Diana P. Morales - Maasai Magazine

La primera vez que vi a Diana yo era un imberbe, aún efebo, que tonteaba con la batería y vivía en una nube onanista.

Diana, por aquel entonces, era una chica de mirada esquiva e inteligente que aparentaba fragilidad -pero sólo la aparentaba: detrás de aquella rizada melena y gafas estilo Trotsky se encontraba una gran activista política y artística, fiel a sus principios. Una luchadora.

Han pasado unas cuantas primaveras desde entonces, desde que Diana tocaba con Sick Buzos la batería, desde que cantó por primera vez en Salieri, donde también tocaba la guitarra y el teclado, o desde su colaboración con Sr. Chinarro al mando de un acordeón. Y mucho tiempo ha transcurrido desde el primer taller de escritura que impartió en 1996, algo que acabaría convirtiéndose en su profesión.

Hoy en el Café Cicus se me presentó una Diana resplandeciente. Igual que siempre pero diferente, más luminosa, y es que traía dos proyectos nuevos bajo el brazo, dos frutos de verano: uno, su primera novela, Zaibatsu (Triskel Ediciones, 2015) y el otro el primer disco de Tremolina, su nuevo grupo, producido por Jordi Gil.

Trago saliva. La conozco y la quiero, pero estoy nervioso. Sé que si le pregunto alguna gilipollez me lo hará saber con una dulce sonrisa. (Pero aun así no lo puedo evitar)

Eres escritora, acabas de reeditar tu primera novela… ¿Qué fue lo primero que escribiste?

Lo primero que escribí fue un cuento que se llamaba El gato, la gata, y sus hijos gato y gata. Sólo tenía seis años (ríe).

¿Y cuál fue el primer libro que cayó en tus manos? 

Más o menos a esa edad, mi tía Rosa nos llevó a mí y a mi prima a una librería. Yo reconozco que quería un cómic de Mickey, pero mi tía -una visionaria- se empeñó en comprarme un libro: Los Hollister en Florida. Eran unos niños detectives, como Los Cinco. Me lo leí de un tirón y ya me enamoré para siempre de la literatura.

Diana P. Morales - Maasai Magazine

Si tuvieras que recomendar una lectura a una persona que no le gusta leer porque no se engancha con ningún libro, ¿cuál recomendarías?

Quizá alguno de literatura juvenil, género en el que hay verdaderas joyas, y que son libros que se leen bastante rápido porque los autores van directos al grano, a la acción.

Por ejemplo, a mí me impactó, a los 14 años, El dador de Lois Lowry o también Jim Botón y Lucas el maquinista de Michael Ende o El rey de Katoren de Jan Terlow, que son una maravilla, recomendados para cualquier edad.

Llevas 19 años como profesora de talleres literarios… pero ¿cómo?

Pues la verdad es que fue curioso cómo empecé. Cuando internet llegó a Sevilla, allá por 1994-1995, yo creé una web que se llamaba En el camino -como el libro de Keruac- en la que yo hacía una propuesta para escribir un relato y la gente enviaba cuentos por correo electrónico siguiendo esa propuesta.

Yo los publicaba en la web y todos los participantes nos hacíamos comentarios por email. No existían ni los foros en aquella época, fíjate.

La gente empezó a decirme: “qué buenos son tus comentarios”, “me han ayudado muchísimo”, “deberías impartir un taller”. Y eso hice. El Taller Literario En el camino fue el segundo que existió en nuestro país por internet.

¿Qué parecidos hay en los procesos de crear música y literatura?

Como todo proceso creativo, tiene una parte similar. Parten de una necesidad de expresarnos y sacamos al niño que llevamos dentro. Y lo primero que tiene que hacer es jugar, sin pensar, sin pulir, sin condicionamientos, por el puro placer de crear.

En mis talleres suelo decir que todo escritor (o todo artista) tiene dentro un niño que juega y un adulto que pone orden. Los dos son necesarios, pero no deben estar juntos en la misma habitación. Porque chocan y frenan el proceso creativo.

Primero hay una fase de dejar salir de dentro sin juzgar, como él (señala a Miguel que nos está fotografiando) que hace 40 fotos para después quedarse con tres o cuatro. Con la música y la literatura es lo mismo: hay que divertirse creando sin pensar y, sólo después, seleccionar, revisar y pulir.

