Niño de Elche, Hackear al flamenco

Entrevista: Ana Carretero // Fotos: Rafael Tovar

 

nino de elche - maasai magazine

Las etiquetas que quizás en algún momento asfixiaron a Francisco Contreras Molina, aka Niño de Elche, se han convertido en las fichas de un tablero que mueve con destreza en ese juego de mesa delirante en el que ha mutado su carrera artística. Niño de Elche admite sentirse más cómodo en las grietas del neoliberalismo, que al abrigo de lo institucional. Afirma que pretende llevar la teoría Queer al flamenco e invita a crítica y público a la búsqueda de un nuevo lenguaje.

Los significantes poliédricos que sirven de carcasa a su propuesta musical, auténtico sabotaje a la ortodoxia, no aparecen en los diccionarios, como el verbo hackear. Borren de su cabeza influencias recurrentes (Morente, Camarón, El Torta, etc.), que Francisco Contreras está poniendo patas arriba el código fuente del flamenco contemporáneo. La cultura es para él como un palimpsesto infinito, que dijo Roland Barthes. Como un día leí, Niño de Elche es la CUP del flamenco.

Quedamos con él, justo antes de que comenzara su exitosa gira, en Tramallol, lugar que frecuenta y en el que siente que amplía esa red en la que se mueve, como afirma en la entrevista, como un átomo sin dirección predeterminada.

¿Cómo ha cambiado Niño de Elche desde ‘Sí a Miguel Hernández’ hasta ‘Voces del Extremo’ y a qué crees que se han debido esos cambios?

Creo que los cambios vienen en parte de la mano de conocer a gente tan diversa, que lo que ha hecho ha sido ampliar todo el abanico de influencias. Eso es lo que más valoro de todo ese mundo que he conocido en estos años. Luego descubrir la red que existe en Sevilla, que también es bastante extensa y diferente entre sí y no tenía ni idea. Y esa red me ha llevado a conocer a artistas de fuera de este territorio, que me ha ayudado muchísimo a ampliar las miras de mi trabajo. Todas las cosas que he ido absorbiendo en los dos últimos años, que han sido muchas, todo lo que he vivido en los dos últimos años ha sido como una especie de batidora.

Yo, de todo modos, no trabajo linealmente. Mi trabajo no es discográfico, no es de conciertos. Mi trabajo está vinculado más a las artes escénicas, al arte en movimiento, al arte contemporáneo y la performance. Por lo tanto, ha sido más un trabajo como de red, como un átomo que se mueve sin una dirección fija y sin nada preestablecido, que es lo bueno de trabajar en red. La forma de contar tu trabajo no es línea, sino una fórmula de desplazamiento. Ese es el principal cambio.

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¿Te sientes cómodo con la etiqueta cantaor?, ¿eres un cantaor?

No me siento identificado en absoluto y menos con todo lo que supone esa palabra. Para mí es una palabra que pertenece a mí por mi evolución artística y vital, pero que no cuenta todo lo que yo soy o por todas las zonas por donde he podido y podría transitar.

Observo que poco a poco el flamenco se va diluyendo en tu propuesta, ¿llegará un día que no haya rastro de flamenco en tu obra?

Sí, esa es la idea (risas). Ese es el proceso. Yo he ido difuminando mi trabajo y no sólo en lo relativo al flamenco, todo lo de los géneros. Yo siempre digo que yo intento transladar la teoría Queer a la música.

He escuchado ya en varias ocasiones ‘Voces del Extremo’ es el disco de Los Pony con Niño de Elche cantando… ¿Es así?

Se dicen tantas cosas. Si no dicen que esto es Pony Bravo, me dicen que se parece al ‘Omega’ de Morente, si no a ‘La Leyenda del Tiempo’. Todas referencias y ninguna acertada. Menos la de los Pony porque Daniel Alonso ha producido el disco, Dani es el cabeza pensante de Pony Bravo y ha tratado con tanto cariño y absoluta pasión el proyecto, que lógicamente no se ha guardado nada. Ha sacado a relucir todas sus influencias y posibilidades artísticas. Para mí, por tanto, es un orgullo que digan que tiene connotaciones de Pony Bravo.

