Mamarrachada

Caminábamos de vuelta a casa con una tajá como un piano. Nos acercamos a una marquesina de autobús en la que podía verse un cartel de propaganda de Fortuna. Un velero, en mitad del oceáno, plano cenital y la leyenda, “For wind”. Mi acompañante, admirado, dice: mira qué guapo, ‘Para ganar’. Es cierto que era un país diferente al actual. Los niñatos de diecisiete años podían emborracharse a base de chupitos en cualquier bar, en cada esquina había un cani con peinado de cenicero y la juventud, aquel verano, flipaba con ese one-hit-wonder llamado “The Verve” y su “Bitter Sweet Symphony”, canción de la que se quedaron íntegros los ingresos los Rolling Stones por el plagio descarado que significó. Sin embargo, poder adquirir tabaco y alcohol en todo momento y lugar, vivir en una ciudad degradada con una ola sin precedentes de delincuencia juvenil y escuchar música de ínfima calidad, no son excusas para ese desconocimiento de un idoma que llevábamos estudiando unos diez años. Un chaval que traduce de ese modo una oración tan sencilla, es el tipo de persona que nunca acaba bien. Pues ese impresentable es el alma mater de este proyecto y quien me invitó a participar en él. Caiga la responsabilidad, y la segura ignominia, sobre su conciencia, suponiendo que posea tal cosa.

Una revista de diseño. Y me llama a mí. Que el único diseño que creo que conozco es el del Hogar Útil que leo acojonado en la sala de espera de mi dentista. Que siempre he pensado que a todos los tontos les da por decir que ellos hacen diseño, del mismo modo que a todas las niñas tontas, cursis, pijas y pedantes les gustan los caballos. Lisa Simpson, por ejemplo. O Regan MacNeil, a quien Satán dio su merecido. Y estoy seguro de que a la protagonista de “Lost in translation” le encantaban los ponis antes de irse a Tokio a hacerse preguntas cruciales para la conformación de su personalidad como “he entrado en un templo y no he sentido nada, tía, superfuerte, que yo siempre he sido taco de sensible”. Es curioso, por cierto, el concepto del licenciado en filosofía que tienen en Hollywood: Scarlett Johansson en esa patochada y Ethan Hawke en “Reality Bites”. O un MBA o el abismo.

Creo que la culpa de todo la tienen el Cobi y Mariscal. Un tío que esculpe una gamba en una plaza donde el sol cae a plomo, en un espacio totalmente perdido para el ciudadano, no es trigo limpio. Las gambas se comen, hostias, no esculpen. Y se tiran las cáscaras al suelo. Pero acababa de caer el Muro, el fin de la historia, la posmodernidad a saco. Todos a consumir y diseñar mamarrachadas sin ningún contenido. Porque una gamba sólo tiene contenido en la cola. Y el caldito de la cabeza. No hay denuncia de desigualdades en una gamba sonriendo. Pero qué patada en la cabeza tenía Lyotard.

Y así llegamos a esta revista o a una polaca estajanovista del crochet. Olek. Una señora cuya tesis doctoral fue “El simbolismo de los trajes en las películas de Peter Greenaway” (Peter Greenaway, nada menos). La que vistió de crochet al Cid y ahora expone en una sala de la calle Pérez Galdós. Que reconozco que hay un contraste llamativo entre los hilos de colorines con que envolvió la estatua y la inscripción del pedestal, eso de Terrible calamidad para el Islam. No es John Cage y sus 4’33”. Porque eso es la cumbre de la poca vergüenza. Pero el crochet… ¿Eso qué es? ¿La exaltación de los pequeños relatos? ¿Deconstrucción de la historia? Anda y no me jodas, hombre. Si esto está superado desde el 11-S, me cago en Heidegger.

Ya ven lo que pueden esperar de esta publicación. La nada más absoluta. Dibujitos esquemáticos en colores pastel que se replican uno a otro y que no dicen nada del hombre actual. El tipo de ilustraciones que te da la misma cosa mirar que a una señora amamantando a su zagal. No pasa nada, pero da mucha dentera. Porque la Oleksiak esta, al menos, saca tetas en algunas fotos. Como Mariano Ozores. Y eso siempre es un buen reclamo. Haya acabado, o no, la historia.

por Pep Llop

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