentro de una estética bonita. Es una de las últimas cosas en las que estoy trabajando ahora. Pero, como siempre, estoy trabajando en muchos proyectos a la vez porque hay muchas cosas que me estimulan y tengo la necesidad de expresarlas con mi obra.

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