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¿Cómo surge utilizar en el disco los poemas de Antonio Orihuela, Begoña Abad, Bernardo Santos, etc?

A Antonio yo lo conozco por Internet. Yo buscaba un prologuista para ‘Sí a Miguel Hernández’ porque en ese trabajo quería desplazarme un poco de la forma tradicional de tratar la obra de Miguel Hernández. La voz de Antonio Orihuela era la propicia para contar lo que quería transmitir.

A partir de ahí, empiezo a leer la poesía que Antonio me descubre hace como cuatro años. Una poesía de lo cotidiano, más allá de que tenga un contenido más o menos político. Cuando se habla de lo cotidiano, lo político está implícito en ello. Conocí el ciclo en persona, los encuentros de ‘Voces del Extremo’ en Moguer, en Huelva. Y la mayoría de lo que canto lo escuché allí.

Son gente que tiene una forma de escribir bastante libre, muy fiel a su cotidianeidad y nada fiel a la estructura académica. Escriben de una forma cercana al ritmo de alguien que escribe canciones. Eso me llamó la atención.

¿Tú no escribes letras?

No es que no me atreva, es que hay gente que escribe de puta madre. Prefiero emplear el tiempo en otras cosas.

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Decantarte por textos de otros, por tantas colaboraciones, incursiones, recientemente en WOSINC en Santiago de Compostela participaste en un debate sobre cómo trabajar desde lo colectivo, ¿responde tu proceso de creación a esto?

Depende del proyecto, pero sí de alguna u otra forma siempre trabajo desde lo colectivo. Me suelo rodear de gente que tiene más conocimiento que yo y que me aporte, para ampliar lo que quiero contar. Esa es la base principal, pero no el trabajo colectivo per se. Hay trabajos colectivos que no me interesan para nada. Depende de la metodología, la forma, el discurso. Me dice más la acción. Un trabajo colectivo mal llevado puede ser lo peor.

Yo creo mucho en las casualidades y también en la intuición, lo que los teólogos o los místicos califican como la llamada de Dios. Yo creo mucho en ese ardor en el que te introduces y no sabes muy bien por qué. Así ha sido así con cada persona que he trabajado: con Orihuela, con Los Voluble, con Pedro G. Romero, con Olga Beca de Telegrama, con Daniel Alonso, Raúl Cantizano, Juan Carlos Lérida, Guillermo Weickert, tantas y tantas personas.

El pasado mes de junio en el Sónar, Niño de Elche presentó junto a Los Voluble, dúo de Vjs de Sevilla, ‘Raverdial’, un montaje audiovisual que ellos definen como, una mezcla de rave (con toda la carga política y social de los orígenes de las mismas) y verdiales (palo flamenco indisociable de la fiesta) que surge de los trabajos de experimentación que, tanto Los Voluble, bulos.net (Raúl Cantizano y Santi Barber) y Niño de Elche, han puesto en marcha a través de diversos encuentros. 

En esa red, como has calificado antes tu trabajo, ¿cómo llegáis a ‘Raverdial’?

Todo empezó con una improvisación que hicimos y colaboré. De ahí surgió como una especie de verdial en el que Raúl Cantizano me pegaba en la espalda. Creamos un beat y sobre eso Benito Jiménez (uno de los integrantes de Los Voluble) metía violines desfasados. Yo vengo de Alicante, tierra de tradición de hardcore muy fuerte, me refiero a la electrónica.

En ‘Cartuja a ras’, un laboratorio de creación bajo el auspicio de la UNIA se desarrolló un poco. Después ya Pedro Jiménez (la otra mitad de Los Voluble) le mandó una idea al Sónar, como algo anecdótico. Yo le dije: “Tú estás loco. Esta peña se va a reír de nosotros. Qué van a pensar…”. Nos dijeron que sí (risas).

