Todo por la pasta.

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  Tanto sufrir para nada. Agosto está aquí,  lo que significa temporada alta de medusas y ensaladas de pasta. Cuando Alfonso, María y Miguel, a.k.a. los jefes maasåi, me pidieron que escribiera una columna de opinión (en qué estarían pensando), dije: “-Vale”. Este año estoy to fasi. Y era mi oportunidad para pagar con el mundo todas esas […]

 

Tanto sufrir para nada.

Agosto está aquí,  lo que significa temporada alta de medusas y ensaladas de pasta. Cuando Alfonso, María y Miguel, a.k.a. los jefes maasåi, me pidieron que escribiera una columna de opinión (en qué estarían pensando), dije: “-Vale”. Este año estoy to fasi. Y era mi oportunidad para pagar con el mundo todas esas batallas que sé que tengo perdidas de antemano. Las medusas, por alguna misteriosa e inexplicable razón, me parecen entrañables. Nunca hacen daño si mantienes las distancias.

En cambio, la ensalada de pasta no. Para empezar,  no es ensalada.  Es pasta. No te engañes. No me engañes. No sirve para comer más sano, sobre todo si lleva salsa rosa. La salsa rosa, de la que ya hablaba en mi primera columna, está prohibida por la Convención de Ginebra, y si no, va a estarlo pronto. Pero se seguirá usando, igual que todo lo que prohíbe Ginebra.

Esa arma biológica se inventó en los salones de boda de los años 70 para servir menos gambas en los cócteles de marisco, que por otra parte no llevaban mariscos desde que apareció el surimi. Me han contado que a mediados de la década siguiente, en un banquete celebrado en Albacete, uno de los invitados por parte del novio encontró una cola de langostino pelada en su cóctel, pero no puedo confirmarlo porque cuando las cámaras eran analógicas nadie le hacía fotos a la comida. Se la comían. Este tema es demasiado espinoso hasta para mí, como el del jamón ibérico, las tarjetas de crédito sin comisiones o el Estado de Israel.

¿Quién pensó que la mezcla de kétchup y mayonesa con un golpe de tabasco y un toquecito de coñac  -en su versión más decadente- era elegante? O, dejando la elegancia a un lado, ¿quién la probó y le pareció que estaba buena? Los 70, qué tíos. Ninguna parte del mundo se salva de esta plaga estival: thousand islandsburgerrosada…  Distintos nombres para lo mismo. Wikipedia dice que la salsa golf, denominación que tiene en Argentina y Uruguay, fue inventada ¡por un Premio Nobel! En Química, además. El médico Luis Federico Leloir. Solo a una mente genial y un poquito enferma se le podía ocurrir algo así.

salsarosa

© Pablo J. Rodríguez

Como falta mucha literatura sobre el tema, la única explicación alternativa que se me ocurre es que alguien decidió que la mayonesa, al ser blanca, podía robar protagonismo a los novios. O quizás quería que el primer plato hiciese juego con las servilletas, que en todo salón de bodas que se precie eran precisamente color salsa rosa (Pantone 162, Coated).

La pasta se nos pasa, siempre. El 99% de los españoles la cocina demasiado, y los fabricantes lo saben. Por eso mienten a la baja sobre los tiempos de cocción, lo que solo empeora las cosas. El 1% restante convive con alguien de Italia y le deja cocinar. Al dente significa “durito”, y mejora mucho su sabor. De verdad, es un consejo de amigo.

Aunque siempre será mejor una ensalada de pasta que un paquete de salchichas –ni siquiera Dios sabe con qué animales y de qué reino se hacen las salchichas industriales-, por favor, ponle verduritas. Haz que sea más ensalada. Segundo asalto: la carbonara no lleva nata, ni queso, ni desde luego champiñones, bacon o salchichas (otra vez) en rodajas.

Yema de huevo, panceta y pimienta negra molida. Si vas a por todas, recién molida. Si te sientes especialmente chovinista puedes ponerle además panceta ibérica, pero de verdad. Y ya está. Lo otro es un engrudo blanco que debe ser erradicado, como la malaria. Está claro que la malaria la transmiten los mosquitos; ¿Quién nos ha contagiado la carbonara con nata?

Estoy seguro de que si comiéramos más carbonara auténtica y menos salsa rosa e hiciésemos más turismo por Albacete, nos iría mejor. O a lo mejor no. Yo qué sé.

Por Félix Domínguez // Ilustración: Pablo J. Rodríguez

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