Tiene 22 años y dos novelas publicadas en las que, como ella misma advierte, no puede disimular su amor por David Bowie. En la primera, el protagonista se hace llamar Bowie; la segunda, la historia de un joven agobiado por su inesperado triunfo en Hollywood, se titula Starman. En su paso por Sevilla, caminamos por El Arenal y charlamos sobre lo divino y lo humano: para ella, no son ámbitos contrarios, sino que dialogan continuamente. Cuando, terminada nuestra entrevista, por casualidad oímos de fondo aquello de “There’s a starman waiting in the sky”, fue obligatorio reírse.

 Starman, tu segundo libro, tiene todos los ingredientes de una novela de iniciación. ¿Estaba en tus pretensiones desde el principio o se fue dando así?

Sí, claro que estaba. Porque es una novela de un personaje muy joven que inicia su periplo vital en ese momento, empieza a vivir como adulto y tiene que superar su adolescencia  y todas las cosas que han ido pasando. En ese sentido sí que tenía en mente la estela del “bildungsroman”: El guardián entre el centeno, por ejemplo.

¿Y por qué te atraía la idea de hacer una novela de iniciación?

Quizá porque en ese momento me interesaban personajes que tuvieran una edad similar a la mía. Yo también sentía que estaba empezando en la vida y por eso me atraía: podía conocer bien a un chico de veintipocos. Y está situada en la actualidad, así que se trataba de hablar de qué puede sentir alguien de mi edad ahora mismo.

Es una historia que transpira mucho nihilismo. ¿Para ti es algo tiene que ver con el momento presente o con la juventud de todas las épocas?

Creo que en unas épocas más que en otras. Este nihilismo actual es muy contemporáneo, muy generacional. Es algo muy propio de mi generación, que no acaba de encontrar su sitio, no es fácil incorporarse en el mundo laboral y se han roto algunos esquemas: lo típico de hacer una carrera, encontrar un trabajo, tener una hipoteca. Eso se está rompiendo y provoca cierta desazón, un sentimiento de no saber qué va a pasar ahora o qué nos queda por hacer. También es algo muy propio de la juventud en otros momentos, me han dicho que Starman recuerda un poco a la generación “beat” y, sí, ellos también estaban en un momento histórico en el que las cosas no estaban claras, acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial, había una crisis tremenda… También después de los locos años 20: en el 29 y en los años 30 aquello era una crisis horrible. En los momentos de crisis económica, en los que se rompen un poco los esquemas habituales, estos sentimientos son recurrentes y por eso aparecen tanto en la literatura y siempre son tan interesantes.

Cuando hablas de toda esa sensación de angustia, de la sensación de no poder llegar a donde se había pensado, ¿hay una crítica?

Sí, la hay. Hay una crítica a los estándares, a la obsesión por el éxito y por el dinero fácil, por el reconocimiento social. Una crítica que viene a decir que al final todo esto no necesariamente entraña la felicidad ni soluciona los problemas de manera automática. Y también a la sociedad actual que no permite a los jóvenes entrar en el mercado laboral. Es una crítica un poco global.

Supongo que tampoco es casual que hayas elegido como escenario Hollywood. Parece un sitio lejano y a la vez, no.

Claro, no es casual. Encontré la historia que quería contar a partir de la anécdota de Lamar Odon, un jugador de la NBA que se fugó. Me planteé escribir la historia de alguien muy famoso que acaba huyendo y hablar de cómo es posible que alguien con tanta fama desaparezca. Así que lo situé en Hollywood porque era el escenario prototípico, el más grande y el que más recursos ponía a mi alcance para la ambientación.

Y por lo que cuentas en el libro, parece que incluso en un sitio como Hollywood abundan los productos culturales de consumo rápido: la clase de televisión que ven tus personajes puede ser más o menos lo mismo que ve alguien aquí cuando no tiene ganas de pensar.