Diana P. Morales - Maasai Magazine¿Y las diferencias entre ambos?

La escritura es un proceso individual, con todas las ventajas e inconvenientes que eso supone. Tienes control y libertad total, tú decides los horarios, el tema, la forma. Pero también tienes que obligarte a sentarte a escribir. En la música, el trabajar en un grupo te impone una rutina y un ritmo, porque quedas con ellos todas las semanas, y además el trabajo final se enriquece con la aportación de otras personas. Cada proceso tiene su lado bueno.

¿Existe algún hilo que una tus canciones y tus novelas?

Pues sí, ¿por qué no? En los temas de algunas canciones, quizás. Mis novelas son de ciencia-ficción y, por ejemplo, hay una canción de Tremolina que habla del apocalipsis zombie y varias canciones en Salieri, por lo menos una en cada disco, trataban sobre viajes espaciales.

Hablemos ahora a tu faceta musical. De tus grupos anteriores, como Salieri, a Tremolina, qué es lo que ha cambiado?

Por ejemplo, la combinación de instrumentos de Tremolina. Me gusta el hecho de que la guitarra está a la sombra y que otros instrumentos llevan el protagonismo de la canción. De hecho, las canciones que más me gustan son canciones donde todo el peso lo lleva la trompeta y la viola. Personalmente, tenía ganas de probar algo así.

En verdad es un proyecto tuyo más personal en el que sin embargo adquieren mucho protagonismo el resto de componentes.

Curiosamente sí. Bueno la voz y las composiciones sí son mías y eso ya lo hacen muy personal. Y también hay un rasgo que es muy mío, y es que las canciones son muy diferentes entre sí. Hay algunas muy alegres, muy pop, otras más oscuras, otras melancólicas… como la vida misma. Claro que al final la música es un trabajo de equipo.

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¿Se escucharía un grupo como Tremolina en el mundo de tu novela Zaibatsu?

(Carcajada) ¿Sabes que en la novela no hay nada de música? Algunas personas me lo han hecho notar. Claro es que es una novela distópica. Es un mundo aparentemente perfecto…

Pero solo aparentemente.

Exacto.

Parece que la divulgación científica está de moda, ¿la acompaña la ciencia ficción? ¿Friki Power?

Sin duda. Hay un auge de la ciencia-ficción (y de toda la literatura de género: fantasía, género negro…). Hay autores muy reputados escribiendo ciencia-ficción últimamente, como Kazuo Ishiguro, Cormac McCarthy o Rosa Montero. Ser un friki ya no es un estigma.

De hecho, cuando el guionista de La teoría del todo ganó el Óscar, en su discurso se dirigió a todos esos chavales que lo están pasando mal en el instituto porque son frikis o geeks y les dijo: “seguid siendo raros. Miradme a mí, mirad dónde podéis llegar”. Ahora los frikis somos masa.

Hace poco los ministros de defensa de la OTAN cantaron juntos We are the world, ¿La realidad supera la ciencia ficción?

(Se ríe) Siempre, sin ninguna duda. De hecho hay por ahí una infografía que te enseña cómo las novelas de ciencia ficción han ido prediciendo los inventos de la actualidad y es sorprendente cómo acierta. Tal vez no dan en el clavo de en qué año se van a descubrir -por ejemplo, Blade Runner ocurre en 2016 y estamos en 2015 y aún no existen los replicantes- pero antes o después, llegan.

Diana P. Morales - Maasai MagazineHas florecido en primavera como un ente propio, como la marca personal Diana. El libro, Tremolina… te ha venido todo a la vez, parece un año de recogida de fruta. Para hacerlo así ¿has tenido que desaprender? ¿Has tenido que cambiar muchas maneras de pensar, métodos incorrectos? ¿Has llamado a los Cazafantasmas?

Síiii, he desaprendido mucho.

Por ejemplo una de las cosas que antes me obsesionaban era prepararme demasiado, tenerlo todo bajo control. El otro día que llegué a la presentación de mi libro lo llevaba todo preparadito y el editor, Rafael (de Triskel Ediciones), me dijo: “vamos a hacerlo como una charla, más informal, yo te hago preguntas”.

Hace unos años me hubiera echado a temblar, pero lo hicimos así y se ganó en naturalidad y espontaneidad.