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Y todos los titulares de las crónicas obviaron a los cabeza de cartel naturales del festival, y se centraron en una propuesta como ésta en la que se utiliza la música electrónica menos elitista, liderada por gente del sur y con un artista que viene del flamenco. Todas las discriminaciones posibles se juntaron y creasteis una bomba de relojería.

Sí (risas). Se demuestra de nuevo que el flamenco y las instituciones andaluzas van reculando si lo comparas con cualquier otra programación, en este caso el Sónar. Incluso con una música institucionalizada como el flamenco se continúa haciendo propuestas conservadoras y ajenas a lo que pasa en el mundo.

Por otro lado, el Sónar acepta el reto, pero lo acepta gracias a la palabra flamenco. El flamenco no era un problema, un elemento discriminador. Al revés, llegamos a Sónar gracias al flamenco. Los Voluble llevaban tiempo presentando cosas y no salían.

También ha tenido muchísimo peso en todo esto que Rocío Márquez estuviera en el Primavera Sound y me invitara a colaborar. Estas cosas de los festivales, los ritmos de producción y mundillos que no llego a controlar, la verdad.

¿La etiqueta flamenco ayuda, entonces?

Es una etiqueta que funciona hagas lo que hagas. El gran reto y la gran satisfacción no era ir cantando. De hecho hice un sabotaje del flamenco. Sino meter la electrónica totalmente ninguneada en el Sónar, que no ha tenido cabida en los últimos 15 años. Ese es el valor que tenía y el sentido político. Hacía años que no tenía cabida en Sónar una propuesta radical de este calado. Para mí podíamos haber llegado a puntos más radicales y los compañeros no quisieron.

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La palabra flamenco, sin embargo, no ayudó en la sede de la UNIA en Baeza en donde tengo entendido que os censuraron…

Se repite la historia. Otra cacicada más. Ahí entro en conflicto total con el rollo este del reformismo institucional. En el cual no creo. Esto me da la razón por desgracia.

¿Veremos ‘Raverdial’ en un festival de flamenco?

Los Voluble tienen mucho interés. Yo no tengo ningún interés. Mientras lo paguen, voy sin problemas.

¿Qué te pasa con los festivales de flamenco?, ¿les has declarado la guerra abiertamente?

Creo que no es el espacio para hacerlo. No me gusta ir a un espacio a confrontar. Por eso no me apetece. Hace años que me alejé del flamenco ortodoxo por eso. Ahora entrar en el terreno de la perversión y la provocación es infantiloide, citando a Arrabal.

Yo no tengo que convencer a nadie, ni reivindicarle a las instituciones andaluzas nada. Me importa tres pepinos que contraten ‘Raverdial’. Seguiré pensando que son retrógradas.

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Con un discurso abiertamente anticapitalista, ¿cómo explicas tu participación en grandes eventos musicales como Sónar y Primavera Sound con todo lo que implica sin caer en contradicciones?

Todos vivimos en un delirio total. Todo esto yo me lo tomo con humor. En cierta forma pertenece al mundo de la performance. Partiendo de la base de que todo es delirio, tiene hasta su sentido político. A la hora de trabajar en el artivismo, que es donde me muevo, hablar de purismo es complejo. No estoy en esas lides. Yo trabajo en la grieta. Hay un momento histórico, yo trabajo sin desvirtuar mi discurso y que todos esos beneficios recaigan en la red en la que me muevo.

A ver, la realidad es que estos festivales son eventos neoliberales. Un sistema neoliberal contiene una serie de grietas en donde se puede trabajar, que por desgracia no contienen los sistemas estatales, las instituciones. Aunque parezca mentira, en la grieta del neoliberalismo te puedes sentir más cómodo, que en la grieta de un sistema estatalista, que juega a papá estado y lo que hace es controlar fórmulas culturales. Ese es mi juego.