Creo que estamos en un momento en el que lo que alguien joven que vive en España consume en televisión, la música que escucha o los vídeos que ve en YouTube, se parecen muchísimo a lo que está viendo alguien en Estados Unidos, en Francia o en Italia. En países de nuestro entorno occidental, claro, porque si te vas por ejemplo a Japón, las cosas cambian un poquito. Encuentro que eso es muy interesante plasmarlo y el lector se va a encontrar con referentes muy parecidos a los suyos. Clay habla con Daphne de que cuando era niño veía la serie de las Olsen. Bueno, pues eso es algo completamente de mi infancia y de la de muchas personas que tengan en torno a 20, 25, 30 años.

Una de las cosas que me más me llamó la atención del libro es la constante necesidad de huir que tienen los personajes. Algunas veces es obvio, como en el caso del protagonista que huye literalmente, pero aparecen muchas maneras de huir: el alcoholismo, las drogas…

Es una presencia continua mediatizada por la obsesión de la sociedad occidental, especialmente la americana, por el éxito rápido y la fama. Y creo que  al final es un libro que habla mucho sobre la soledad: la de vivir en sociedad y estar siempre rodeado de gente. Y cada persona lo lleva como puede. La madre de Clay es una señora típica de 50 años que se mete Valium, sus amigos son más de otros tipos de drogas y de otras maneras de huir y Clay lo lleva a lo físico y hace de la metáfora algo muy real y muy tangible, que es huir de verdad y viajar de un lado para otro y moverse continuamente, al más puro estilo de Jack Kerouak. Creo que todos hemos tenido ganas de huir y todos tenemos nuestros escapes, lo que pasa es que algunos son más sencillos, consisten en irte al cine tranquilamente, o en comerte una hamburguesa.

Quizá son opciones menos nocivas que tomar drogas continuamente.

Claro. Cada uno lo hace como puede y con los límites que se pone.

Y con los recursos que tiene. No todo el mundo puede viajar al estilo de Clay.

No, claro. Ya me gustaría a mí cada vez que estoy rayada coger un avión y marcharme, pero no puedo.

Es curiosa la elección de los nombres de tus personajes, porque en la mayoría de casos reflejan una idea bastante clara de lo que hay detrás. ¿Cómo funciona para ti la búsqueda de nombres?

Siempre es difícil y para mí la historia no termina de arrancar hasta que no tengo, al menos, el nombre del protagonista. Tengo una obsesión por las iniciales geminadas, me gusta que la inicial del nombre y del apellido sean la misma, en este caso: Clay Cassidy, Jennifer Jones, Jay Jaspen… todos los personajes importantes, de los que conocemos nombre y apellido. Es una obsesión, queda curioso y es un recurso típico del comic clásico, de los superhéroes de toda la vida: Sue Storm, por ejemplo, o Peter Parker. En el caso de Clay Cassidy el apellido recuerda a Neil Cassidy, el ideólogo de la generación “beat”: es pretendido, y el nombre, Clay, le va bien y me recuerda al protagonista de Menos que cero. Los nombres son importantes y te ayudan mucho a hacerte una idea de cómo es el personaje. Y tienen que tener sonoridad, eso es importantísimo para mí, lo que pasa es que a veces cuesta un montón.

En el caso de tu anterior novela, lo de los nombres también parece significativo, sobre todo en el caso del protagonista.

Sí, es como si usara una especie de seudónimo para hablar de sí mismo. Que se llame Bowie ya denota mi obsesión por David Bowie, porque si el protagonista de mi primera novela, Esos días raros de lluvia, se llamaba así y mi segunda novela se titula Starman, queda clarísimo. No lo puedo ocultar [risas].

En Starman, además de Bowie, hay muchas otras referencias musicales.