Eso estoy desaprendiendo: más acción y menos reflexión. Que salga como salga. Lo importante es hacerlo y terminarlo y la próxima vez lo haré mejor. He aprendido que saltar sin red es la única forma de aprender.

Eres bastante cinéfila y tienes un Master en Guión de Cine.

Y seriéfila (se ríe).

¿Has pensado alguna vez en tontear con el género de una película, una serie?

Más de una docena de veces. Tengo un guión de un corto, que ganó un pequeño premio, por ejemplo. Y en los talleres literarios que dirijo aquí en Sevilla a veces trabajamos una película entre todos, como si fuéramos un equipo de guionistas. Es divertidísimo. Es una asignatura que me queda pendiente.

También haces de coach para escritores, ¿de qué estamos hablando?

(Se ríe) Pues el coaching es una herramienta magnífica, uno de los mejores inventos de finales del s.XX. Coach significa entrenador en inglés y el coaching siempre ha existido para deportistas de élite. Tu coach te ayuda a conseguir tus objetivos en la vida (adelgazar, conseguir un trabajo mejor, escribir un libro…); te da recursos, te ayuda a que busques tu ritmo, a superar barreras y miedos…

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¿Puede ser una buena herramienta para futuros escritores?

Claro. Y para escritores consolidados también. Ahora mismo estoy trabajando con un poeta que ya ha publicado varios libros, pero que está escribiendo su primera novela. También es una forma excelente de superar bloqueos, o de encontrar editorial. Yo creo que el coaching se va a ir extendiendo cada vez más y en el futuro todos seremos coaches los unos de los otros, y devolveremos así al mundo lo que hemos aprendido.

Cambiando de tema, diriges también una revista cultural. ¿Cómo nació la idea de Buk Magazín? 

Irónicamente, fue gracias a la crisis. Como conté en nuestra presentación en el Pechakucha, la crisis nos ha quitado muchas cosas pero nos ha dado una muy importante: tiempo. Hace dos años, por culpa de la crisis yo me vi con mucho tiempo libre y de ahí surgió el proyecto, que decidí llevar adelante cuando se embarcó también Mariola Fernández. El resto, como se suele decir, es historia.

Has conseguido un buen equipo en la revista. ¿Hacia dónde se dirige?, ¿Navegáis hacia las turbulentas aguas de la celulosa?

Imprimir era nuestro sueño desde el primer día, y sigue siendo nuestro objetivo, aunque sea un número trimestral. Además ahora están apareciendo nuevas revistas impresas, como la propia Maasåi Magazine o la recién estrenada Karate Press. Eso me anima a seguir ese camino, significa que hay una demanda.

¿A quién le romperías una guitarra en la cabeza?

(Se ríe) ¡ A nadie! Ya me conoces, ¡con lo pacífica que soy yo! Plantéame la pregunta de otra manera.

¿Y a quién golpearías con su propio libro?

(Se ríe otra vez). A Pérez Reverte (ríe), porque va por ahí diciendo unas cosas lamentables. Le daría un buen cosqui.

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Una última pregunta musical: dime un concierto con alguna anécdota que se te haya quedado grabada. 

¡Muchos! En Córdoba dimos un concierto con Sick Buzos en 2000, en la desaparecida sala Level, y dimos papelitos al público para que le pusieran nota a las canciones.

O la mini-gira que hicimos Salieri con un grupo sueco, Jenniferever, en Cataluña, que fue muy divertida. O también cuando toqué con Sr. Chinarro en el Festival en Benicassim en 2003, cuando tuve que aprender a tocar el acordeón en dos semanas. Y, por supuesto, la presentación de nuestro disco en la Sala X. Para mí fue una noche mágica que no voy a poder olvidar.

“Hasta mí llegan la risas de Brown, que se acerca desde atrás, con su maleta, recuperando el aliento. Levanto la cabeza justo a tiempo de verle llegar, con su cigarro en la boca. ¡Incluso se tomó su tiempo para encenderlo! No puedo creerlo. Las lágrimas se me agolpan en la garganta y no sé por qué lucho por contenerlas. Todo da igual. He perdido mi puesto. Y a Michelle. Y voy a morir a manos de un lunático.”

¡Tranquilos es sólo un pasaje de Zaibatsu!

 

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