Es como Ada Colau, que tiene el concepto claro. Hemos visto la oportunidad y vamos a trabajar cuatro años desde la institución, pero tienen claro que no van a reformar nada, sino que van a trabajar desde la grieta.

¿Cómo te llevas con la crítica de raigambre flamenca? ¿Se están empezando a bajar del burro o siguen rechazando frontalmente tu trabajo?

A los que lo han intentado, les he parado los pies abiertamente (Risas). Tienen unas formas que no comparto. El otro día me nombró Manuel Bohórquez y hablaba bien y yo le dije que me quitara. No quiero que ellos hablen de mí. Esto también es performance, claro. Ahora estoy escribiendo un blog con todas estas cosas: el circo y el delirio que es este mundillo.

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Frente a ellos, críticos muy reconocidos vinculados al pop, al rock o a la electrónica han soltado perlas como “la figura más radical del flamenco del siglo XXI” (Nando Cruz), ¿cómo se te queda el cuerpo?

Un día se darán cuenta de que están equivocados (Risas). La verdad es que se lo agradezco a Nando. Es un tío de puta madre y por las conversaciones que he tenido con él, de los periodistas conocidos, es de los más interesantes.

Yo le comentaba en la última entrevista que el periodista musical no sale del disco. Les hablo de arte en movimiento, de la performance y no os enteráis de nada. Sólo el titular: flamenco radical, ‘Omega’, Camarón y ya está, para de contar.

Venga, borro de la lista Morente, ‘Omega’, Camarón, la palabra transgresor… ¿Con qué te identificas?

Hablar de referentes siempre me ha parecido que se hace desde una óptica muy snob. Siempre se opta por los grandes nombres o nombres del underground. Son palabras al final de comodidad, puros mecanismos de defensa. Además, el juego de los referentes es un terreno de mucha mentira.

Mis referentes es la gente que me rodea. No sólo son gente como Diamanda Galás, Juan Carlos Lérida, Pedro G. Romero o Israel Galván. Son mi amigo Virgilio, que me ha enseñado a cómo escuchar la música. Mi amigo Pascual, que me ha ayudado a llegar a la música tradicional valenciana. Un montón de gente no conocida y que no son artistas.

¿Sueles estar al día de las propuestas que se hacen por aquí?

Todo lo que los colegas me pasan. Gracias a ‘Maasåi Magazine’, por ejemplo, he conocido a peña artística que he flipado. Y por ‘Karate Press’, también. Como estos chavales, Los Tipejos, o la fotógrafa Laura León. Me alucina el boom que estamos viviendo.

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A nivel musical, en Sevilla se está viviendo un momento muy radical y transgresor. Se me vienen a la cabeza las bandas de Kockturne Records, los propios Miraflores, la gente de Andalucía Über Alles o el colectivo Ladroga Lab, ¿a qué crees se debe?

Todo esto lo que hace es hablar mal de la ciudad y de sus instituciones. Cuando las ciudades son conservadoras siempre hay una escena alternativa muy potente. Pasa aquí en Sevilla, pasa en Valladolid, pasa en Barcelona o incluso en Valencia. Todo esto se lo tenemos que agradecer a las instituciones de las que ya te he hablado largo y tendido.

También habría que hacer una crítica de cómo estas propuestas alternativas se tratan fuera y dentro. Desde el underground hay actitudes que se toman que tampoco ayudan a que lleguen a otros públicos. Cuidado con la endogamia y el underground egocéntrico como mecanismo de defensa. Sigo creyendo en fórmulas alternativas de trabajo, pero también en que se puede afrontar y enfocar de otras formas. Yo siempre digo que me inspiro en el underground pero que por suerte o por desgracia no lo soy. La etiqueta flamenco no te coloca ahí ni social, ni cultural, ni política ni económicamente.

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