Mi primera novela iba acompañada de una “playlist”, ahí era más descarado. Aquí está más introducido en la historia: hay momentos en los que suena una canción y se copian unos versos de la letra. No quiero que la novela, ni la literatura en general, sea un género sordo, me gustaría que tuviera banda sonora, como la vida y como el cine, y creo que la inclusión de algo de música siempre ayuda a crear esa sensación cinematográfica, un ambiente envolvente. Y luego, David Bowie icónicamente es muy importante para mí y creo que representa un poco esa rebeldía de la juventud, que todavía encarnaba a los 60 años, pero que siempre ha gustado mucho a la gente joven.

Parece que Bowie es un referente para los jóvenes de todas las épocas.

Claro. Es un referente que comparto, por ejemplo, con mi madre, que era joven en los 80, pero que no es nada ajeno a mi generación, es el cantante favorito de mi novio, por ejemplo. Todo el mundo conoce a David Bowie. Y, no sé, tenía una habilidad única para gustar a la gente joven, para calar y llegar a transmitirles algo. Es algo que, por ejemplo, Irvine Welsh  menciona siempre, más que en Trainspotting, en Skagboys: a Renton, a Sickboy y a los demás les encantaba David Bowie porque rompía con todo. Y creo que eso es lo que sigue gustando a la gente joven.

¿Qué otros referentes tienes presentes a la hora de escribir? No solo musicales, claro. Sobre todo, literarios.

Hay referentes literarios muy importantes para mí que a lo mejor no tienen mucha cabida en esta novela, como por ejemplo Scott Fitzgerald, que es probablemente mi escritor favorito, aunque no está tan presente aquí. A la hora de escribir esta novela tuve presente, por supuesto, a Salinger; mucho a Bret Easton Ellis, porque su retrato de Los Ángeles más urbano, más cotidiano, me fue fundamental; también a John Fante, sobre todo con la tetralogía de Arturo Bandini, aquello me ayudó mucho a empaparme. Luego también hay referentes menos ortodoxos, no literarios, como por ejemplo la serie de HBO Entourage, que fue el referente principal a la hora de construir Los Ángeles y el mundo del cine; es una serie de hace unos cinco años o así, que no es muy conocida en España, pero que merece la pena. Además, películas de Sofía Coppola, sobre todo Somewhere, que va sobre un actor de Hollywood, o The bling ring, más que otras suyas que me encantan, como Las vírgenes suicidas.

Y esos otros referentes, por ejemplo lo que comentabas antes de las Olsen, o el programa de las Kardashian que tanto le gusta a Clay… todos estos nombres propios que aparecen en el libro son referencias muy generalizadas en cierto tipo de público, pero que a la vez no excluyen otros tipos. ¿Hay gente que se interesa por la vida de las Kardashian a quien también le puede interesar Kerouac?

El problema es pensar que porque te gusten los “reality shows” eres estúpido, o que porque te gusta la literatura y has leído el Ulises de Joyce sin dormirte, ya no puedes ver la televisión. Pues no, no son cosas excluyentes. Pueden compaginarse perfectamente y en mi caso lo hacen: veo Las Kardashian o Mujeres desesperadas de Beverly Hills, pero también leo. Y es algo que quería meter en mi libro, algo que creo que es muy de mi generación: no tenemos ya esos prejuicios.

Y literariamente, ¿encuentras algún punto muy diferenciador entre tu generación y la anterior?

Quizás la generación anterior estaba interesada en hacer autoficción. Aunque hablo sobre todo por mí: todavía hay pocos narradores de mi generación. Creo que hay un mayor compromiso por la ficción y que también está pasando un poco la moda de la autoficción; también es una reacción a lo inmediatamente anterior. En mi libro puede que haya cosas mías personales, y quien me conoce muy bien pueda reconocer algunas, (lo que pasa siempre en literatura), pero lo que yo hago es ficción y es obvio. Y opino que es algo que se está recuperando ahora.

Y sobre la estructura de Starman, en la que cada capítulo es un día, pero no organizados de manera lineal, ¿qué hay detrás de hacerlo de esa manera? ¿Fue un reto más o menos grande?

La verdad es que fue un alivio, pensé que esa manera alocada de ordenar el libro era un poco la manera en la que acuden los recuerdos a la mente, sobre todo a la de alguien como Clay, que es un poco disperso, y básicamente escribí el libro en el orden en el que el lector se lo va a encontrar. Lo que parece imposible, pero en realidad es sencillo teniendo en cuenta que te permite escribir el capítulo que te apetezca en ese momento. Solo tenía que ser muy ordenada, eso sí que fue un reto, porque mi primera novela la escribí de manera muy intuitiva, sin grandes trabajos de documentación  ni ambientación, la historia transcurre en Zaragoza, en las calles que yo conocía. Sin embargo, ésta suponía el reto, aparte de toda la documentación, de ir registrando lo que iba pasando para ser consecuente porque, al no ser lineal, si, por ejemplo, Clay había conocido a Daphne un día concreto, tenía que tener mucho cuidado de no decir luego, cien días más tarde, que la acababa de conocer.  Esa fue la parte difícil. Pero en general fue muy natural y cómodo.

Sobre el proceso de escritura de tu primera y tu segunda novela ¿has encontrado muchas diferencias?

Muchísimas. La primera novela la escribí de forma muy intuitiva, dejándome llevar, sin presiones. Nadie me preguntaba qué estaba haciendo porque casi nadie sabía que estaba escribiendo, no tenía nada publicado; había ganado algún concurso, pero muy pocas personas sabían que yo escribía, ni se lo imaginaban. Empecé a escribir, me enganchó la historia y en lugar de dejarla aparcada, como solía hacer, la continué hasta el final. Sin embargo, en la segunda ya había una expectativa, la gente me preguntaba… Además, como la historia y la estructura eran más complejas, el proceso requirió una organización mayor. Y luego vino también el hecho de que tuve editor antes de terminar, cosa que me había ocurrido también con la novela anterior, que es algo bastante extraordinario.

Parece que, un poco como Clay, te acercas al éxito siendo muy joven. ¿Qué repercusiones crees que puede tener en la vida de las personas el conseguir éxito y fama?

Depende de la persona y depende de lo que se haya tenido que trabajar ese éxito. No es lo mismo llegar a ser reconocido por algo que te has currado, que llegar a ser famoso casi por nada, repentinamente, sin estar preparado, que es justamente lo que le ocurre a Clay. Claro, las repercusiones sociales también son graduales. Y lamentablemente, el éxito como escritor no suele ser muy reconocido por el entorno, muchas veces te encuentras con que tu abuela no tiene muy claro qué haces en la vida. Y, no sé si le ocurre a grandes escritores, pero puede que al final habrá gente de su entorno que dirá “Tú serás muy prestigioso, pero al final estas ganando una ínfima parte de lo que cobra un presentador de televisión”. Es relativo y a veces creo, y espero, que cuando has trabajado mucho por él, resulta satisfactorio.

En cierto modo, quizá esta relación actual con las redes sociales, hace externa la constante necesidad de aprobación social, seamos escritores, presentadores, o nada de eso.

Parece que a veces, incluso cuando eres una persona a la que pretendidamente no le interesan esas cosas, te deprimes un poco si no tienes “likes” en tu ultima foto de Instagram, o y dices “¿Y a este pavo por qué de repente le han dado tantos me gusta a en esta foto que no tiene nada, y cuando tiene menos seguidores que yo?”. Y luego recapacitas: “Ay Dios mío, se me va la olla”. Y eso es que necesitamos aprobación de los demás. Y mi generación está obsesionada con eso, con la imagen que das y a veces parece que tenemos mucha libertad, pero como la gente está tan obsesionada con eso, no hay tanta en realidad.

En cuanto a tus hábitos de escritura, ¿tienes una rutina, un día a día?

Soy un poco desastre. Hay escritores que cuentan que necesitan escribir todos los días de 5 a 8 de la tarde, en una mesa concreta y siempre en el mismo sitio. Yo no. Tengo la suerte o la desgracia de poder escribir en cualquier sitio, no necesito que sea siempre en el mismo lugar y nunca es a las mismas horas porque, claro, ahora mismo todavía estoy estudiando y tampoco puedo fijarme una rutina así, porque tengo otras cosas que hacer y hay días en los que llego a casa tarde, estoy cansada, tengo que ponerme a leer libros para clase, a estudiar lo que sea… y escribir es lo último que me apetece hacer, quiero ver una serie y dormir. Pero hay otros días en los que me quedo escribiendo hasta las 5 de la mañana. No tengo mucho hábito de escritura, aunque intento escribir todos los días un poquito. Pero, sobre todo, lo que intento es seguir un consejo de Neil Gaiman que decía que cuando hagas una sesión de escritura escribas unas dos mil palabras y así te quedan como diez páginas y tienes la sensación de haber hecho algo. Y creo que, para mí, es mejor que escribir dos páginas cada día: prefiero hacer sesiones un poco más intensivas. Pero repito que es algo muy personal, que lo que digo yo podrá no valerle a otro y habrá quien vea mejor tener una constancia todos los días. Es obvio que para terminar una novela necesitas constancia, pero cada uno se puede dosificar como quiera.

¿Cómo definirías el panorama literario actual?

Muy esperanzador, creo yo. Estamos en un momento en el que las editoriales están apostando por nuevos nombres, por gente joven, algo que faltaba hace unos años. Estamos en un momento en el que estoy segura de que van a salir novelas estupendas, porque ya han salido poetas estupendos. Es ligeramente más fácil publicar poesía que publicar narrativa, porque las editoriales están más dispuestas a publicar a gente joven y es más barato publicar un poemario; podrá parecer que no, pero lo que cuesta publicar un libro siempre influye. Pero creo que van a aparecer nombres jóvenes en narrativa y estoy deseándolo. Yo estoy muy esperanzada, soy muy optimista.

Y entonces el futuro, ¿cómo te lo imaginas? ¿Hacia dónde crees que va la literatura? Teniendo en cuenta esto que hablábamos de las redes sociales…

Creo que hay una vertiente muy ligada a los medios y que han surgido fenómenos como el de Loreto Sesma, o el de Irene X, que son chicas muy jóvenes (curiosamente las dos de Zaragoza, como yo, a pesar de lo famosas que son) que a través de YouTube y las redes sociales han conseguido muchísimos seguidores interesados en la poesía que escriben. Por ejemplo, el libro de Loreto Sesma se ha vendido muchísimo. A pesar de ser una chica súper joven, más joven que yo, publicó en Planeta y solo eso ya es admirable. Pero a la vez hay una corriente de escritores jóvenes muy literarios. Estoy pensando por ejemplo en Luna Miguel, tiene una vertiente muy conocida, que es la de periodista en Playground, pero luego su poesía no es nada fácil, ella no se vende con tal de que sus libros se vendan más. Estamos en ese momento en el que ambas cosas no solo coexisten, sino que se respetan, se admiran incluso, creo que hay muy buena relación. Ese elitismo de “no, la televisión a mí no me interesa” está pasado de moda. Ahora todo se retroalimenta. Y las redes sociales están permitiendo que gente joven se esté dando a conocer. Así que yo lo veo como algo muy positivo.

¿Qué puedes contar de tu experiencia en el mundo editorial? Has publicado de maneras muy diferentes y eso te puede dar cierta perspectiva.

Mi primera novela la saqué en una editorial de Zaragoza, Eclipsados, muy pequeñita, unipersonal, en la que mi trato con el editor era muy cotidiano, pero no pasé por un proyecto de corrección ni de pruebas tan exhaustivo como ha ocurrido con Starman. Cuando me surgió la oportunidad de publicar en Reservoir Books, un sello de Random House, que es enorme, me abrumó un poco pero me ilusionó mucho, porque es una editorial muy chula que mantiene cierto carácter “indie” dentro de un gran sello. Y tuve mucha suerte porque mi trato con el editor ha sido muy cercano. Pero estoy viendo cuáles son las ventajas de publicar en un gran grupo: por ejemplo, toda la parte de la promoción no tiene nada que ver con los recursos que tiene una editorial  pequeña, de repente ves cómo te hacen caso los medios grandes y puedes concertar una entrevista, con, yo que sé, con El País, cosa que antes era imposible, y eso es fabuloso. Además, trabajas con mucha más gente. Es muy diferente, pero también es muy bueno venir de una editorial más pequeña y tener la suerte de conocer un poco el sector editorial desde dentro, lo cual es importante.

Si te encontraras con alguien que quisiera empezar a escribir ahora, fuera o no más joven que tú, ¿qué consejo querrías darle?

Que lea mucho, porque leer es fundamental para escribir. ¿Se puede escribir sin haber leído? Hombre, pues claro, y de eso da fe el encontrar por todo el mundo historias fantásticas, pero creo que es muy importante leer y darse cuenta de que casi todo está escrito y que por eso hay que escribirlo de una manera personal y particular. Sobre todo, encontrar algo propio, no dejarse llevar por la moda, no escribir en el 2007 otra novela más de vampiros porque estaba de moda, sino intentar hacer algo personal, porque al final, si algo es bueno, acabará encontrando su lugar, aunque sea dentro de mucho tiempo.

Se oye mucho eso de que ahora se publican más libros de los que se leen. ¿Opinas igual? ¿Crees que hay más gente interesada en publicar que lectores?

Creo que en algunos casos se ha desmedido un poco todo. Hay editoriales que han publicado por encima de sus posibilidades y, por ejemplo, se ha publicado muchísima poesía, no encontrando siempre lectores. Lo más curioso no es que haya más gente interesada en publicar que en leer, sino que mucha gente interesada en publicar no esté interesada en leer, eso es lo alucinante. Pero al final se acabará compensando, creo yo. Si las editoriales no tienen la capacidad de asumir todo lo que les llega, entonces se va regulando el mercado: si realmente se editan tantos libros que no encuentran lector, pues se van a dejar de editar, para bien y para mal. Se quedarán sin editar cosas que a lo mejor no merecían la pena, pero también otras que la merecían y mucho, solo que tenían un público más minoritario, y eso sí que será una pena.

¿Ya tienes en mente algún proyecto nuevo?

La verdad es que sí. Cuando terminé mi primera novela estuve casi un año sin hacer nada, deprimida literariamente, yo lo llamaba “depresión post parto”. Era muy difícil, no conseguía encontrar la historia. Pero esta vez he sentido que he dado con ella y tengo un montón de ganas de sentarme a escribir.

Entonces, ¿todavía no te has puesto a escribir? ¿Estás en esa fase más mental que activa del proceso de escritura?

Algunas páginas, solo. Estoy todavía con arcos argumentales y giros temporales, porque es una historia un poco más complicada. Intento complicarme y avanzar narrativamente. Es importante para mí sentir que estoy progresado

¿Trabajas mucho en tus historias antes de ponerte a escribirlas? En ese tipo de herramientas: argumentos, fichas de personajes…

Lo voy haciendo sobre la marcha. Ahora, aunque tengo algunas páginas, paralelamente voy pensando en los acontecimientos y demás porque quiero contar dos tiempos en la historia. Aunque creo que lo de las fichas de personajes es muy útil. Lo que pasa es que a mí construir personajes se me da bastante bien, pero creo que no son ninguna mala idea. Consejo para jóvenes escritores: fichas de personajes [risas].

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